miércoles, 24 de enero de 2018

El club de la pelea más infantil


Por Nicolás Lucca
(Relato del Presente)

Es verano, nadie lee: En los últimos meses hemos presenciado un decaimiento total, absurdo y tremendamente veloz de las relaciones humanas entre personas que, hasta hace muy poquito tiempo, se llevaban bien. 

Algunos de ellos, incluso, conocidos míos, amigos personales, enemistados por la defensa del o el ataque al gobierno. Como si en vez de elaborar una idea del antagonismo como método de Poder, Laclau tan sólo se hubiera limitado a darnos un diagnóstico. Nos gusta el bardo, nos encanta pasarla mal, nos fascina tener que putearnos por cosas que, al relatarlas, nos damos cuenta que fueron tremendas pelotudeces.

Durante el kirchnerismo se dieron tres fenómenos nunca antes vistos: la masificación de Internet, la aparición de las redes sociales y la visualización de la división social politizada. Los tres van de la manito, ninguno se podría haber dado sin los otros dos. O sea: siempre hubo antagonismos en la sociedad argentina. No, no como en cualquier parte: el antagonismo no es pensar diferente, sino pensar que el otro está equivocado. No es lo mismo. Los unitarios y los federales quisieron masacrarse –de hecho, lo hicieron–, al igual que en la mayoría de los países surgidos de las luchas independentistas del siglo XVIII y XIX. Sin embargo, acá la seguimos de lo lindo con revoluciones armadas, anarquistas magnicidas, gobiernos democráticos ultra violentos, y demás cosas por el estilo en un vaivén histórico tan, pero tan difícil de explicar que parece mentira que sólo tengamos un par de siglos de historia documentada.

Nuestra forma de ser es beligerante, y también me declaro culpable de ello. Tratamos mal al pibe del delivery que a su vez se caga en el tránsito esquivando autos con una moto para la cual pareciera que no corre la legislación vial; el que va arriba del auto putea al motoquero para luego tirarle el coche encima al primer peatón que se le ocurre cruzar por la esquina. Este se sube al primer bondi que le para y forrea al colectivero por retrasarse cinco minutos en una ciudad con 46 piquetes por hora. Al tercer semáforo en rojo al hilo, el chofer putea a un policía por no haber visto que un taxista paró en doble fila en una esquina. El poli, con 37 horas laburadas encima, manda a la mierda a la novena persona que le pregunta dónde queda la calle Ayacucho mientras usan ese aparato con pantalla de mano un millón de veces más veloz que la Commodore 64 para mandar 19 mensajes de voz a un grupo de Whatsapp en menos de una hora. El mensaje número 20 será para contar que le tocó un policía de mierda justo en el día en que el delivery le trajo la pizza fría, un auto casi lo atropella y el bondi llegó tarde en una ciudad de mierda en la que no se puede vivir a causa del humor de la gente. Y que la culpa de todo es de los políticos, claro.

La irrupción de las redes sociales a mediados de la década pasada implicó un punto de quiebre notable. Más allá de la buena onda, los chistes, las poses, las amistades surgidas y otras cosas por el estilo, apareció el fenómeno de la puteada imprevista de sujetos desconocidos. Ahora llegaban de forma directa agresiones que, si las hubiéramos visto en la calle, habrían generado rechazo colectivo. O sea: como en un Club de la Pelea para vagos, el colectivero, el policía, el pibe del delivery, el peatón y el tachero se encontraron en un espacio en el que la impunidad de no poder recibir una cagada a trompadas por parte del agredido generó un accionar que, face to face, nos haría sentir incómodos.

Confundiendo interés con pertenencia, nos acomodamos en trincheras a las que no le miramos las banderas. Así, el tachero y el policía pueden coincidir en un par de cosas y eso los hace sentir parte de una fraternidad que se enemista con el colectivero y el pibe del delivery. Al igual que cuando una nación está en guerra, no hay facciones en los bandos. La cohesión mostrada por el invasor sólo puede ser repelida por la unión de la resistencia. Dentro de cada bando, si se inspeccionaran fríamente, podrían llegar a odiarse. Entre los bandos, si hicieran lo mismo, podrían llegar a coincidir en algunas cosas. Todos terminan por odiarse y aliarse cuando las trincheras cambian de banderas. La guerra nunca termina.

Agresiones que vuelan, acusaciones que van, informaciones sacadas de contexto que vuelven, engreídos que señalan con el dedo, engreídos que se ofenden, personas que apoyaron a gobernantes analfabestias ofendidos con medidas de gobierno que no entienden, sujetos que nunca vieron un dolar acusando de kirchneristas a pobres boludos que sacaron un crédito hipotecario, turbas iracundas con antorchas en forma de tuits dispuestos a quemar en efigie al que nos molestó. Es un principio básico de supervivencia: ante la agresión, buscar un par. Aunque la agresión no sea tal. Ante la ausencia de un par, buscar alguien que masomeno se parezca, o que al menos cumpla con alguno de los puntos que esperamos de ese par. Es natural y ha ocurrido en todos lados, incluso dentro del kirchnerismo, que sobre el final de sus días tenía en sus filas más miembros de partidos de izquierda que peronistas.

Fuera de nuestro círculo íntimo no nos juna nadie. Para el horror del romanticismo periodístico, las noticias de cholulaje concentran más lecturas que todas las otras secciones juntas de cualquier portal de noticias. Nosotros creemos que cambiamos el mundo librando una batalla que nadie nos pidió frente a enemigos que construimos como una sublimación de nuestro deseo. Alguien tiene que ser culpable de lo que sale mal. Alguien tiene que ser un potencial culpable de la posibilidad de que algo salga mal. Una suerte de culpabilidad relativa que a Philip Dick le habría parecido demasiado inverosímil a la hora de redactar Minority Report.

Los veo, nos veo, y no puedo dejar de pensar en que todos nosotros somos unos cuatro de copas de un nivel tan patético que me da vergüenza propia y ajena ver a lo que hemos llegado.

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Revisando archivos viejos di con un documental europeo de hace unos años en el que entrevistan a dos veteranos de la batalla de Stalingrado. No, no eran dos supervivientes del sitio, eran dos señores con sus respectivos uniformes militares que combatieron en una batalla que duró seis meses y en la que murieron un millón y medio de personas. Doblados por el peso de las medallas, estos señores que ya habían pasado cómodamente la barrera nonagenaria comenzaron a hablar con la entrevistadora de muy buena gana. Hasta que les preguntaron si extrañaban la Unión Soviética. Uno de ellos comenzó a relatar emocionado todas las cosas que añoraba de los años del comunismo, ante la transformación del rostro de su excompañero de guerra. Éste, harto, lo interrumpe y afirma que esa añoranza era, en realidad, la negación de una tiranía opresora de las libertades y causante de demasiadas muertes. Sin embargo, cuando todo parecía irse a la mierda, la entrevistadora les pregunta cómo hicieron para tolerar seis meses de combate en una ciudad sitiada en pleno invierno ruso: “Estábamos muy seguros de qué era lo que estábamos defendiendo”.

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Este blog cumple 10 años en unos meses. Lo inicié cuando yo contaba con 26 años. Hoy estoy cumpliendo 36. Leer relatos viejos me da pudor retroactivo, vergüenza previa. Y sin embargo, respeto esos textos porque fueron escritos por ese que ya no soy yo, del mismo modo que estas líneas están siendo escritas por el que ya no será mañana, o en unas décadas, o en unas horas.

Lo bueno de escribir desde hace tiempo es que uno tiene un termómetro de lo que se vivía, se respiraba en el aire. O al menos de cómo me afectaba. Y aquí es donde entra el temible error en la óptica del recuerdo: ¿Recordamos cómo realmente es que sucedió algo, o nuestra forma de ver las cosas hoy nos plantea el recuerdo de otra forma? Lo único que tengo claro es que, del mismo modo que sólo puedo hacerme cargo de lo que escribo, nunca de lo que otros interpreten de lo que quise o no quise decir, mucho menos puedo hacerme cargo de lo que dije, quise decir, aparentemente pensé o soñé hace cinco o diez años. Porque el mundo era distinto, porque el país era distinto. Porque yo era distinto.

Diez años atrás se lanzaba el primer smartphone, no existían las tablets, ni los servicios de streaming de video ni de música. No todo era tan malo, dado que tampoco existía Whatsapp. Las cámaras de fotos y las filmadoras todavía eran un gran negocio y recién salía al mercado una memoria USB de 32 Gigabytes que nos parecía una exageración.

Hace diez años, Mauricio Macri usaba bigote, no se parecía al padre tras una dieta paleolítica y acababa de iniciar su primer mandato como jefe de Gobierno en una campaña en la que fue destrozado por Carrió. Una década atrás, Graciela Ocaña era ministro de Salud de Cristina Fernández de Kirchner, Martín Lousteau comandaba el ministerio de Economía, Sergio Massa siquiera era Jefe de Gabinete, Amado Boudou no era conocido ni por los carperos que pasaban cerca de su médano, Filmus recién llevaba perdidas un par de elecciones, La Cámpora todavía no debutaba, el Papa Francisco era el combativo obispo Bergoglio, a Clarín le faltaba todavía un par de meses para ponerse nervioso y Julio Cobos era oficialista. Hace diez años, Cristina acababa de ganar por el 45% de los votos y todavía le faltaba un 54% en 2011. Por cuestiones aritméticas, buena parte de esos votos fueron para otro lado hace poquito. Hay gente que cambió de parecer. Mucha.

Hace diez años mi hijo tenía seis meses, aún no me divorciaba de la mujer a quien le había jurado amor eterno delante de un juez y de Dios, acababa de renunciar a una fiscalía y no me imaginaba la vida sin laburar para el Estado.

¿En serio piensan lo mismo que hace diez años respecto de todo? ¿En serio? ¿Tan estáticas son sus vidas que nada ha cambiado? ¿Tan aburridos resultaron que suponen que todos los demás también piensan, sienten, y viven igual que hace diez años?

El problema es creer que llevamos la política a todos los ámbitos de nuestras vidas cuando en realidad llevamos el comportamiento barrabrava a todos lados y lo disfrazamos de política. Falso folklore futbolero en el que lo que importa no es hacer las cosas bien, sino ganar a como dé lugar, dormir eternamente en laureles que obtuvieron otras personas hace muchos años, y si de paso destruimos al adversario –de modo literal– mejor. Y nos quedamos sin refugios para ser felices. El teatro está politizado, la tele está politizada, las relaciones familiares, los trabajos, todo, absolutamente todo está politizado.

No se trata de reconciliarme y aceptar en mi casa al que quiso matarme, borrarme del mapa o me meó la puerta de casa durante décadas. Para convivir hace falta un mínimo de dos personas con la intención de hacerlo, de tener un pacto de coexistencia en el que se respetarán mutuamente. Y el respeto incluye ese temita de las violaciones a las leyes, que no son otra cosa que códigos de convivencia.

A la canallada surgida desde las redes sociales no se le tiene que dar más valor que el esfuerzo que conlleva. Son dedos que ya ni siquiera presionan teclas sino que se deslizan sobre una pantalla embarrada con nuestra propia grasa a la búsqueda de destrozar al otro. O lo que es más patético: a la búsqueda de otro para destrozarlo.

Qué sé yo, como guerra me suena a una de bajos ideales, muy poco romántica. Quizá en diez años piense distinto.

O no.

Mercoledí. Tanti auguri.

Publicado por Lucca


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