jueves, 6 de julio de 2017

La campaña que supimos conseguir


Por Nicolás Lucca
(Relato del Presente)

En materia electoral hace años que se escucha “ya no se votan ideas, se votan personas”. Uno se pregunta cuándo fue que eso funcionó de otra forma: Argentina fue, es y será el país del personalismo, en el que se vota y se deja de votar por impresiones personales, por sentimientos y por pasiones.

Para dimensionar este concepto, bastan treinta segundos de explicación de por qué se votó a determinado candidato, pero en tiempos en los que la relación interpersonal se maneja de manera neoepistolar digital, alcanza con leer los argumentos electorales de campaña en redes sociales.

El gobierno nacional ha centrado su política de comunicación en dos pilares. El primero de ellos, es la campaña “Haciendo lo que hay que hacer”. Más allá del desprecio personal que me genera el abuso de gerundios en campañas políticas, la apuesta es sencilla y demuestra lo baja que dejó la vara el kirchnerismo: con hacer lo que hay que hacer, debería parecernos un lograzo digno de agradecimiento. Si es lo que hay que hacer, es una obligación. Y eso lo entiende la RAE y el mismo gobierno. Sin embargo, algo falla en nuestra idiosincrasia y hablamos de heroicidad ante hechos comunes y normales.

La construcción de aliviadores pluviales para paliar inundaciones está determinada por factores climáticos. La reparación de calzada de rutas se prevé con el estudio de circulación: a más autos y camiones, mayor cantidad de daños. El mismo cálculo aplica para la reconversión de rutas en autovías: si tengo un aumento de tráfico constante, puedo saber con precisión cuándo serán necesarios nuevos carriles para que no reviente el sistema. Si descarrilan los trenes, es lógico que necesite rieles y durmientes como la gente. Si se desarman los coches mientras la formación circula, no es necesario un estudio de la NASA para determinar que hay que renovarlos. Si no tengo capacidad energética, habrá que recurrir a lo que se tenga a mano, aunque implique la construcción de una planta nuclear o la finalización de una obra existente.

Si bien la otra variable que podría utilizarse es que el Gobierno tiene 23 ministerios para mostrar que sólo uno trabaja, el mismo argumento del agradecimiento por lo que hay que hacer se puede ver en materia de seguridad, con los allanamientos y los hallazgos de cuantiosas cantidades de drogas varias. Sí, para eso mantenemos un ministerio de Seguridad, cuatro fuerzas federales, una agencia de inteligencia y 24 fuerzas provinciales. Putearé nuevamente al gobierno anterior por ladri y filonarco, pero de ahí a agradecer que hagan lo que hay que hacer porque podrían no hacerlo, hay un largo trecho de mediocridad.

A tal punto naturalizamos que el kirchnerismo fue el antigobierno que el funcionario con mejor imagen positiva de la gestión nacional es Guillermo Dietrich, que tiene como mérito en materia de transporte la llegada a horario de los vuelos de Aerolíneas Argentinas sin resolver el déficit, la vuelta del tren a Mar del Plata que generará un déficit de 500 millones al año en un servicio que será un 60% más lento que el micro y la construcción de carriles exclusivos para colectivos.

Tranquilamente se podría presentar como logro económico que se haya levantado el cepo al dólar, pero ahí sí queda claro que tan sólo era una forma de volver a la normalidad. Y es que esa es la palabra clave: normalidad.

Normal no es extraordinario: es cumplir con la norma. Ahora, si es lo que corresponde y los votamos para ello ¿Cuál es el agradecimiento, que hagan “lo que tienen que hacer”? ¿Tan tarados nos dejó el kirchnerismo? O sea: si trabajo en una empresa y cumplo con todas mis obligaciones, no debería agradecer que me liquiden el aguinaldo, aunque ocurra de milagro. Pero estamos dañados y agradecemos que el policía no nos pidiera coima, que el automovilista me cediera el paso en el cruce peatonal, que el kiosquero no nos cobrase de más “porque es de noche”. Y lo peor no es que lo agradezcamos, sino que de eso se hace una política. ¿Hay un avance? Sí, claro. Antes agradecíamos que nos robaran pero al menos no nos hicieran nada. Bueno, sacando alguna que otra excepción de gente que se caía sobre alguna bala, o esas cosas.

La otra pata de la política comunicacional es la libertad de opinión de las redes. O la censura de la masa. Debo confesar que hasta me resultaba divertido ver cómo los kirchneristas comían su propia mierda al encontrarse con un scrum de usuarios dispuestos a insultarlos cada vez que decían algo contrario al gobierno. Sí, me divertía y, en buena medida, me sigue divirtiendo dependiendo del caso, no del destinatario, sino del argumento y del emisor. Sencillo: la ley es pareja para todos. Entonces, si voy a pedirle a un kirchnerista que cierre la boca antes de hablar de economía, no puedo tomarme con calma que un votante de Ocaña acuse de kirchneristas conversos a todos los demás, incluyendo al que fue más tiempo embajador de Cambiemos que ministro de Cristina.

El gobierno mantiene el sistema de precios de combustibles de la gestión del tecnócrata de almacén de barrio Axel Kicillof. De este modo, nuevamente tenemos un aumento en los costos de naftas y gasoil en un contexto internacional en el que el petróleo cotiza un veinte por ciento de lo que costaba cuando se implementó la medida antimercado. El sector agropecuario sale a decir que ese aumento impactará en el costo del transporte, lo cual tiene toda la lógica que da saber que las manzanas no crecen en el cajón de la verdulería del barrio. Pero para mayores datos: uno de cada tres litros de gasoil que se vende, es comprado por el agro. No fue una queja, no fue una crítica, fue un aviso.

El campo, que fue el principal enemigo del kirchnerismo. El mismo campo que fue el caballito de batalla de la primera gran guerra que se comió la gestión de Cristina y la madre de todas las batallas que se dieron después: fue en el conflicto con el campo que el kirchnerismo inició su pelea con el grupo Clarín disparando el Fútbol para Todos, la Ley de Medios y el despilfarro de guita para crear y sustentar medios de comunicación inviables. Fue a raíz de la derrota electoral tras el conflicto con el campo que el gobierno anterior se radicalizó aún más y dejó de crecer económicamente iniciando un largo descenso al infierno económico.

A ese sector que paralizó el país y que generó una crisis institucional sin comparación, que convirtió en traidor a Cobos, que logró que hasta varios partidos de izquierda se manifestaran en Palermo contra las retenciones móviles, a ese sector le dijeron que son egoístas y le recordaron que “cuando fue la 125 salieron a apoyarlos”. Menos mal, porque si no fuera por todos los gauchos que bajamos del departamento de Almagro para sacar el tractor del garage, nadie se enteraba del quilombo del campo.

Honestamente, tengo los gobelinos llenos del fundamentalista mesiánico. Los gobiernos no son comparables, los fanáticos tampoco: los fanáticos son todos iguales. El fanático no tiene camiseta, su única pasión es mostrar la castración emocional suficiente que le provocó que sus padres no lo abrazaran lo suficiente cuando eran chicos y hoy tengan que buscar padres y madres en figuras que en la sociedad se presentan como funcionarios públicos.

Hay que reconocer que el tema cambió radicalmente cuando Cristina decidió presentarse como candidata a senadora por la provincia de Buenos Aires. Desde entonces, la discusión podría reducirse a Código Penal sí o no. Pero esa situación es la menos cómoda: según distintos estudios recientes, entre el 45 y el 47% de los votantes de Cambiemos de la provincia de Buenos Aires siente que no cumplió con las expectativas pero volverá a votar por Cambiemos. O sea que, frente a las opciones, prefieren seguir apostando al número que todavía no salió, a ver si la embocan al menos por estadística. El resto de los números que podrían salir les resulta insufrible.

Alguien con un mínimo de separación entre las cejas y el inicio del cuero cabelludo interpretaría el dato con un “pucha, hay gente que se queja pero que acompaña igual”. Bueno, no es el caso para todos y ahí están insultando y agrediendo a cualquier boludo que diga que es un garrón lo que sale la nafta, que la presión tributaria continúa en la zona de lo intolerable, o que el poder adquisitivo mira pidiendo piedad al salario mínimo. No ven allí a un votante que quisiera salir espantado y no encuentra la puerta, ven al enemigo. Y a ese enemigo lo insultan tildándolo de intolerante en un bumerán cínico sin notar un pequeño detalle: la provincia de Buenos Aires se divide en dos entre el sector agropecuario y un conurbano exindustrial donde la mitad de la población vive bajo la línea de la pobreza. A los primeros se les recuerda que los otros fueron peores. A los segundos, que están así por culpa de los otros. Y si la cosa se pone peluda, se los tildará de kirchneristas insatisfechos, aunque hayan celebrado la derrota de Scioli con un pedo que duró tres semanas. Suponen que el votante tiene la obligación de elegir entre opciones físicas. La idea de la impugnación del voto o el voto en blanco les resulta una traición a la Patria.

Cuando uno va al médico con la mitad del cuerpo quemado, lo último que esperamos es que el médico se tome dos años para finalmente limitarse a decirnos que tenemos una quemadura en la mitad del cuerpo. Y eso es lo que se transmite cada vez que alguien tira que “lo peor ya pasó” porque el PBI aumentó 1,1% trimestral mientras el dólar pega un salto con garrocha que deja con el upite lleno de preguntas a los que apostaron a la vuelta al crédito y se metieron en el plan de un auto o pretenden sacar un hipotecario. El inconveniente de predicar sólo la vuelta a la normalidad es que aquellos que siguen planchando los billetes para cargar la SUBE podrían llegar a considerar que eso también es la normalidad y no la quieran para ellos. A esos, que son utilizados por candidatos opositores para hacer campaña desde una cocina de 70 metros cuadrados, ¿también hay que putearlo?

Del mismo modo, no hay margen para la moderación en la ponderación de los candidatos propios. Sacrificaron a un ministro de Educación para ir de candidato a la provincia de Buenos Aires, pero lo decidieron recién cuando se supo quién iba a competir por los demás partidos. De segunda llevan a Gladys González, de quien la inmensa mayoría no sabía de su existencia, otros la recordamos por haber pedido la censura previa de un documental en plena democracia, y el resto se limita a pintarla de heroína, aunque no sepan ni qué acento tiene al hablar. Demasiada mezquindad para algo nuevo en política sólo puede explicarse desde la crisis de los partidos políticos que nunca termina de ahondarse y en la que ya naturalizamos tantas cosas que nadie sabe dónde se encuentra el texto de la plataforma política de ninguna de las opciones. Ya no se votan ideas, se votan personas. ¿No?

A este planteo de médicos que diagnostican, se enfrentan los chamanes que creen que una vez nos curaron porque hicieron una danza tribal alrededor de la Pirámide de Mayo y hoy ni siquiera dicen que tienen la receta para estar mejor, sino que nos recuerdan que con ellos estábamos mal, pero al menos nos decían que estábamos mejor que Australia. Ante la notoria carencia de ideas concretas –plataforma– y la obviedad de las obras que se hacen en tiempo récord, apelan a la retórica dictatorial y la bardeada al preceptor. Macri no les caería bien ni aunque use lentes de contacto marrones, se cambie el apellido y empiece a comerse las eses en vez de tropezarse con las erres. En idéntico sentido, no dejarán de votar a Cristina aunque se enteren que gobernó con el mayor ingreso de divisas genuinas de la historia de Argentina, vean que se cargaron un fiscal y se encuentren con un funcionario jugando al lanzamiento de dólares en un convento de madrugada. Es una cuestión de piel contra la que no alcanza ninguna explicación.

No se votan ideas. Tampoco se votan personas. Se votan sentimientos: amor, odio. Y contra eso, no hay realidad que valga.

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