martes, 28 de noviembre de 2017

Pequeñas librerías con sabor a miel

Por Manuel Vicent

Quedan todavía pequeñas librerías como esta en alguna plazoleta de cualquier ciudad perdida. 

El cliente se detiene ante el escaparate donde se exhiben con una exquisita selección las últimas novedades. Novelas, ensayos, viajes, historia, poesía, memorias. 

Si después de recrearse contemplando las portadas el cliente decide entrar en la librería, al abrir la puerta sonará una campanilla y en un ámbito reducido, muy ordenado, lleno de un silencio penetrado por ese ligero sabor a miel que desprenden los libros, descubrirá en un rincón la figura de una mujer, todavía joven, sentada a una mesa iluminada con una luz cálida. Esta librera es española, aunque tiene un diseño aproximadamente anglosajón, con el pelo recogido en la nuca, la blusa de seda y los lentes redondos de aros dorados. Ella sigue trabajando sin molestar al cliente, quien, tal vez, no encuentra el libro que busca. Una breve insinuación bastará para que librera se disponga a ayudarlo. Lo sabe absolutamente todo de ese libro, incluso sabe con todo pormenor de qué trata puesto que incluso lo ha leído. Está descatalogado, pero mañana mismo, si el cliente lo desea, lo tendrá en sus manos.

Una librera como esta y tantas otras por el estilo era mi amiga Pepa Ferrando de Denia antes de que su pequeña librería selecta desapareciera llevada por el vendaval de Amazon y la competencia de los grandes espacios. Cuando desde Madrid le pedía algún libro inencontrable, ella poco después me lo mandaba en una caja donde lo acompañaba con algunas hortalizas del tiempo. En cierta ocasión una rara edición del Libre de les meravelles, de Raimundo Llull, viajó a Madrid en compañía de los primeros espárragos y habas de primavera.

A esta estirpe de mujeres derrotadas, pero imbatibles, dedica Isabel Coixet su última película, La librería, una pequeña obra maestra, realizada con su extraordinario talento, sacada de la novela de la escritora británica Penélope Fitzgerald. También la propia Isabel Coixet pertenece a esta clase de mujeres resistentes, que en este caso lleva varias mochilas a cuestas recibidas por herencia: la de nacer mujer en un país de machistas, la de verse obligada a demostrar cada día que es una buena catalana y la de dar cuenta también de que es una buena española. Que a esta vida no has venido a bailar el mambo si eres niña, lo supo muy pronto Isabel Coixet al tener que afirmar su personalidad frente a los compañeros de colegio que se burlaban de ella, tal vez por llevar gafas o por ser demasiado lista. Esa resistencia hizo de Isabel una mujer fuerte y a la vez insegura. Ser feminista, catalana y española es tan natural como llevar gafas de pasta; a cambio debe soportar, con una mezcla de miedo y desdén, los insultos, el repudio, el odio y la incomprensión con que la obsequian los independentistas fanáticos, mientras otros catalanes en la calle la felicitan y la abrazan. Pese que Isabel se acaba de romper el brazo en una caída en Madrid, no es mujer que dé el brazo a torcer.

¿Quién es esa chica?

A esta triple mochila añade la de ser directora de cine. Pero, ¿quién es esa chica catalana, que, de pronto, rueda en inglés sus películas en Canadá, en Estados Unidos, en Tokio, en una plataforma petrolífera, en el Polo Norte, en Inglaterra y aceptan sus guiones los mejores actores del momento: Tim Robbins, Sarah Polley, Ben Kingsley, Juliette Binoche, Emily Mortimer, Patricia Clarkson? En su última película, La libreríanarra la historia de Florence Green, una joven dulce, tenaz e idealista que decide realizar uno de sus mejores sueños, abandonar Londres y abrir una pequeña librería en un pueblo de la costa británica, una decisión que actuará como un disolvente en aquella sociedad dormida. Después de una lucha heroica contra todos los riesgos y dificultades, que le imponen sus habitantes. Su derrota es la metáfora de un mundo que desaparece. Isabel Coixet demuestra una extraordinaria sensibilidad a la hora de analizar las pasiones complejas, los sentimientos envenenados de los personajes, siempre a una distancia corta e íntima.

Nacida en Sant Adriá de Besós, el 9 de abril de 1960, Isabel Coixet procede de una familia obrera en la que confluían antepasados, algunos franceses, de uno y otro bando de la Guerra Civil, con diversos encastes de inmigrantes, entre los cuales, el que le llega de la rama valenciana ha conformado gran parte de su carácter, inteligente y complicada, libre y obsesiva en el trabajo, con una timidez, que unas veces la paraliza y otras la obliga a montárselo de rara para que la dejen en paz.

Isabel Coixet tiene una casa en la comarca de El Bruch con una pequeña heredad donde cultiva olivos de la clase vera y palomar, que producen unos 300 kilos de aceitunas. Cada año lleva la cosecha a la almazara y regala a los amigos una botella de este aceite catalán y por supuesto universal.

© El País (España)

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