domingo, 19 de noviembre de 2017

Progres de realidad paralela y tiernos progres de diván

Por Jorge Fernández Díaz
Macri lanzó una mirada azul e irónica sobre aquel cacique sindical, y todos esperaron entonces que profiriera una de esas chanzas mordaces con que habitualmente aguijonea a sus rivales futbolísticos. Pero esta vez no se trataba de fútbol: "De acuerdo, no vamos a impulsar una reforma laboral tan dura como la brasileña -le dijo, ante los ojos atentos de todos-. Pero si los inversores prefieren a Brasil y no a la Argentina, la culpa la vas a tener vos y vamos a estar obligados a sentarnos otra vez y a discutir cómo miércoles generamos laburo".

Ese día comenzó a definirse el futuro acuerdo gremial; los caciques se sentían aliviados. La pregunta, sin embargo, sigue siendo pertinente: ¿cuál de esas dos partes en pugna era más progresista? Pongamos un contexto: este modesto dilema ideológico se plantea en un país estancado que quiere ingresar mágicamente en la era global de la posindustrialización, la ultratecnología y la sociedad del conocimiento, pero sin renunciar a las reglas modélicas de los tiempos del Duce. Como si un paisano pretendiera entrar en la era espacial con un jeep de rezago de la Guerra Civil Española. En un mundo donde el trabajo está amenazado, progresista no es quien defiende el statu quo, sino quien lo rompe para crear empleo. Me refiero a empleo justo, legal y sustentable, y no a tareas negras ni negreras, ni al facilismo de la aspiradora pública, que luego la Nación no puede financiar.

El asunto se conecta secretamente con otras voces, otros ámbitos. Narra un amigo que debe manejarse en puntas de pie para no agitar la grieta cada vez que se reúne con familiares queridos en el conurbano. Hace dos domingos se sorprendió al descubrir que esa eterna calle de tierra estaba asfaltada, y no pudo con su genio: "Veo que por primera vez tus impuestos rinden frutos". El hermano kirchnerista miró por la ventana y le respondió: "El intendente es del palo". Pero lleva años y años de gestión: ¿justo ahora te asfaltan la calle?, pensó retrucarle; se mordió los labios: al kirchnerista lo asiste el derecho inalienable de la realidad paralela, y si acaso existe un milagro se debe a la benevolencia de algún "compañero", nunca a una acción pactada con la gobernación o con Balcarce 50. A esto se une el desprecio que el progre urbano siente por la infraestructura y los créditos hipotecarios, que como todo el mundo sabe son martingalas de la derecha. "Bueno, estoy con el kirchnerismo porque quiero votar con los pobres", dicen acorralados en mi barrio. No obstante, los estudios del voto demuestran que millones de "descamisados" les pusieron la boleta a otros partidos, tal vez porque al proletariado verdadero sí le interesan esas cloacas que menosprecian los tilingos de Peronismo Hollywood. "No importa, me mantengo en esa posición porque siempre fui antiimperialista", aducen los simpatizantes del "socialismo nacional" mirando hacia Washington. Parecen no haberse anoticiado de que por primera vez en los últimos quinientos años el gran poder abandona el peñón occidental para establecerse en Oriente. Y que el exangüe "socialismo del siglo XXI" no ha hecho más que cambiar de patrón: olvidando la consigna "liberación o dependencia", el chavismo ahora depende descarada y desesperadamente de la Rusia imperial de Putin y del Partido Comunista Chino. El ombliguismo argento no registra este contradictorio y dramático reseteo de la mundialización. "En la región, todavía no sabemos cómo hablar de China", se angustia Ricardo Lagos. Quienes siguen hablando hoy en día de "coloniaje" en relación con la Casa Blanca suenan más viejos que la revolución sandinista. Proteccionismo y apertura no son ya remedios absolutos, sino matizados, híbridos y mutantes. El sociólogo alemán Ulrich Beck asegura que el pasado se caracterizaba por la férrea dialéctica de "esto o aquello", y que el presente se singulariza por amalgamar y combinar ideas polarizadas y contradictorias. La nueva lógica es "esto y aquello", según cuándo y cómo conviene. No está garantizado, por supuesto, que Cambiemos lea bien estos nuevos vientos de la historia universal; mucho menos que consiga subirnos al tren y no descarrile, pero está probado al menos que el populismo nos lleva al atraso y que las supercherías progres se han vuelto retro. Macri debería entender, al mismo tiempo, que ningún gran país se hizo grande sin una pizca de nacionalismo sano y sin una saludable propensión a la igualdad social.

El gen progresista es aquí transversal y reconoce al menos tres formatos. A un lado y a otro de la fractura exacerbada por los discípulos de Laclau, hay gente de "centroizquierda" en el cristinismo y también en Cambiemos, donde históricos alfonsinistas y socialdemócratas modernos y sin partido acompañan su entente. Pero también hay un progresismo independiente e inarticulado que marcha por el medio, y que bascula con opiniones inestables en relación con las pugnas clásicas. Esas almas bellas suelen ser genuinamente antimacristas, y eso las une de manera intermitente con las ocurrencias victimizadoras del kirchnerismo, a pesar de que los mandarines de la "década ganada" las hostigaron desde el Gobierno y les trabajaron la moral de manera cruel: gorilas, vendidos a la oligarquía, funcionales al sistema. Las almas bellas lucen culposas, y a veces caen en prejuicios de brocha gorda y en un cierto fetichismo lombrosiano: un hombre de negocios les parece a simple vista la encarnación de Lucifer, no reconocen los avances igualitarios del Estado de bienestar capitalista (salvo cuando viajan a Europa para pasear) y las empresas son siempre sospechosas y les producen urticaria (salvo las que pagan sus sueldos). Las neurociencias y el psicoanálisis explican muy bien esta clase de emocionalidad inconsciente; también la necesidad de comprar causas obvias que los acrediten como integrantes del bien y oponentes del mal, aunque a la vez lo suficientemente etéreas como para permitirles retroceder con rapidez a posiciones cómodas y prescindentes, e incluso en algunos casos a elevarse como el fiel de la balanza y el árbitro del partido. Curiosamente, ciertas "almas" sienten culpa de simpatizar de pronto con alguna idea del demonio, se horrorizan de sí mismos y son reactivas, como esa persona que se siente atraída por alguien de su mismo sexo y para calmar su espanto se vuelve homofóbica. Esta carne de diván suele ser, en consecuencia, proclive al relato psicopático que los kirchneristas logran instalar. El asunto no tiene mayor relevancia electoral, aunque Luis Alberto Romero advierte que esos mecanismos manipulativos y esas solidaridades automáticas van creando un "sentido común dominante". Los casos de Milagro Sala y de Santiago Maldonado son ejemplos de cómo operaciones falsarias del cristinismo, con la inestimable ayuda de algunas organizaciones humanitarias internacionales porosas a lobbistas partidarios, resultaron persuasivas para los segmentos más blandos del progresismo, que compraron las mentiras y hasta se embanderaron con ellas: el primero produjo una crisis hacia afuera y el segundo una crisis política hacia adentro. El progresismo nacional y también el más cosmopolita no son ajenos a estas peligrosas campañas de argumentación. Ese colectivo debería revisar todos y cada uno de los preceptos sacrosantos con que fueron tiernamente criados. Puesto que antes no es ahora, y que muchas categorías tradicionales se volvieron anacronismos risibles. El más progresista de los sentidos críticos debería empezar por casa.

© La Nación

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