lunes, 28 de agosto de 2017

Jeanne

Jeanne Moreau
Por Isabel Coixet (*)

La primera vez que vi a Jeanne Moreau en una pantalla fue en Jules et Jim. Hay un momento, al principio de la película, cuando Catherine, su personaje, es seguida por los dos amigos durante un paseo y repentinamente se gira hacia ellos y les dice: «Ustedes son dos idiotas». 

El rostro completamente serio de Catherine y su risa posterior se me quedaron grabados, así como el momento de la carrera cuando ella se pinta un bigote y les desafía a ambos a correr en un puente. Creo que en ese momento me pareció la mujer más fascinante del mundo: una mezcla única de inteligencia, madurez, tormento, inocencia, morbo y todos los je-ne-sais-quoi que hacían de ella una actriz singular, por encima de modas y por encima del tiempo.

En los años posteriores, busqué sus películas, buenas, malas, geniales, mediocres, con avidez. Bastaba su presencia para iluminar la pantalla, su rostro contaba una historia que transcurría paralela a la historia de la película, distanciándose, alimentándola. La noche, de Michelangelo Antonioni, enfrentada a un Marcello Mastroianni con aspecto de tenerle miedo. Las tres películas que hizo con Orson Welles, un director que intentó seducirla sin éxito y que supo sacar su parte vitalista y alegre en Falstaff y su parte tenebrosa en El proceso. Ascensor para el cadalso y Les amants, con Louis Malle, con el que tuvo una relación y que dijo de ella «que abandonaba a los hombres en la cuneta». Nathalie Granger, con Gérard Depardieu, dirigidos por Marguerite Duras. El diario de una camarera, dirigida por Luis Buñuel. Jeanne Moreau se codeó con las mentes más estimulantes del último siglo: Jean Cocteau, Jean Genet, Marguerite Duras, Blaise Cendrars, Henry Miller, Tennessee Williams, André Gide… y sedujo hasta el final de sus días a todo el que se le puso por delante. La vi en el teatro una sola vez en La celestina y todavía recuerdo la parsimonia con la que contaba las migas de la mesa, mientras recordaba el pasado: ella, para la que el pasado siempre estaba presente.

Tuve la enorme suerte de conocerla en persona, con motivo del Festival de San Sebastián en el que fui parte del jurado del que ella era la presidenta. He leído estos últimos días comentarios completamente falsos de su tiempo en Donosti y no perderé el tiempo respondiendo. Lo que sí quiero dejar claro es que a los 80 años, cuando la conocí, Jeanne Moreau poseía una inteligencia, un sentido del humor y una vitalidad que para sí quisiera mucha gente de treinta y que los diez días que pasé viéndola a diario, compartiendo cenas, películas, paseos, visitas, fueron una auténtica delicia y una lección de vida. En dos minutos, consiguió que olvidara el mito y que me sintiera cómoda a su lado. Era cariñosa, atenta, asombrosamente inteligente en sus juicios sobre el cine, contradictoria, cercana. Y sí, a veces se enfadaba como una niña de siete años, y sí, quería salirse siempre con la suya, ¿y qué? Estar a su lado era vivir un pedazo de la historia del cine contado por alguien que había formado parte de ella y que no estaba de vuelta de todo porque la cabeza de Jeanne siempre estaba abierta a propuestas, proyectos, ideas. Esos días me proporcionaron su amistad y la de su agente, Yoann de Birague, que se convirtió en el mío.

Nunca olvidaré una noche, en la que me dijo que, por favor, escribiera un papel para ella y para Bruno Ganz, a lo que yo dije que sí, que por supuesto. No lo hice. Aún no sé por qué. Y lo lamentaré para siempre.

(*) Directora de cine, guionista, traductora y escritora española

© XL Semanal

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