martes, 29 de agosto de 2017

La posverdad contamina

Por Pablo Mendelevich
Es como si le hubieran pedido a Cristina Kirchner que dé cátedra sobre la posverdad, que haga demostraciones para que se pueda entender ese fenómeno. El magisterio la entusiasma.

Quienes quieran saber qué tan vil, corrosiva, absurda es la posverdad, naturalización de la mentira que fluye por infinitos canales digitales irrigados por prejuicios colectivos, no tienen más que escuchar ésta.

Ella dice que se le estrujó el corazón después de haber leído en La Nación un reportaje a los padres de Santiago Maldonado: "Cuando leí que el padre de Santiago no quería ver la cara de su hijo en una bandera, me acordé de miles de rostros y entendí profundamente la desesperación de esa familia".

¿Miles de rostros? ¿Está diciendo que Maldonado es el desaparecido 30.001? ¿Que a Maldonado lo hizo desaparecer Macri? No lo dice, lo sugiere. El disparate crudo, tosco, no sale de su entrenada boca. De eso se ocupan los militantes, los "soldados para la liberación", que tras un movimiento imperceptible de la batuta entonarán la equiparación de Macri con "la dictadura". Cristina sólo habla de cómo se emociona anoticiándose en este diario del dolor de los padres de un desaparecido.

Acá hay que pellizcarse. Nadie le pedirá que explique cómo puede ser que los "diarios hegemónicos", que según ella lavaron la cabeza de la gente y encumbraron a Macri, ahora, llegada la tragedia, la informan y la estrujan. Nadie le pedirá que aclare eso ni ninguna otra cosa porque, todo el mundo lo sabe, no lo hará. Practica desde hace años la comunicación unidireccional. Sólo dialoga con su eco. Con el que tampoco le interesa demasiado estar siempre de acuerdo. La posverdad no va a la razón, sino a la emoción.

De igual modo, la candidata a senadora viene de sugerir que en las PASO fue víctima de un fraude organizado por Macri. No dijo fraude ni dijo Macri, sólo mezcló festejo con recuento y conectó el manejo comunicacional del escrutinio provisorio con la Década Infame, elaboración en la que se grabó con Agustín Rossi como actor de reparto.

Es la unidireccionalidad del discurso lo que cimenta el extremo de que una ex presidenta que ahora mismo tiene a su jefe del Ejército preso bajo el cargo de haber integrado un grupo de tareas durante la dictadura no diga una sola palabra sobre eso, no mencione jamás al general a quien ella no sólo le confió el Ejército, sino también el manejo de la inteligencia argentina. En cambio, pretende convertir la desaparición de Maldonado en una verificación de sus consignas antidemocráticas. Menea a Videla y se saltea a su Milani.

No es una novedad que Cristina use un drama para hacer política o calle otros dramas -según su evaluación utilitaria- en los que debió haber aparecido y prefirió esconderse. Lo hizo siempre. En el caso de Nisman habló de más, hasta despachó en 48 horas y sin pudor hipótesis contrapuestas con parejo énfasis. En el de Once se guardó cobardemente. Pero lo de estrujarse, quién sabe por qué, no le había ocurrido con los desaparecidos de cuando estaba en el poder (además de Julio López, Iván Torres Millacura, caso sucedido en la Patagonia en 2003, que acaba de recordar Fernando González en Clarín).

Como opositora ella nunca le hizo asco a nada. Probó con instalar los peores fantasmas sociales, trabajó sin descanso la idea de los despidos masivos, el hambre generalizada, la indigencia expandida. Tremendismo, en fin, que por lo menos en las PASO no rindió los frutos esperados. Lo que no significa que el número de fieles no siga siendo considerable. Un núcleo con poca propensión a discutir ideas y razones.

Con muchos de ellos como engranajes de las redes sociales y miles de personas sensibilizadas de buena fe por el trauma histórico de las desapariciones, Cristina consiguió liderar el fin de semana la contaminación política del caso Maldonado. Una bajeza a la que se pretende sustentar en la aseveración de que la Gendarmería llevó adelante el secuestro. Aseveración no probada, como tampoco está probado lo contrario.

La trampa dialéctica no pasa por consagrar la participación delictiva de miembros de la Gendarmería -que no debe descartarse-, sino por hacer responsable de una "desaparición planificada" al gobierno nacional, por insinuar la continuidad de la represión ilegal. Es penoso que la reciente exoneración de Miguel Etchecolatz en la policía bonaerense, vergonzosamente tardía, no haya puesto sobre la mesa el tema de los derechos humanos y la eficacia de la causa.

© La Nación

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