domingo, 17 de junio de 2018

La crisis de la Argentina líquida

Por Gustavo González
El aborto fue la última idea fuerte que la Argentina heredaba de la modernidad y que la posmodernidad arrolló. Como la religión, las ideologías duras o el concepto de Estado-nación, la interrupción del embarazo generaba en el pasado posiciones irreconciliables.

La posmodernidad fue derribando las certezas sobre esas ideas. Los gestos adustos y la violencia con la que se defendía cada posición fueron dejando paso a las dudas y a la ironía.

En la Argentina, el debate sobre la interrupción voluntaria del embarazo había logrado sobrevivir al derrumbe de la modernidad. Lo mismo pasa aún en otros cinco países: el Vaticano, Malta, Nicaragua, República Dominicana y El Salvador. ¿Qué cambió para que aquí dejara de ser un tema tabú y todos los medios se cubrieran de notas al respecto? Cambió el afuera, el tiempo social.

Es la evolución de una sociedad que hoy está más dispuesta a escuchar al otro. Pero, sobre todo, es la posmodernidad que cruza cualquier debate con una frivolidad que logra atenuar las pasiones políticas, culturales y religiosas.

Aborto, la grieta entendible. No es paradójico que la era del vacío que describió Lipovetsky sea el contexto que lo permita. Su defensa de la frivolidad posmo es la que amortigua odios y amores.

Unos entienden que quienes están a favor de legalizar el aborto son asesinos de niños. Los otros, que los asesinos son quienes condenan a muerte a mujeres que deben recurrir a abortos clandestinos e inseguros. Unos no pueden entender que una madre mate a un hijo que lleva adentro. Los otros, que alguien pueda creer seriamente que un embrión de 0,5 centímetros es un ser humano. De todas, es la grieta más entendible. Porque no se trata de un debate en el que está en juego un subsidio, sino la vida y la muerte. El otro ya no es un “vendepatria” o un “corrupto”, es un asesino.

Solo en este tiempo líquido es posible que, después de esas acusaciones, unos y otros se saluden casi amigablemente. Y que un presidente que se proclama contrario al aborto sea quien haya promovido el debate y felicite a todos los argentinos tras la aprobación del proyecto.

Pobre Papa: para él fue como escuchar “Los felicito por haber debatido una ley por la que el Estado autoriza el asesinato masivo de niños”. Cree que esa liviandad es producto de la concepción new age de Macri.

Pronto comprobará que es la misma liviandad que llevará a Cristina a votar por la ley en el Senado, después de oponerse siempre a ella.

El gen de la no-política. El macrismo no es solo la encarnación de una mayoría circunstancial frustrada con los gobiernos anteriores. Es la mejor representación filosófica de esta era.

Toda su gestión está atravesada por la transformación permanente de un estado líquido. Parece pragmatismo, pero es la natural predisposición de los relatos débiles al cambio continuo.  Los vaivenes económicos de esta gestión también son producto de ese magma filosófico.

Su concepto es que quienes fueron eficientes empresarios y economistas están preparados para manejar las cajas de un Estado. Parten de la lógica de que ya no se requieren ideologías que hagan de examen de ingreso. La falta de ideas fuertes permite cambios constantes, porque ninguna idea es lo suficientemente profunda para que no se pueda reformular si fracasó o si una nueva encuesta lo recomienda.

Como las ideologías son la base conceptual de la política, el desdén del macrismo por ellas simboliza su desinterés por la política.

Otro signo de época: refleja el hastío de cierta mayoría con el uso de la ideología como excusa para cualquier cosa. Ese sentimiento está probado. Lo que no está probado es que un presidente que sienta eso pueda gobernar siempre guiado por el impulso genético de la no-política.

Macri dice que para no interesarle la política, mal no le fue. Debe ser muy difícil no creerse que es gracias a su capacidad, sus estrategias electorales y sus ideas económicas que llegó donde llegó. En lugar de pensar que llegó por eso, pero especialmente por ser el mejor exponente de una mayoría que necesitaba reflejarse en alguien como él. Cambiemos es la desdramatización del cambio. Su realidad es un modelo beta, en el que el cambio es constante y  se prueba online. Si funciona sigue, si no, se reemplaza.

Descenso. Así, en apenas una semana, Sturzenegger pasó de ser el presentador oficial del acuerdo con el FMI al culpable de casi todo. Los economistas del Gobierno lo critican por su contradictoria estrategia intervencionista para frenar el dólar. El ala política, por creerse que manejaba el Banco Central de Alemania, el Bundesbank, y no el banco de un país emergente. Y los banqueros lo acusan por todo lo anterior y, además, por “soberbio”.

Fueron los banqueros los que habían recomendado mantener, tras el anuncio del préstamo del FMI y por unos días, la oferta de US$ 5 mil millones del Central para frenar la corrida. Como una forma de mostrarle al mercado que el techo de $ 25 era el indicado para el Gobierno. Pero la decisión fue retirar la oferta inmediatamente después de anunciar el acuerdo y el dólar volvió a dispararse.

Cuando Macri le preguntó a Dujovne por qué no se había escuchado esa recomendación, el ministro le argumentó en contrario en el marco de una gestión que no se deja guiar por lo que dicen los demás. “Puede que tengas razón, Nicolás –le habría respondido el Presidente–, pero ¿siempre está mal lo que opinan los demás?”

También le podría haber preguntado por qué ni su ministro ni ninguno de los economistas del equipo oficial supo predecir la actual cotización del dólar. Y Dujovne le podría haber respondido que no se preocupara, que tampoco ninguna de las consultoras más importantes de la Argentina y del mundo lo previó. La culpa no es de los economistas, sino de quienes creen en sus dotes predictivas.

La nueva confianza. El desafío de Macri es regenerar su liderazgo político, derramar confianza en la sociedad e imponer un nuevo optimismo, no caricaturesco, que reivindique los siete trimestres consecutivos de crecimiento e, incluso, las eventuales ventajas de la nueva paridad cambiaria.

El campo, los exportadores en general y ciertos industriales podrían darle letra sobre lo que ahora ganan con un dólar alto. Y el Gobierno podría pretender una nueva balanza comercial positiva que finalmente ingrese dólares genuinos al país. La cuestión es que entienda que la economía es una herramienta que tendrá éxito después de que la política cree las condiciones necesarias. Es la política la que debe generar confianza para que la técnica económica funcione.

La convertibilidad fue posible porque un gobierno convenció a la sociedad de que era cierta la fantasía de que en el Central había reservas para sostener la paridad de un peso igual a un dólar.

Macri convenció de que podía levantar el cepo cambiario K de un día para otro sin una corrida. Fue la confianza la que evitó que todos fueran a comprar los dólares que antes estaban vedados. No hubo corrida y la divisa se estabilizó en el valor que antes tenía el dólar paralelo. No es la economía, es la política. Y la política es, o debería ser, Macri.

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