jueves, 1 de febrero de 2018

LOS TRÁNSFUGAS DE LA HONESTIDAD

Un texto de José Ingenieros

Mientras el hipócrita merodea en la penumbra, el inválido moral se refugia en la tiniebla. En el crepúsculo medra el vicio, que la mediocridad ampara; en la noche irrumpe el delito, reprimido por leyes que la sociedad forja. Desde la hipocresía consentida hasta el crimen castigado, la transición es insensible; la noche se incuba en el crepúsculo.

De la honestidad convencional se pasa a la infamia gradualmente, por matices leves y concesiones sutiles. En eso está el peligro de la conducta acomodaticia y vacilante.

Los tránsfugas de la moral son rebeldes a la domesticación; desprecian la prudente cobardía de Tartufo. Ignoran su equilibrismo, no saben simular, agreden los principios consagrados; y como la sociedad no puede tolerarlos sin comprometer su propia existencia, ellos tienden sus guerrillas contra ese mismo orden de cosas cuya custodia obsesiona a los mediocres.

Comparado con el inválido moral, el hombre honesto parece una alhaja. Esa distinción es necesaria; hay que hacerla en su favor, seguros de que él la reputará honrosa. Si es incapaz de ideal, también lo es de crimen desembozado; sabe disfrazar sus instintos, encubre el vicio, elude el delito penado por las leyes. En los otros, en cambio, toda perversidad brota a flor de piel, como una erupción pustulosa; son incapaces de sostenerse en la hipocresía, como los idiotas lo son de embalsarse en la rutina. Los honestos se esfuerzan por merecer el purgatorio; los delincuentes se han decidido por el infierno embistiendo sin escrúpulos ni remordimientos contra la armazón de prejuicios y leyes que la sociedad les opone.

Cada agregado humano cree que "la" verdadera moral es "su moral", olvidando que hay tantas como rebaños de hombres. Se es infame, vicioso, honesto o virtuoso, en el tiempo y en el espacio. Cada "moral" es una medida oportuna y convencional de los actos que constituyen la conducta humana; no tiene existencia esotérica, como no la tendría la "sociedad" abstractamente considerada.

Sus cánones son relativos y se transforman obedeciendo al enmarañado determinismo de la evolución social. En cada ambiente y en cada época existe un criterio medio que sanciona como buenos o malos, honestos o delictuosos, permitidos o inadmisibles, los actos individuales que son útiles o nocivos a la vida colectiva. En cada momento histórico ese criterio es la subestructura de la moral, variable siempre.

Los delincuentes son individuos incapaces de adaptar su conducta a la moralidad media de la sociedad en que viven. Son inferiores; tienen el "alma de la especie", pero no adquieren el "alma social". Divergen de la mediocridad, pero en sentido opuesto a los hombres excelentes, cuyas variaciones originales determinan una desadaptación evolutiva en el sentido de la perfección.

Son innúmeros. Todas las formas corrosivas de la degeneración desfilan en ese calidoscopio, como si al conjuro de un maléfico exorcismo se convirtieran en pavorosa realidad los más sórdidos ciclos de un infierno dantesco: parásitos de la escoria social, fronterizos de la infamia, comensales del vicio y de la deshonra, tristes que se mueven acicateados por sentimientos anormales, espíritus que sobrellevan la fatalidad de herencias enfermizas y sufren la carcoma inexorable de las miserias ambientes.

Irreductibles e indomesticables, aceptan como un duelo permanente la vida en sociedad. Pasan por nuestro lado impertérritos y sombríos, llevando sobre sus frentes fugitivas el estigma de su destino involuntario y en los mudos labios la mueca oblicua del que escruta a sus semejantes con ojo enemigo. Parecen ignorar que son las víctimas de un complejo determinismo, superior a todo freno ético; súmanse en ellos los desequilibrios transfundidos por una herencia malsana, las deformes configuraciones morales plasmadas en el medio social y las mil circunstancias ineludibles que atraviésanse al azar en su existencia.

La ciénaga en que chapalean su conducta asfixia los gérmenes posibles de todo sentido moral, desarticulando los últimos prejuicios que los vinculan al solidario consocio de los mediocres. Viven adaptados a una moral aparte, con panoramas de sombrías perspectivas, esquivando los valores luminosos y escurriéndose entre las penumbras más densas; fermentan en el agitado aturdimiento de la grandes ciudades modernas, retoñan en todas las grietas del edificio social y conspiran sordamente contra su estabilidad, ajenos a las normase de conducta características del hombre mediocre, eminentemente conservador y disciplinado. La imaginación nos permite alinear sus torvas siluetas sobre un lejano horizonte donde la lobreguez crepuscular vuelca sus tonos violentos de oro y de púrpura, de incendio y de hemorragia: desfile de macabra legión que marcha atropelladamente hacia la ignominia.

En esa pléyade anormal culminan los fronterizos del delito, cuya virulencia crece por su impunidad ante la ley.

Su débil sentido moral les impide conservar intachable su conducta, sin caer por ello en plena delincuencia: son los imbéciles de la honestidad, distintos del idiota moral que rueda a la cárcel. No son delincuentes, pero son incapaces de mantenerse honestos; pobres espíritus de carácter claudicante y voluntad relajada, no saben poner vallas seguras a los factores ocasionales, a las sugestiones del medio, a la tentación del lucro fácil, al contagio imitativo. Viven solicitados por tendencias opuestas, oscilando entre el bien y el mal, como el asno de Buridán. Son caracteres conformados minuto por minuto en el molde inestable de las circunstancias. Ora son auxiliares a medias por incapacidad de ejecutar un plan completo de conducta antisocial, ora tienen suficiente astucia y previsión para llegar al borde mismo del manicomio y de la cárcel, sin caer. Estos sujetos de moralidad incompleta, larvada, accidental o alternante, representan las etapas de la transición entre la honestidad y el delito. la zona de interferencia entre el bien y el mal, socialmente considerados. Carecen del equilibrismo oportunista que salva del naufragio a otros mediocres.

Un estigma irrevocable impídeles conformar sus sentimientos a los criterios morales de su sociedad. En algunos es producto del temperamento nativo; pululan en las cárceles y viven como enemigos dentro de la sociedad que los hospeda. En muchos la degeneración moral es adquirida, fruto de la educación; en ciertos casos deriva de la lucha por la vida en un medio social desfavorable a su esfuerzo; son mediocres desorganizados, caídos en la ciénaga por obra del azar, capaces de comprender su desventura y avergonzarse de ella, como la fiera que ha errado el salto. En otros hay una inversión de los valores éticos, una perturbación del juicio que impide medir el bien y el mal con el cartabón aceptado por la sociedad: son invertidos morales;, ineptos para estimar la honestidad y el vicio. Inestables hay, por fin. cuyo carácter revela una ausencia de sólidos cimientos que los aseguren contra el oscilante vaivén de los apremios materiales y la alternativa inquietante de las tentaciones deshonestas. Esos inválidos no sienten la coerción social; su moralidad inferior bordejea en el vicio hasta el momento de encallar en el delito.

Estos inadaptables son moralmente inferiores al hombre mediocre. Sus matices son variados: actúan en la sociedad como los insectos dañinos en la naturaleza.

El rebaño teme a esos violadores de su hipocresía. Los prudentes no les perdonan el impudor de su infamia y organizan contra ellos una compleja armazón defensiva de códigos, jueces y prestigios; a través de siglos y de siglos su esfuerzo ha sido ineficaz. Constituyen una horda extranjera y hostil dentro de su propio terruño, audaz en la asechanza, embozada en el procedimiento, infatigable en la tramitación aleve de sus programas trágicos. Algunos confían su vanidad al filo de la cuchilla subrepticia, siempre alerta para blandirla con fulgurante presteza contra el corazón o la espalda; otros deslizan furtivamente su ágil garra sobre el oro o la lema que estimulan su avidez con seducciones irresistibles; éstos violentan, como infantiles juguetes, los obstáculos con que la prudencia del burgués custodia el tesoro acumulado en interminables etapas de ahorro y de sacrificio; aquéllos denigran vírgenes inocentes para lucrar, ofreciendo los encantos de su cuerpo venusto a la insaciable lujuria de sensuales y libertinos; muchos succionan la entraña de la miseria, en inverosímiles aritméticas de usura, como tenias solitarias que nutren su inextinguible voracidad en los jugos icorosos del intestino social enfermo; otros captan conciencias inexpertas para explotar los riquísimos filones de la ignorancia y el fanatismo. Todos son equivalentes en el desempeño de su parasitaria función antisocial, idénticos en la inadaptación de sus sentimientos más elementales. Converge en ellos una inveterada promiscuación de instintos y de perversiones que hace de cada conciencia una pústula, arrastrándolos a malvivir del vicio y del delito.

Sea cual fuere, sin embargo, la orientación de su inferioridad biológica o social, encontramos una pincelada común en todos los hombres que están bajo el nivel de la mediocridad: la ineptitud constante para adaptarse a las condiciones que, en cada colectividad humana, limitan la lucha por la vida. Carecen de la aptitud que permite al hombre mediocre imitar los prejuicios y las hipocresías de la sociedad en que vegeta.

De El hombre mediocre (CAPÍTULO III-II – LOS VALORES MORALES)

Selección y transcripción: Agensur.info

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