martes, 29 de mayo de 2018

Extraña aversión o fobia

Por Javier Marías
Uno de los mayores signos de civilización es, para mí, la capacidad de pedir disculpas y la disposición a hacerlo, y por consiguiente veo a la actual España como uno de los países más incivilizados que yo conozca. Da la impresión de que disculparse, rectificar, retractarse, reconocer una equivocación o un comportamiento inadecuado (no digamos arrepentirse), se hayan convertido aquí en baldones insoportables que menoscaban la virilidad de los hombres y la dignidad de las mujeres.

Las únicas disculpas que se oyen, desde hace ya muchos años, son genéricas y forzadas por un clamor, nunca espontáneas o motu proprio. Cuando un político o un personaje público suelta unas declaraciones o unos tuits improcedentes, y mucha gente se enfurece por ellos, sólo entonces el metepatas dice algo como esto: “Mis palabras eran una broma, o fueron pronunciadas en un ambiente distendido y jocoso, o se me calentó la boca y no supe refrenarme. Pido perdón a cualquiera que se haya sentido ofendido por ellas”. Es decir, se presentan excusas más o menos universales, y por lo tanto impersonales: “A cualquiera que…” Y únicamente porque el ofensor está a punto de ser defenestrado por la indignación que ha levantado.

En este país se dicen muchas cosas, sin cesar; la población es lenguaraz y precipitada. Se lanzan acusaciones, se insulta, se hacen predicciones sobre la conducta de otros, se vaticina lo que alguien va a decir o hacer. A menudo se comprueba que las acusaciones eran infundadas, los insultos injustos y sin base, las predicciones y los vaticinios errados. Se llama “fascista”, “franquista”, “machista”, “misógino”, a cualquiera, simplemente porque esa persona no da a los injuriadores la razón en todo, los critica o les opone argumentos. Los argumentos nunca son contestados, se replica a ellos con el denuesto y el agravio. Si queda demostrado que quien fue tildado de franquista padeció persecución bajo Franco, o que quien lo fue de machista ha defendido en numerosas ocasiones a las mujeres, nadie reconoce su error o su destemplanza, jamás nadie se disculpa. Si ustedes se fijan, son incontables las entrevistas a celebridades en las que éstas aseveran: “Yo no me arrepiento de nada”. A mí me parece siempre una afirmación brutal, porque no conozco a nadie, en la vida real, que no se arrepienta de un puñado de dichos o hechos. Las vidas suelen ser lo bastante largas como para que uno lamente algunas cosas, bien que llevó a cabo, bien que no se atrevió a llevar a cabo. ¿Por qué admitir eso en España supone un enorme oprobio?

Hay centenares de ejemplos, pero uno reciente fue el de la alcaldesa Colau tachando frívolamente de “facha” al Almirante Cervera cuando lo desposeyó de su calle en la Barceloneta para otorgársela a un cómico que —desde mi personal punto de vista— maldita la gracia que tenía. (Espero que se me permita reírme con lo que me hace gracia y no con lo que no me la hace; hoy en día ya no se sabe.) Un montón de personas, incluidos varios descendientes de Cervera, le han salido al paso señalándole que éste murió en 1909, mucho antes de que existiera el fascismo en ningún sitio; que fue más bien liberal, y víctima de gobernantes irresponsables que le ordenaron fracasar sin remedio durante la Guerra de Cuba.

¿Ha habido alguna rectificación, matización o disculpa por parte de Colau, ha retirado su improperio producto de la ignorancia y la demagogia? En absoluto. Ella, como la mayoría de los españoles, es soberbia, y se considera tan infalible como hasta hace poco lo era el Papa. Yo me pregunto por qué cuesta tanto reconocer: “Me he pasado, he hablado atolondradamente; he sido injusto, me he excedido; retiro lo dicho y me disculpo”.

No sé. Hace unos días, mi ayudante ML-B debía enviarle por mail una nota a CLM, la editora de Reino de Redonda, relativa a unos fallos observados por un lector en la traducción de nuestro libro Los Papas. Era ya la segunda vez que me advertía, y le comenté a ML-B cuán puntilloso era ese lector. En la nota, ella convirtió “puntilloso” en “plasta”, y en vez de enviársela a CLM, por error se la mandó al amable señor que se tomaba tantas molestias. Me lo comunicó compungida (“Dimito, soy imperdonable”, me dijo). Inmediatamente le escribimos otro mail al lector pidiéndole disculpas, y aún no sé si nos las habrá aceptado. Comprendería que no. Pero era lo mínimo y no cuesta nada. Al contrario, uno se siente ligeramente aliviado del peso que lo agobia cuando ha sido grosero o injusto o desabrido o ha metido la pata. En España casi nadie siente ese peso, por lo visto. Los políticos, por desgracia, influyen más de lo que deberían en el resto de la gente; también los periodistas, que si tratan indebidamente a alguien durante meses, a lo sumo confiesan su falta una sola vez, y en letra pequeña, o a veces nunca. Mientras eso no cambie, mientras la población siga dedicada a arrojar venablos sin reflexión ni fundamento y jamás retirarlos, España —con parte de Cataluña a la cabeza en los últimos tiempos, por cierto— seguirá siendo un lugar habitado por individuos brutos e incivilizados.

© El País (España)

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