domingo, 19 de noviembre de 2017

La batalla mortífera de los sexos

Por James Neilson

No se le habrá ocurrido nunca al productor hollywoodense Harvey Weinstein que su grosera conducta amatoria tendría un impacto sociopolítico internacional, pero mal que le pese será recordado más por su forma cavernícola de relacionarse con actrices ambiciosas que por películas como Shakespeare enamorado. 

Lo mismo que tantos otros productores, directores y actores célebres a través de los años, Weinstein se creía con derecho a ejercer una versión actualizada del derecho de pernada feudal, pero tuvo la pésima suerte de ser acusado de aprovecharlo justo cuando el feminismo mundial adquiría una masa crítica.

Para quienes están participando de la campaña que se ha desatado no se trata de un intento por obligar a individuos poderosos a ser más caballerosos y corteses; también está bajo ataque la noción anticuada de que los hombres deberían adoptar una actitud protectora hacia los miembros del “sexo débil”.

Una vez roto el silencio cómplice acerca de lo que hasta entonces había sido un secreto a voces en los círculos frecuentados por el jet set con pretensiones culturales, estrellas cinematográficas conocidas como Angelina Jolie y Gwyneth Paltrow afirmaron que ellas también habían sido víctimas inocentes de las atenciones indeseadas de Weinstein, mientras que otras mujeres se pusieron a acusar a más personajes de Hollywood, entre ellos Kevin Stacey, Ben Affleck y Dustin Hoffman, y del mundo político, comenzando con el ex presidente estadounidense George Bush padre, además de periodistas y empresarios, de comportarse como animales en busca de favores sexuales.

El furor provocado por Weinstein y otros personajes norteamericanos no tardó en cruzar el Atlántico; en el Reino Unido, ocasionó un revuelo en el gabinete de la primera ministra Theresa May. Tuvo que renunciar un ministro que confesó haber tocado la rodilla de una mujer joven quince años atrás, mientras que un político laborista galés destacado se quitó la vida luego de ser acusado de protagonizar “una serie de incidentes”. En el resto del planeta, sin excluir la Argentina, también se multiplicaron las denuncias de acoso sexual.

Puesto que en muchos casos no ha sido cuestión de episodios que sucedieron la semana pasada sino –según las mujeres que están haciendo pública su indignación–, hace diez, veinte, treinta o más años, es evidente que la agitación en torno al machismo rampante de tantos varones influyentes refleje un cambio del clima cultural. Parecerá que lo lamentable pero así y todo “normal” ya no es lo que era.

El feminismo o, si se prefiere, la defensa del principio de la igualdad de género, está ganando terreno en todos los ámbitos. ¿Está por iniciarse una época en que hombres y mujeres se respeten mutuamente sin que la pertenencia a un género determinado confiera privilegio alguno? ¿O será que el patriarcado que ha sido virtualmente universal desde la edad neolítica está por verse reemplazado por un matriarcado posmoderno?

Aún no sabemos la respuesta a dicha pregunta, pero no cabe duda de que, en el Occidente por lo menos, los varones están batiéndose en retirada. Los ha perjudicado mucho el progreso tecnológico. Asimismo, en las sociedades actuales, está mal visto el espíritu guerrero que durante milenios motivaba el orgullo de los hombres y, hay que decirlo, de sus madres y hermanas. Tales cambios han sido aprovechados por los resueltos a convencernos de que, en el fondo, no son tan grandes las diferencias entre los cerebros masculinos y femeninos; ningún académico que se precie se animaría a especular en torno a la eventual superioridad como matemáticos de los varones.

Para eliminar los prejuicios que todavía persisten en lugares atrasados, se urge a los fabricantes de juguetes a dejar de confeccionar autos y materia bélica de plástico para los chicos y muñecas para las niñas; de imponerse los criterios así reivindicados, en adelante sólo lo asexual estará permitido en las tiendas. Acaso el único ámbito en que las diferencias seguirán manteniéndose por un rato es el deportivo; ni siquiera los feministas más combativos quisieran abolir las distinciones imperantes en atletismo, ciclismo, tenis, fútbol y otras actividades en que, por desgracia, lo físico es fundamental. Tienen buenos motivos para dejar las cosas como están; en una oportunidad, la campeona de tenis femenino Serena Williams dijo que, frente a Andy Murray, perdería “6-0, 6-0” en “seis minutos, tal vez diez minutos”.

Pues bien, con la ayuda de depredadores sexuales obscenos como Weinstein, fuera del mundillo deportivo los partidarios de la igualdad de género sí están triunfando por un margen similar al previsto por Serena en el caso poco probable que tuviera que competir con Andy en un torneo. Con todo, aunque los defensores del orden tradicional carecen de argumentos éticos para sostener su postura, sabrán que impedir que las mujeres sigan apropiándose de sectores cada vez más amplios del mercado laboral tendría consecuencias sumamente costosas para todas las sociedades modernas y que a esta altura sería peor que inútil procurar expulsarlas de la arena política, podrían plantear un interrogante que incomodaría a los conformes con el rumbo que ha tomado el mundo desarrollado: ¿Es compatible la “liberación femenina” con una tasa de natalidad por encima del 2,1 por mujer, la mínima para que una sociedad se perpetúe?

A juzgar por lo que ha sucedido en buena parte de Europa, América del Norte y el Japón, donde a partir de los años sesenta del siglo pasado la tasa es tan baja que parece poco probable que queden muchos alemanes, rusos, polacos italianos, españoles, griegos y nipones para dar la bienvenida al siglo XXII, no lo es.

Nos guste o no nos guste, la caída precipitada de la tasa de natalidad en los países avanzados es el gran tema de nuestro tiempo; sociedades que, según muchas pautas, son las más exitosas de la historia de nuestra especie, tienen fecha de vencimiento. Están moribundas. Por cierto, no es necesario ser un demógrafo profesional para entender que aquellos pueblos que, por los motivos que fueran, se niegan a procrearse terminarán extinguiéndose. Algunos ya habrán pasado el punto de no retorno: aun cuando se pusieran a reproducirse como conejos –tema este de una campaña publicitaria emprendida por el asustado gobierno polaco–, ya les sería demasiado tarde.

La solución propuesta por la ONU, que consiste en importar desde el Tercer Mundo millones de personas presuntamente más interesadas en tener hijos que los europeos o norteamericanos “blancos”, podría servir para llenar de gente a regiones que de otra manera permanecerían despobladas, pero aunque continuaran llamándose por sus viejos nombres, Alemania, Polonia, Rusia, Italia, España, Grecia y Portugal, para mencionar sólo a algunos lugares que están perdiendo habitantes con rapidez llamativa, habrían dejado de ser los países que conocemos.

¿A qué se debe este fenómeno tan desconcertante? El feminismo militante no será la única causa. Puede que sólo sea un síntoma de un mal que es mucho más profundo. Así y todo, el que los estudiosos coincidan en que el profiláctico más eficaz es la educación de las mujeres, razón por la que varias organizaciones internacionales están impulsándola en países africanos en que la población continúa aumentando a un ritmo decimonónico, hace pensar que el ideal propuesto por los decididos a modificar radicalmente el poder relativo de los dos géneros tradicionales –Alemania acaba de agregar un tercero–, acarrea ciertas desventajas. Después de todo, la conquista de la igualdad por las mujeres no valdría mucho si las sociedades en que viven están condenadas a morir dentro de dos o tres más generaciones.

Si bien es legítimo suponer que el feminismo ha hecho un aporte al desastre demográfico que amenaza el futuro próximo de muchos países occidentales, también ha hecho lo suyo el economicismo tanto de los defensores del capitalismo liberal como de sus archienemigos marxistas. En los países más ricos, los ingresos de los varones raramente son suficientes como para garantizar que una familia disfrute del nivel de vida considerado aceptable.

De más está decir que el modelo así supuesto ya está sufriendo graves problemas al reducirse la proporción de trabajadores activos e incrementarse la de los jubilados. Por razones políticas, reformar los sistemas previsionales no es fácil, pero si los gobiernos no logran hacerlo a tiempo, la realidad, que como sabemos suele operar de manera despiadada, se encargará de la tarea.

Quienes mejor comprenden lo que está ocurriendo en Europa son, cuando no, los que sueñan con ocupar territorios que pronto quedarán vacíos. Aunque las declaraciones en tal sentido de islamistas sólo motivan incredulidad entre occidentales que confían en que su propio poderío militar, económico e incluso cultural seguirá siendo mil veces mayor que aquel de quienes los están desafiando, acaso les convendría tomarlas en serio. En términos darwinianos, por decirlo así, el “modelo” islamista, en el que la mujer se ve firmemente subordinada al hombre, podría resultar ser más duradero que el basado en la democracia liberal o el socialismo materialista al cual tantos se han acostumbrado. En tal caso, estaría en condiciones de heredar la tierra.

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