lunes, 12 de febrero de 2018

GOBIERNO / La hora de la verdad

Por Carlos Gabetta (*)

Las batallas sindicales y económicas que libra el Gobierno son frentes de una misma guerra, aunque el presidente Macri y sus principales asesores no parecen considerarlo así, ya que basan su estrategia en un hipotético mejoramiento de la economía que, opinión pública mediante, ayudaría a neutralizar la oposición sindical.

Eso resulta algo así como esperar una gran cosecha de un campo inundado. En la actual situación económica mundial, ya es difícil resolver problemas; mucho más en un país costoso, ineficaz e imprevisible. Argentina está “fuera de norma” en cualquier aspecto, incluso en el universal y tácitamente aceptado de la corrupción. También, como México, va camino de la violencia delincuencial extrema: no hay más que asomarse a lo que ocurre en Rosario y otras ciudades.

Transcribo algo ya dicho aquí: “Tomemos como ejemplo un asunto sobre el que hay acuerdo general: la necesidad de inversión extranjera productiva. Para el caso, aunque en casi todas partes la ‘cometa’ es de rigor, aquí tiene un monto de ingreso y un aumento posterior que excede ampliamente la ‘media’ internacional, por no hablar de los países donde es insignificante o no existe. Una anécdota viene a cuento. Unos meses después de la crisis de 2001, la embajada francesa me invitó a dar una charla en París, ante el Senado, sobre el “Problema argentino”. Además de los legisladores, acudieron casi todos los CEO de empresas con inversiones aquí, entre otros Jacques Chambert-Loir, entonces de Total. Por supuesto, asumí todas nuestras responsabilidades políticas, económicas y sociales, pero no me privé de señalar que respecto a la corrupción, como en el tango, para bailar hacen falta dos. Para el caso: un corrompu et un corrupteur (sic). En diálogo extraoficial posterior, uno de los ejecutivos franceses, luego de agradecerme educada, pero irónicamente, votre liberté de propos (traducir como ‘mi osadía’), señaló que las empresas tenían que aceptar los hechos, ya que de otro modo no podrían expandirse hacia casi ningún país. Pero según su experiencia en Argentina, las coimas ‘de entrada’, aunque altas, acababan siendo un problema menor; contable. Lo que ocurre, agregó, es que luego se suman la aduanera, sindical, funcionarial, transportista; las dificultades, demoras, incumplimientos y costos ‘extra’ de casi cualquier negociación con el Estado, las corporaciones y empresas locales…” (Columna: De la corrupción sindical).

De modo que hay varios frentes, pero una sola guerra. Sería utópico esperar de cualquier gobierno, del color que fuese, que ganara rápida y simultáneamente todas las batallas. Pero cualquier gobierno que quiera evitarse el fracaso de todos los anteriores, del color que hayan sido, está obligado al menos a armonizar aquellas cosas que hacen de la Argentina un país tan especial; hoy por hoy, en sentido negativo.

La semana pasada esta columna se ocupó de la situación Gobierno-centrales obreras. Esta semana, las novedades han sido los giros políticos de Hugo Moyano, Adolfo Rodríguez Saá y Alberto Fernández, los más notorios entre varios otros, hacia la inefable Cristina Fernández. Todo es por ahora incipiente, pero se trata de otra prueba de que el peronismo empieza a olfatear que al Gobierno le va realmente mal en lo económico y, a corto o mediano plazo, en lo social y electoral. Fernández se reunió dos horas con Cristina pocos días después de que el papa Francisco lo recibiese largamente en el Vaticano. El próximo paso podría ser que Bergoglio –para el caso, es mejor llamarlo así– sugiera a Cristina bajarse del trono, hablar otro lenguaje y ponerse a disposición de la unidad peronista.

El frente externo. Los nuevos sacudones de la crisis financiera internacional, que ocuparon los titulares toda la semana, hacen aún más acuciante la necesidad de formular un proyecto que vaya más allá de los problemas de coyuntura.

Todas las propuestas político-económicas serias, del color que sean, ponen el acento en la competitividad, la innovación, la sustentabilidad y el desarrollo de las empresas, nacionales o no; en el buen funcionamiento institucional como requisito. Puesto que cualquier negociación se basa en última instancia en la relación de fuerzas, un país como la Argentina, inflacionista, recurrentemente en crisis, disfuncional, con empresas e instituciones ineficientes, no puede exigir mucho, ya que suscita desconfianza, temor. De allí que los inversores externos exijan –y de paso aprovechen para beneficiarse– condiciones especiales. El kirchnerismo no inventó nada con las “cláusulas secretas” del acuerdo con Chevron…

Entre otras medidas de corte liberal clásico –que dicho sea de paso, vienen fracasando en todo el mundo– el Gobierno basa su estrategia en el endeudamiento externo. Pero además de la amenaza latente de otro “crash”, esos sacudones financieros internacionales generaron un progresivo aumento de las tasas de interés. “La incertidumbre es muy alta, reconoce Graham Bishop, director de inversiones de Heartwood Investment Management: la verdadera cuestión es saber si el alza de las tasas va a operarse de manera ordenada o desordenada”. La segunda posibilidad “paga dos pesos”, como diría un turfista…

De modo que el Gobierno acudió, con éxito por ahora, al endeudamiento en pesos. Pero esto sigue siendo un parche “para tapar agujeros” –el déficit fiscal, entre otros– y no parte de un proyecto de inversión productiva. Entretanto, la inflación no cede y los topes fijados por el Gobierno para las paritarias deben revisarse continuamente. Las colisiones con el sindicalismo, dividido o no, pero basado en buenas razones y dirigido por quienes ya sabemos, están a la vuelta de la esquina.

Lo último es que el Gobierno convocó a una “reunión cumbre” de gabinete en Chapadmalal, la semana entrante, para analizar la situación. Dados los antecedentes, no es previsible que de allí salga un proyecto de desarrollo nacional-redistributivo claro, bien difundido en la ciudadanía, que suscite apoyo, sacrificio y paciencia mayoritarios y nos saque del círculo liberal-populista.

Pero la esperanza, dicen, es lo último que se pierde…

(*) Periodista y escritor

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