viernes, 10 de noviembre de 2017

De la Casa Rosada al Congreso, un viejo hábito argentino

Por Giselle Rumeau
Le propongo tomarse un minuto y dejarse llevar por la magia del juego: ¿se imagina a Cristina Kirchner disertando por el mundo sobre los principios republicanos y la calidad institucional como lo hace el ex presidente de los Estados Unidos Barack Obama? ¿O a Carlos Menem como miembro de La Fundación Círculo de Montevideo, creada en 1996 por el ex presidente del Uruguay, Julio María Sanguinetti, e integrada por Fernando Henrique Cardoso (ex presidente de Brasil), Felipe González (de España), Ricardo Lagos (de Chile), Álvaro Uribe (de Colombia) y Ernesto Zedillo (de México)?

 ¿Puede ver a Fernando de la Rúa relatando en congresos internacionales su experiencia y salida anticipada del poder? Es probable que no lo logre ni en sueños. Sea por ineptitud o por corrupción, casi ninguno de los ex presidentes con vida en la Argentina son ejemplo de nada. Aún así, lejos de jubilarse y dejarle lugar a lo nuevo, siguen ligados de alguna forma u otra a la vida política, prendidos a cargos del Estado como garrapata.

Se sabe: los ex mandatarios suelen resistirse al olvido, a quedarse en el llano para siempre. Desde el retorno de la democracia, todos ellos continuaron con su vida política, a excepción de Fernando de la Rúa, que tras el escarnio público, se fue a su casa. Eduardo Duhalde intentó volver por más al presentarse en los comicios presidenciales de 2011, pero apenas obtuvo un magro 5,8% de los votos. El resto, Raul Alfonsín, Carlos Menem, Adolfo Rodriguez Saá, Néstor Kirchner y ahora, Cristina Fernández, se conformaron con una banca en el Congreso.

Lo peor es que no es un mal característico de estos tiempos. Se trata, en verdad, de un viejo defecto argentino que ya forma parte de nuestra idiosincrasia. En su libro Mirá vos, el abogado constitucionalista Félix Lonigro recuerda que el 45% de los 33 presidentes constitucionales ejercieron cargos públicos tras haber llegado al sillón mayor. Sólo 14 se retiraron, entre ellos, Julio A. Roca, Hipólito Yrigoyen, Marcelo T. de Alvear, Arturo Frondizi y Arturo Illia.

¿Por qué alguien que logró colmar la máxima aspiración política pretende luego convertirse en diputado, en senador o en ministro? "La Constitución Nacional asigna a los presidentes la posibilidad de repetir la experiencia cuantas veces quieran. La única limitación es que no se pueden ejercer tres mandatos seguidos. Esto ayuda a que ningún ex mandatario tome la decisión de retirarse definitivamente", explica Lonigro.

Hay quien argumentará que no sabe hacer otra cosa, que su vocación política es inmensa y que aún se siente "útil a la Patria". Otros, aunque jamás lo reconozcan en voz alta, sólo tendrán como único objetivo hacerse de fueros parlamentarios. Si uno piensa en las cinco causas en la que se encuentra inmersa -varias de ellas por enriquecimiento ilícito- es fácil creer que la candidatura de Cristina Kirchner buscó esa inmunidad para evitar la prisión.

Aunque el sistema judicial recursivo que estira eternamente el proceso penal la ayuda más que los fueros. Le pasa también a Menem, quien en 2013 -dieciocho años después de cometido el delito- recibió una condena de siete años de prisión por el tráfico ilegal de armas a Ecuador y Croacia ocurrido durante su gobierno, que aún no tiene sentencia firme. Cuando la Corte Suprema se expida, los fueros evitarían que vaya preso salvo que la Cámara Alta proceda a quitarle esa inmunidad de arresto.

Pero no todos los casos de ambición eterna se explican por la búsqueda de fueros. Incluso el más honesto de todos, Raúl Alfonsín, no pudo resistirse a la embriaguez de la vida pública, pese a no necesitar esa inmunidad parlamentaria. Cuando asumió comos senador por la provincia de Buenos Aires en 2001, renunció a la remuneración que le correspondía porque ya recibía la pensión como ex jefe de Estado. Monto que en la actualidad ronda los $ 180.000.

A esta altura del relato, algo es claro: cualquier ser inteligente que habite la tierra aspira al poder. El problema es que el poder genera siempre adicción, más allá de la forma en que cada uno lo exprese. Según repiten los psicólogos, este trastorno suele darse en aquellos líderes que se valoran por encima de los demás y tienen un comportamiento prepotente y arrogante, con una gran dosis de narcisismo, megalomanía y paranoia, por lo que ven enemigos en todas lados. Al ex presidente o presidenta que le quepa el sayo, que se lo ponga.

Mal de muchos

No es un consuelo pero el deseo reeleccionista existe en casi todos los presidentes de los países latinoamericanos. Incluso se concreta en aquellos en donde no estaban acostumbrados a los retornos, como Uruguay y Chile y los nuevos mandatos de Tabaré Vázquez y Michelle Bachelet, respectivamente. En los países parlamentarios también es común que los primeros ministros se mantengan activos. Pero este fenómeno no sucede en los Estados Unidos ni en México. ¿Qué hicieron allí para limitar esa ambición?

"En ambos países se creó una tradición que prohíbe la participación en política de ex mandatarios. No podrían hacerlo porque está mal visto. Hay una suerte de norma no escrita por la que se convierten en una institución pública y no tiene que hacer otra cosas que trabajar de ex presidentes, porque integran consejos de asesores y forman parte del ceremonial de Presidencia como invitados de los actos en primera fila", explica el politólogo Julio Burdman.

En los Estados Unidos, ser ex tiene sus beneficios. Los jefes de Estado salientes reciben desde hace varios años una pensión vitalicia superior a los u$s 200.000 anuales. Y a esto se suma la facturación millonaria por los libros de memorias y discursos en los que cuentan su pasado como líderes de la potencia del Norte.

No es todo. Según Burdman, para poder retirar a un ex presidente de la vida política, "se necesitan algunos aspectos culturales y un marco de contención y respeto, del que estamos muy lejos". "Zedillo se fue a la Universidad de Columbia pero es habitual en ese país que se le den cargos en la vida académica. Varios de ellos fueron presidentes del Fondo de Cultura Económica. Y en algunos países de Europa, como España y Alemania, es común que las empresas les ofrezcan integrar sus directorios", resalta el politólogo.

Son pocos los caminos. En la Argentina habría que limitar la ambición reeleccionista y los cargos públicos para quien alcanzó el máximo poder con una reforma de la Constitución Nacional, algo improbable en estos tiempos. O -como sucede en los Estados Unidos- lograr un cambio cultural y que la opinión pública modifique ese hábito insano. No sería tan descabellado. Hasta hace 40 años, gran parte de los argentinos salían a golpear la puerta de los cuarteles cuando un gobierno le resultaba intolerable. A nadie se le ocurría hoy pedir por una dictadura militar, por más crisis económica que se padezca. En los últimos años, la democracia adquirió un valor fundamental entre los ciudadanos. Quizá también algún día, la corrupción y el intento hegemónico de querer perpetuarse eternamente en el poder -en el cargo público que fuera- sea mal visto por todos.

© El Cronista

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