domingo, 3 de diciembre de 2017

Hipermodernidad mapuche

Por Gustavo González
Ubiquémonos en 1994. El país era presidido por un gobierno que representaba las aspiraciones de una mayoría de ingresar al Primer Mundo: inflación de un dígito, un dólar un peso, regreso del crédito y los Stones abrazados a Menem. Eran los ecos del cambio de época que llegaban desde Europa. La caída del Muro de Berlín como expresión del debilitamiento de las grandes ideologías, más la erosión de las religiones tradicionales, el escepticismo sobre las ideas fuertes, la ironía sobre las certezas, el individualismo sobre lo colectivo y la reivindicación hedonista del presente.

En 1983, Gilles Lipovetsky ya había escrito L’ère du vide y patentó la posmodernidad. Era una descripción crítica (no dolorida, casi optimista) de lo que llamó La era del vacío, esa época en la que convivían aquellas características con la tolerancia hacia el otro, la amplitud sexual, la apertura cultural y el derecho a la libertad por sobre otros derechos.

En la Argentina de 1994, Menem encarnó el paso del peronismo de lo moderno a lo posmo, que también reflejaba a la sociedad. De lo contrario no se hubieran privatizado las empresas públicas (una herejía en la historia nacional), celebrado la frivolidad presidencial de la pizza con champán o aceptado a los primeros travestis como celebridades en los medios masivos (Cris Miró) en signo de tolerancia hacia lo diferente.

Las eras no son malas ni buenas. Son lo que son, son lo que hemos hecho que sean.

Reforma posmo. Fue en ese contexto que los constituyentes sumaron a la reforma de aquel año el inciso 17 del artículo 75 bajo el título “Reconocer la preexistencia étnica y cultural de los pueblos indígenas argentinos”. Allí se detalla que el Estado se compromete a aceptar la “posesión y propiedades comunitarias de las tierras que tradicionalmente ocupan y regular la entrega de otras aptas y suficientes para el desarrollo humano”, además de asegurar la participación de esas comunidades en la gestión de “sus recursos naturales y en los demás intereses que los afecten”.

Recién en 2006 fue sancionada la Ley 26.160 de Comunidades Indígenas para llevar a la práctica esa obligación y ordenar un relevamiento técnico-jurídico-catastral. Paso previo a entregar la propiedad de esas tierras. Pero la ley nunca se aplicó, los plazos fueron prorrogados sucesivamente. La última vez fue hace dos meses, cuando se extendió el plazo hasta noviembre de 2021, ya que resta empadronar a 1.000 de las 1.500 comunidades que se supone existen.

Aquellos constituyentes representaron en 1994 el cambio de época del país. Probablemente eso no hubiera sucedido en medio de una modernidad ordenada duramente en torno a territorios, Estados y naciones. Esos conceptos reflejaron por siglos la pertenencia social a lugares más o menos fijos y poblaciones estables. También eran el rechazo hacia el otro, al “extranjero”, a quien se intentaba asimilar o echar. Era la estrategia antropoémica a la que se refería Lévi-Strauss, de expulsar o exterminar a quienes se oponían a la asimilación.

Bauman sostenía que fue la globalización la que rompió con esa trinidad (territorio, Estado, nación). Hace más de una década, en Modernidad y globalización (acaba de llegar al país traducido por primera vez), el filósofo sostenía que aquellos mecanismos de exclusión aún subsistían, pero “suscitan protestas casi universales, son sancionados. En la actualidad cada Estado territorial suele transformarse lentamente en un conjunto de diásporas étnicas, lingüísticas y religiosas hechas de múltiples lealtades”.  

Pero ese mundo posmoderno también comenzó a cambiar en los últimos tiempos. El incremento de los conflictos vinculados con la cuestión mapuche se inscribe en esta nueva vuelta de la historia.

Otra realidad. Hoy el Estado argentino enfrenta una doble problemática. Necesita resolver la falta de cumplimiento de una ley, a la que él mismo se obligó, pero debe hacerlo en medio de un clima de época que está en pleno proceso de cambio.

Todavía solapadamente, comienza a instalarse cierto cuestionamiento social sobre la razonabilidad de aquellos derechos, un malestar incipiente que se agrava con la aparición de grupos mapuches radicalizados y separatistas, ocupaciones y hechos de violencia que en cuatro meses se cobraron las vidas de Santiago Maldonado y Rafael Nahuel.

Pasaron 23 años desde la última reforma de la Constitución. La posmodernidad ya no es lo que era. Algunos, como Lipovetsky, sitúan en el ataque a las Torres Gemelas la primera gran manifestación de lo que llama hipermodernidad. Ahora, la cultura del placer y el hedonismo se siente corroída por la angustia por el futuro y la inseguridad física y económica. Y recobran sentido ideas fuertes de la modernidad. Como la religión, con el renacimiento islámico o el revival católico entre los pobres del mundo con un papa peronista.

También los sentimientos nacionalistas se vuelven a despertar: Cataluña (frente a España), el Brexit (frente a la Unión Europea) o Trump (frente a la globalización). Pero como la posmodernidad no pasó en vano, todo está teñido de ella. Los nuevos nacionalismos vienen, por ahora, más lavados que en el pasado, sin respaldos importantes de grupos extremos y con adherentes que no dejan de hacer cuentas de cómo afectarán a sus bolsillos los discursos separatistas.

En la Argentina, la hipermodernidad se nutrió de un kirchnerismo que mezcló la modernidad setentista con la moralidad light posmoderna. La lucha mapuche también refleja esta nueva era. Sus líderes más combativos ya no se parecen a los comandos guerrilleros de los 70, aunque algunos quieran mostrarlos así. Hoy son un reflejo caricaturesco y empobrecido de aquellos poderosos ejércitos irregulares. Uno de sus principales líderes es Fernando Jones Huala –hermano de Facundo, preso acusado de liderar RAM, y de Fausto, detenido y liberado tras la muerte de Nahuel–. Fernando tiene 28 años y exige el fin del capitalismo, pero en su otra vida porteña usaba celulares de última generación, era flogger y se sacaba selfies con sus amigos en el shopping Abasto.

El mundo está cambiando otra vez. Comienza una nueva Guerra Fría, pero ya no por Kissinger, Reagan, Brézhnev o Gorbachov, sino por Trump y Kim Jong-un. Las sociedades dejaron de confiar en la infalibilidad de sus líderes. Bien que hacen. Siguen cruzadas por la posmodernidad, pero ya no desde un individualismo necesariamente amigable con el otro. La tolerancia continúa siendo la característica de lo políticamente correcto, pero la incertidumbre sobre el futuro puede transformar en sospechoso al diferente.

La grieta es un signo más de esta hipermodernidad en la que el otro puede ser visto como un enemigo.

Los gobiernos tienen la obligación de ser mediadores de los tiempos que le tocan, reflejando a quienes los eligen pero intentando moderar las tensiones de cada época.

El gobierno argentino enfrenta el doble desafío de cumplir con lo que el Estado prometió y brindar confiabilidad al resto de la sociedad de que lo hará con equilibrio y razonabilidad.  Debe cumplir la ley y dar muestras explícitas de que hará que los demás la cumplan, sean mapuches o fuerzas de seguridad. En especial éstas, que dependen del Estado y tienen poder de fuego.

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