domingo, 18 de febrero de 2018

La mano dura, ese peligroso clamor popular

Por Jorge Fernández Díaz
Un amigo progresista de Palermo Soho acaba de descubrir con horror que los pobres son de derecha. Su entrañable empleada doméstica, que vive y pernocta en Moreno, le informó con alegría que ella y su marido se habían comprado tres rottweilers. Y que su proyecto para los delincuentes consistía en devorárselos. El marido viaja cada día en tren, y cuenta que habitualmente acontecen abordo robos de celulares, y también que con cierta regularidad atrapan al peligroso descuidista entre tres y lo arrojan del vagón en movimiento.

La rutina provoca que ya nadie se altere demasiado: pocos ven dónde y cómo cayó el susodicho, y si lo hacen es más por morbo que por otra cosa. El progresismo concibe el mundo de la pobreza como un colectivo orgánico de compactos principios progresistas y puros, y por lo tanto le encanta ejercer su vocería. Ese oficio sin costos otorga el manto sagrado del "pueblo" y el delicioso elixir de la autoridad moral. El problema radica en que el universo de los más humildes está compuesto por muchos segmentos y escalas, con visiones, culturas e intereses antagónicos, y que algunos de sus valores no encajan bien en el ideario. Donde mayor tensión existe entre la izquierda urbana y el universo de los postergados es en el tema de la inseguridad. A veces las "almas bellas" romantizan la figura del delincuente, a quien prefiguran como un simple "rebelde al código penal", y victimizan al violento, porque es "hijo de una sociedad injusta". Tienden, en consecuencia, al armisticio y a la amnistía moral, al ultragarantismo y al abandono del mínimo sentido común. El laburante más modesto piensa, en cambio, que ser pobre no te habilita para ser ladrón ni asesino, y que el Estado debería ser impiadoso con los infractores. Existe en las zonas más desfavorecidas una especial saña con la delincuencia, puesto que allí suelen encontrarse las presas más desprotegidas y frecuentes: los lúmpenes ejercen todos los días en esos barrios un cruel fascismo a punta de pistola. Y el Estado brilla por su ausencia, enredado en sus teorías, en su ineficiencia y a veces en su connivencia mafiosa. Los sondeos muestran que es justamente en esos escalones sociales donde se pide más mano dura; bajo emoción violenta, muchos reclaman incluso la pena de muerte. Esta divergencia fundamental conflictúa también a los curas de base, que procuran insuflarles misericordia a las víctimas dolientes y consolación en la cárcel a sus victimarios, y que culpan al mercado por toda esta balacera cruzada. También ellos, aunque con mayor legitimidad, se proponen como voceros de la pobreza, a la que adjudican una sabiduría innata. Pero a su vez intentan de manera paternalista alejarla de los "vicios" de la clase media y del consumo, y en esa misma línea, también del clamor "vengativo". La idea es subversiva entonces para todos estos voceros filantrópicos: los que menos tienen no siempre tienen la razón. El error -como la bondad, la vileza o el acierto- no es exclusivo de ninguna clase social.

Néstor Kirchner pescó al vuelo la crisis y la oportunidad, y es por eso que al principio se abrazó a los criterios de Blumberg, y mandó legislar en sintonía: el archivo es pródigo y escandaloso en frases severas de ocasión; algunos kirchneristas parecían súbitamente encarnados por el espíritu de Ruckauf. En fin: que un principio no te arruine una buena encuesta. La demagogia punitiva, como la denomina Gil Lavedra, es una tentación fácil y riesgosa: responde a un requerimiento dramático por parte de los "descamisados", y para decirlo en la jerga del rating televisivo, garpa que da calambre. Macri, al igual que Kirchner y Massa, está bebiendo de esa fuente envenenada que trae votos y mejora la imagen de gestión, y lo está haciendo sin haber pasado por una reflexión profunda ni por un proceso metódico y consistente. Se hizo cargo de la genuina demanda popular, mientras el peronismo callaba por afinidad o por conveniencia, y cometió dos equivocaciones graves. Decretó, sin pruebas, que Rafael Nahuel había muerto en medio de un tiroteo y que Luis Chocobar había actuado bien: en ambos casos se mató por la espalda, y el Gobierno se apresuró a defender a las fuerzas de seguridad sin la prudencia imprescindible. Es loable intentar fortalecer todas las instituciones, y que un país serio cambie su doctrina y le dé un espaldarazo a una policía seria y profesional. Pero aquí esas fuerzas no se han terminado de depurar, ni de capacitar, y aunque ya fueran el FBI, la Sureté o Scotland Yard, una administración política siempre debe reservarse la duda y llamar a Asuntos Internos. Poco importa si al final los peritajes o los tribunales superiores declaran inocentes a quienes apretaron los gatillos: el daño es simbólico y ya está hecho. El populismo policial sigue siendo populismo. Y lo contrario de una estupidez puede ser otra. Este asunto no se arregla con gestos de marketing o impulsos de momento, sino con políticas de fondo, que involucran mucho más que a un partido o a un gobierno. Dicho todo esto: en la Argentina no se ha desatado una cadena de ejecuciones sumarias, ni se están propiciando escuadrones de la muerte, como algunas sectas agitan con mala fe y algunos perejiles compran con la piel de gallina.

Eso sí, Cambiemos no se había preparado ni para combatir la mafia ni para estructurar un programa integral contra el delito. Está improvisando. Y su amateurismo quedó patente el viernes, cuando su líder criticó como simple "ciudadano" el fallo de la Cámara del Crimen y cuando sugirió que sus integrantes actuaban en coincidencia espiritual con Eugenio Zaffaroni. Ni el Presidente de la Nación es un mero ciudadano, ni esos penalistas tienen influencias zaffaronianas. La oposición, por supuesto, no está mejor parada en este resbaladizo terreno; algunos de sus más conspicuos dirigentes fracasaron estrepitosamente con sus planes, consolidaron el abolicionismo delirante, liberaron las manos a las policías para que hicieran negocios oscuros y se las ataron para que no cumplieran con su deber, y en todo ese trayecto permitieron que el narcotráfico se afincara en la Argentina.

Evaluando el drama vernáculo con cierta perspectiva histórica, resulta que no casualmente las dos grandes derrotas de nuestra democracia terminaron siendo la inflación y la inseguridad. Fenómenos corrosivos y resistentes que la política no consiguió nunca resolver. La progresía y el populismo cultural, aunque no pueden presentarse como los únicos culpables, de ningún modo son ajenos a esta triste vigencia, a esta debacle crónica. Más bien actuaron como influencias decisivas en la opinión pública y en el inconsciente colectivo: ser un cruzado de esas causas estuvo mal visto, fue políticamente incorrecto. Para esas usinas ideológicas, un poco de inflación no venía mal y su drástica batalla de largo aliento tenía connotaciones "neoliberales" o "monetaristas". Y la inseguridad siempre les ha parecido una "preocupación de la derecha", hija de su tradicional obsesión por el orden. Paradójicamente, esas dos enfermedades afectan en esencia a las diversas clases bajas: la inflación les carcome el salario, los asaltantes derraman su sangre. Los voceros de la pobreza no saben cómo lidiar con esta contradicción crucial, y entonces intentan soslayarla. Desoír el clamor popular es tan irresponsable como colocar a Durán Barba al frente de la policía, o resignarnos a que los más humildes deban recurrir a una jauría de rottweilers para vivir en paz.

© La Nación

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