sábado, 5 de agosto de 2017

Donald Trump, la política como instinto básico

Por Manuel Vicent
Simplemente, sucede que Donald Trump es un incompetente porque desconoce el mecanismo más elemental de la política y se ve obligado a ejercerla como una emoción primaria y expeditiva. No es un profesional, no sabe el oficio. En sus manos el Gobierno de Estados Unidos se ha convertido en un deporte de alto riesgo, en una especie de barranquismo dentro de la Casa Blanca, que tiene al mundo en vilo.

En los mítines como candidato, Trump a veces se parecía a uno de esos músicos tronados de la banda del empastre, que toca el violín con un serrucho y se hace un lío con las partituras, su público le aplaude y él saluda satisfecho de sus propias gansadas. La mayoría se lo tomó a broma, pero el destino del planeta está hoy a merced del capricho de este emperador de cómic, descerebrado.

Donald Trump cree que para tener autoridad hay que estar cabreado y como un bebé furioso, al que le han arrebatado el chupete, desarrolla su mando mediante un código de señales muy físicas que emite su corpachón agitado por un viento interior. Todo en este político es de primera mano, imprevisible y gestual. De hecho, antes de firmar un decreto puede aporrearse el pecho como cualquier espalda plateada para excitar el timo, esa glándula del valor aposentada detrás del esternón, que compartimos con los simios superiores. Y después, para demostrar que ha salido con la suya, suele levantar la mandíbula, apretar el morro y exhibir el documento con su rúbrica en un alarde retador entre infantil y macarra. Finalmente puede dar la mano, pero nunca franca y amigable, más bien arrebata la del contrario, tira de ella para apoderarse del cuerpo entero al que puede retener o desechar a su antojo.

Lo verás bajar del avión presidencial golpeando el aire con el puño rosado del que emerge el pulgar inhiesto como cola de alacrán, o formando con los dedos la uve de la victoria sin venir a cuento o pinzando el pulgar con el índice como la mano de un pantocrátor cuando emite una amenaza o advertencia detrás de un atril. Son gestos autoritarios que solo indican duda e inseguridad del terreno que pisa.

Hartos de votar a presidentes unívocos, profesionales de la política, siempre troquelados por el establishment al servicio del sistema, los electores de una clase media norteamericana hundida por la crisis trataron de probar con algo nuevo, imprevisible y vengador; de ese voto desesperado, colérico y gamberro ha salido este extraño ser de color calabaza, porque la democracia tiene estas cosas, la grandeza del ideal colectivo lleva la consiguiente carga de estiércol ciudadano, que puede originar un monstruo cuando fermenta.

Bajo su propio volcán, Trump cada día a la hora del desayuno, al pie de unos huevos rancheros o de los suyos propiamente dichos, suele emitir un pensamiento balístico de 140 caracteres, que pone su propia política patas arriba cada mañana. Dimite otro jefe de Gabinete, huye de su lado otro secretario, aplasta al fiscal general, reta o insulta a cualquier mandatario extranjero, nombra consejero a un compinche y a continuación lo desescombra, amenaza a la prensa, se pasa por el forro al director del FBI, babea dulzón ante Putin, quien tal vez le tiene cogido por los compañones y es que la corona de Trump es el caos, debido a que no sabe el oficio y carece de estructura interior; de hecho lo que parece su espina dorsal no es más que su corbata.

Así cabalga este jinete. Al galope atraviesa Trump descerrajado el viejo esplendor de la primera potencia del mundo, acuciado por el miedo y la paranoia. ¿Qué es sino miedo encerrar a su país detrás de un muro, de un férreo control de pasaportes, de la barrera del odio racista? Entre los cientos de miles de cerebros extraordinarios que pueblan una nación grande y poderosa como Norteamérica, he aquí que ha salido de las urnas el cerebro de un millonario atrabiliario e ignorante, que solo ha sabido forrarse. Dejar la historia a expensas del instinto básico de Donald Trump puede ser una forma de no aburrirse, pero no es agradable despertarse una mañana y comprobar que todos los ideales de Occidente los ha arrojado un patán al fondo del barranco.

© El País (España)

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