sábado, 16 de diciembre de 2017

Ajuste y orden

El riesgo de llevar al extremo la polarización, en un país con 
los antecedentes de la Argentina.

Por Ignacio Fidanza
El gobierno de Macri ingresó en una etapa crucial para darle sustentabilidad al proyecto político que encarna. El crecimiento exponencial de la deuda externa y la masa de Lebac que emite el Central para esterilizar su impacto monetario marcan un horizonte muy claro al gradualismo.

Macri ya reconoció que el corazón de su mandato pasa por ajustar el enorme déficit fiscal que heredó del kirchnerismo.

Postergó el abordaje de ese problema hasta pasar el filtro de las elecciones de medio término, entendiendo que si anticipaba el ajuste las iba a perder y entraría en crisis grave como le ocurrió a De la Rúa.

Pero el tiempo se acabó. El diseño del ajuste es sencillo: Eliminación de subsidios energéticos y reducción del gasto del sistema de seguridad social. Macri tiene una mirada pragmática, de ingeniero, para enfrentar problemas complejos: Si el grueso del déficit pasa por esos dos rubros, ahí se aplica el recorte.

No hubo en el gobierno una apertura a discutir caminos alternativos para la corrección del gasto, que salvo el kirchnerismo y la izquierda, la gran mayoría del sistema político entiende que es no sólo inevitable, si no necesario si se quiere evitar una nueva crisis de primera magnitud.

Este esfuerzo de normalización macroeconómica se mezcló mal con la otra gran promesa del macrismo: la restauración del orden público, entendido en sentido amplio. Es decir, desde los piquetes hasta el narcotráfico.

La propuesta del macrismo a esta altura ya es clara y tiene cuatro ejes:

- Normalización macroeconómica y recuperación del crecimiento.

- Restablecimiento del orden.

- Combate a la corrupción.

- Obra pública y modernización vial, energética y del transporte.

El inconveniente surge, por momentos, en la manera en que se combinan los tres primeros postulados y como se articula la política para alcanzarlos. El cuarto punto tiene un consenso social absoluto, luego de la pésima gestión en esa área de Cristina Kirchner.

El ruido de fondo es evidente. Si el combate de la corrupción muta en persecución y encarcelamiento de opositores y deja afuera a oficialistas y empresarios estamos en problemas. Si la búsqueda del orden público da pie o parece habilitar intentos de restringir el derecho a la protesta y hasta el trabajo de la prensa, también.

Macri creció y alcanzó el poder gracias a una exitosa polarización con el kirchnerismo, que barrió a propuestas intermedias. Ese éxito explica en buena medida los aspectos más disfuncionales del modelo en curso.

Así como el macrismo apela a trolls reales y fabricados para intoxicar la discusión en las redes y deslegitimar las críticas, hace un tiempo que empezó a desplegarse un discurso del orden que emparenta cualquier protesta con un intento de sedición. Y de hecho, suelen combinarse ambos dispositivos, que se terminan retroalimentando.

Esta dinámica tóxica alcanzó un pico este jueves gracias al aporte del kirchnerismo que en este mecanismo de construcción simbólica, fue el predecesor ideologizado, más político y menos profesional del macrismo.

Es tan ingenuo ignorar la búsqueda de un marco de desestabilización de algunos dirigentes kirchneristas acorralados por la justicia, como cínico pretender sepultar cualquier expresión de crítica o disconformidad con las medidas del gobierno, mandándola al extremo para que sea carne de trolls.

El amplio despliegue de cuatro fuerzas federales que militarizaron el Congreso, ofreció el marco perfecto para que ambos polos desplegaran su relato: orden o caos, represión o golpe, ajuste o justicia social. El problema es que esta lógica construye una conversación pública muy disfuncional, que escala al extremo de comparar a Macri con la Dictadura y del otro lado, encuentra a destacados líderes de opinión pidiendo la prisión de opositores.

Lo que se extravía en el camino es todo aquello que Macri y su gabinete dice admirar: Un gobierno templado, abierto, moderno y democrático, que entiende que es tan importante garantizar el orden público como evitar los desbordes represivos de las fuerzas de seguridad.

Se puede rastrear en los orígenes porteños del macrismo, en la represión por el desalojo del Borda y la fallida UCEP que buscaba recuperar los espacios públicos intrusados, un ADN de apelación a intervenciones fuertes de la policía. Aquellas experiencias no terminaron bien.

La idea de la imposibilidad de concretar un ajuste sin un mando policial enérgico que se maneje un poco más allá del borde, sugiere cierta pereza o ausencia de músculo político para conducir el conflicto social que genera un proceso de reacomodo macroeconómico. Más sencillo: el fin no justifica los medios. Hay límites que a los argentinos ya les costó demasiado caro reconocer.

© LPO

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