domingo, 29 de octubre de 2017

La extraña fascinación por la palabra "dictadura"


Por Ernesto Tenembaum

Hace una semana exactamente se realizaron elecciones libres en la Argentina. A las once de la noche se conocían todos los resultados. Fueron tan limpios que, media hora después, todos los derrotados habían reconocido, con mayor o menor hidalguía, a los vencedores. 

Es la decimoctava vez que ocurre eso de manera ininterrumpida. Unos días después, la presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo. Estela de Carlotto, anunció al mundo la aparición del nieto 125. Ese milagro se produjo, entre otras razones, porque el Estado cuenta con el trabajo de una repartición presidida por la hija de Estela. El acto donde, a la vez, se difundió la buena nueva y se celebró el 40 aniversario de Abuelas, se realizó en un Centro Cultural que pertenece al Estado argentino y que lleva el nombre de un ex presidente, cuyo apellido es el mismo de la principal líder opositora.

Pese a esas evidencias de que se vive en una democracia estable, en la Argentina existe una extraña fascinación por mantener con poder a la palabra "dictadura", como si esta aun tuviera vida propia. Durante los ocho años que duró su mandato, muchas personas inteligentes sostuvieron que Cristina Kirchner iba camino a conformar una dictadura, que cambiaría el régimen político para quedarse para siempre, que jamás entregaría el poder, o que, en todo caso, dejaría células dormidas de La Cámpora en todos los ministerios, para que le estallaran al actual Gobierno. Desde el 10 de diciembre del 2015, la fascinación por la palabra "dictadura", cambió de bando. La expresión más gráfica de eso es el cantito "Macri, basura, vos sos la dictadura". Pero se ramifica hacia los cuatro puntos cardinales: Macri es revanchista como la Revolución Libertadora, arma listas como la triple A, quiere desaparecer personas, ya tiene un desaparecido, denuncia una campaña antiargentina como la dictadura y variantes infinitas de esa melodía.

Se trata de un fenómeno muy curioso de la psicología social, al menos por la manera en que perdura en el tiempo, por el fervor con que se defiende esa percepción, por la agresividad con la que responden los partidarios de esa idea ante la aparición de cualquiera que la discuta. Se sabe que los traumas dejan un efecto que sobrevive al episodio que los desencadena. Derrotada en casi todos los otros aspectos, la dictadura militar ha logrado triunfar al menos en uno: nos sigue pesando en el alma, se corporiza aun como una amenaza real cuando todas las evidencias indican que ya no lo es.

La realización de elecciones libres y limpias no son la única señal de estabilidad democrática. En la Argentina no ha caído un Gobierno como en Brasil, ni se ha eliminado el Parlamento luego de un baño de sangre como en Venezuela, ni siquiera ha renunciado un vicepresidente como en el estable Uruguay. No hay problemas de integridad territorial como en España ni surgen presidentes enfermizos como en los Estados Unidos. Pese a la horrible relación entre el actual presidente y su antecesora, que se expresó en la negativa de esta a entregar el bastón presidencial o en la incapacidad de ambos de entablar un diálogo razonable, lo cierto es que la transición del período kirchnerista al macrista se realizó con una elegancia de democracia avanzada.

La aparición del nieto 125 es otro símbolo de la potencia democrática. La recuperación de los niños desaparecidos fue una política de estado que sobrevivió a todos los cambios de Gobierno: hasta Carlos Menem la respetó puntillosamente. Pero además se inscribe en un milagro mayor. La Argentina es el único país que, en la historia, salió de una durísima represión ilegal y logró condenar a la mayoría de los represores, sin necesidad de disparar un solo tiro. Ese logro social continúa hoy, durante la presidencia de un hombre que tal vez no entiende demasiado ese proceso, pero lo respeta. Y se desarrolló fuertemente en la presidencia de otro que lo descubrió apenas llegó al poder. Cuando la Corte actual aprobó un fallo que podría haber destruido ese logro, la reacción social fue de tal magnitud, que debió retroceder.

Si se mira con perspectiva, si se compara con lo que ocurre en otros países o con lo que sucedió en el resto de la historia local, los logros de la democracia argentina son abrumadores. Por eso es tan llamativo que algunos sectores políticos y sociales muy influyentes sigan hablando de la dictadura como de una posibilidad real, contra todo principio de realidad, contra toda evidencia, como el esa palabra cumpliera algún extraño papel en la psicología de las personas que la necesitan, permanentemente, como referencia, que no logran evitar su influjo.

La democracia argentina ha pasado varias pruebas. La más complicada, posiblemente, haya sido la del bienio 2001-2002. En cualquier otra crisis económica y política de esa magnitud los militares hubieran tomado el poder sin problemas y con un alto apoyo de la sociedad. Luego de la caída de Fernando de la Rúa, sin embargo, no hubo ni siquiera un intento golpista. Ello, en gran parte, porque los militares habían sido desplazados de su rol político, algo que no ocurría desde 1810, cuando se creó el primer gobierno patrio.

En estos momentos, conduce el país un gobierno de signo inverso al anterior. Sin embargo, existe continuidad al menos en dos áreas centrales: la magnitud de la asistencia a los más pobres -para ser justos, la inversión social ha aumentado incluso respecto de los altos parámetros de la herencia recibida- y la política de verdad y justicia, que mantiene a cientos de represores detenidos.

La democracia está tan establecida, y el respeto a los derechos humanos es un asunto tan sensible, que la sospecha de que las fuerzas de seguridad han producido la desaparición de una persona genera un escándalo que dura meses y meses, y el Estado se ve obligado a dar una respuesta convincente o a llevar una marca indeleble. Hubo y hay problemas para ejercer la libertad de prensa -siempre existen esos límites- pero los periodistas no son detenidos, ni golpeados, ni perseguidos, casi no son demandados y el Estado no interviene medios de comunicación. Salvo grupos aislados e irrelevantes, nadie intenta derrocar gobiernos por la fuerza. Y el deseo de que el presidente de signo contrario caiga en medio de una crisis ha sido defraudado sistemáticamente desde el 2001.

La democracia argentina, además, ha consolidado derechos para las minorías sexuales, que la ubican entre las más progresistas del mundo, y todo eso sin violencia.
Por todo eso, cada elección tiene ganadores y perdedores, pero -al mismo tiempo- es una ceremonia silenciosa de homenaje a la libertad y la tolerancia que construyeron varias generaciones.

Ni Cristina fue una dictadora, ni Macri es un dictador. El 10 de diciembre de 2015 no terminó una dictadura, pero tampoco empezó otra.

Parece una obviedad.

Justamente, por ese contexto virtuoso, es especialmente curioso que mucha gente sufra tanto ante la extraña percepción de que viven bajo la dictadura macrista o de que puede volver la dictadura kirchnerista, de que el gobierno es (o era) una dictadura o de que las fuerzas que la desafían son (o eran) golpistas.

En "Solos en la Madrugada", la gran película de la transición española, un conmovedor José Sacristán sostenía: "No nos podemos pasar cuarenta años hablando de los cuarenta años".

En la Argentina, el trauma no ha sido superado 35 años después. Resolver un trauma de esa magnitud siempre es difícil. Pero, en cualquier caso, quedar atrapado en él constituye una derrota. Gracias a él, la dictadura ha logrado sobrevivir en el último refugio que encontró: nosotros mismos.

Los problemas de la democracia existen, pero son eso: problemas de una democracia. Enfocarlos de esa manera tal vez permita resolverlos mejor. Imaginar que el adversario político es eso, y no un golpista o un dictador, tal vez permita encontrar puntos de consenso. Pero, muchas veces, el peso de aquel pasado ominoso destruye esas posibilidades.

La dictadura, por suerte, y hace ya mucho tiempo, fue derrotada. Tal vez sea hora de que convocar ese fantasma deje de ser tan recurrente.

© Infobae


José Sacristán: "No nos podemos pasar cuarenta años hablando de los cuarenta años".

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