sábado, 22 de julio de 2017

¿Están la izquierda y la ciencia en el limbo?

Reunión de los líderes de extrema derecha europeos en Koblenz (Alemania),
en enero de 2017.
Por Wolfgang Kowalsky

La victoria del brexitTrump, el amplio respaldo a Le Pen, la implosión de los partidos socialistas y socialdemócratas en Holanda, Francia e Islandia, imitada por el SPD con su descenso continuados en tres elecciones regionales alemanas, plantean algunos temas complicados.

No está en juego solo la socialdemocracia, sino también la democracia liberal. No hace tanto tiempo, había un complaciente consenso sobre la integración europea que venía acompañado de otro sobre la democracia liberal. El consenso sobre Europa creó un espacio para el euroescepticismo y para todo tipo de críticas que no podían contrarrestarse repitiendo el juramento antidemocrático de ‘TINA’ (There is no alternative). La razón de ser de la democracia (y, por cierto, de Europa) es que existan diversas opiniones y no una única como en la época estalinista. La democracia liberal (simplificada al máximo) se basa en la competencia entre dos o más visiones políticas diferentes que están representadas por partidos políticos con opiniones opuestas, o al menos sustancialmente divergentes, sobre la sociedad, la economía, el rol del Estado y el mercado, la cultura y los asuntos sociales.

Actualmente, existe un tercer movimiento que representa un papel cada vez más prominente, y que utiliza, y al mismo tiempo debilita, las reglas democráticas al promover e impulsar a individuos autoritarios con visiones autoritarias. En la mayoría de las ocasiones, estos personajes se sitúan a la derecha del espectro político, pero en Francia, por ejemplo, se les puede encontrar tanto en la extrema derecha como en la extrema izquierda.

El ascenso de la nueva derecha

¿Cómo hemos llegado a esta situación? En primer lugar, la extinción del consenso, no solo sobre Europa, sino también sobre el modelo liberal de democracia representativa, no es algo completamente nuevo. Es una tendencia progresiva, más que subterránea, con una serie de eventos disruptivos que asoman a la superficie. Comenzó su andadura hace medio siglo cuando vieron la luz los llamados nuevos filósofos (y de forma paralela la llamada Nueva Derecha), quienes desarrollaron una estrategia hegemónica basada en las ideas del filósofo marxista italiano Antonio Gramsci. Los nuevos filósofos, en conjunto con la Nueva Derecha, causaron un efecto mayor de lo pensado. El posmodernismo, un movimiento que comenzó en Francia en la década de 1960 atacando el estructuralismo y el marxismo, cultivó la idea de la relatividad en todos los campos de la sociedad. Jean-Francois Lyotard, Jacques Derrida y otros se situaron en la vanguardia del descrédito a la ciencia y su intención de alcanzar un conocimiento objetivo. Los ataques a la ciencia desautorizaron indirectamente a la izquierda, que supuestamente se construye en base a la ciencia y la razón. El movimiento posmodernista atacó la Ilustración, la revolución científica, los derechos humanos y las políticas basadas en los valores. Los valores compartidos, como por ejemplo la universalidad, se consideran básicamente como ilusiones equiparables a los relatos o las creencias. Alain de Benoist, fundador de la corriente Nueva Derecha (Nouvelle Droite), muy activo en la época posterior al Mayo del 68, puede ser considerado el padre espiritual de Stephen Bannon, actual consejero del presidente Trump.

Juntos, Nueva Derecha y los posmodernistas allanaron el camino para la llegada de todo tipo de culturas y políticas identitarias irracionales, nihilistas y tribales tanto a derecha como a izquierda del panorama político. Poner en duda el cambio climático o las vacunas, creer en soluciones homeopáticas y naturopáticas a problemas graves de salud o fomentar teorías conspirativas sobre las estelas químicas, menoscaban la confianza en la ciencia empírica y se infiltran en círculos cada vez más amplios de la sociedad. La distancia entre esta perspectiva relativista y anunciar “hechos alternativos” no es muy grande.

La primera conclusión sería iniciar una nueva lucha contra estas tendencias neonihilistas y neorrelativistas para poder vaciar de contenido ideológico esta ciénaga de ideas reaccionarias. Una tolerancia excesiva y una despreocupación mal concebida, permisiva y políticamente correcta allanó el terreno para que se produjera una reacción, un regreso al irracionalismo y al autoritarismo. Una visión un tanto inocente de internet y las redes sociales como una esfera pública al servicio de una mayor participación y democracia puede considerarse como el nuevo credo. Muchos usuarios sencillamente prefieren ignorar las consecuencias negativas y carecen de preparación para apreciar el cínico uso que hacen fuerzas autoritarias. Un tuit que acapara la atención mundial es un arma peligrosa y todavía no hemos inventado una defensa que sea eficaz. El papel que han desempeñado hasta ahora las redes sociales mundiales abre una caja de pandora digital. Es necesario que demos un paso atrás y decidamos defender los supuestos filosóficos y los valores de la modernidad, la Ilustración y la ciencia mientras descubrimos como combatir este tsunami digital.

Culpar al otro

En segundo lugar, existen varias razones para que nos seduzca la idea de dejar que unas personalidades autoritarias se encarguen de esos problemas que parecen demasiado complicados para abordarse mediante elecciones o referéndums. Los candidatos populistas y autoritarios demuestran que saben cómo simplificar la complejidad y reducir los problemas a una sencilla relación lineal entre causa y efecto. Si los antiguos trabajos en las fábricas desaparecen en el cinturón industrial de EE.UU, Gran Bretaña, Italia, el este de Alemania o en cualquier otro lugar, se presenta como una consecuencia directa de la inmigración y los refugiados y no como un resultado de las estrategias de desindustrialización. Esta ‘correlación’ inventada es el fundamento que está detrás de las soluciones aislacionistas como por ejemplo cerrar fronteras, construir muros y mantener alejados a los refugiados de lo que se considera “nuestro pastel”, es decir, nuestra protección social.

La tendencia a utilizar el enfrentamiento político como excusa para limitar la democracia, porque supuestamente es demasiado burocrática, demasiado dominada por los acuerdos y las discusiones sin fin, se antepone al enfrentamiento entre diferentes ideas políticas, que es el cimiento mismo de la democracia liberal. La justificación detrás de esta tendencia es simplificar asuntos complejos, evitar largas discusiones y facilitar que se pueda recurrir a medidas inmediatas del tipo “promesas hechas, promesas cumplidas” (una táctica que sirve para consolidar la hegemonía sobre la propia clientela). La pregunta es por qué la simplificación excesiva y la negación de correlaciones complejas reciben un apoyo cada vez mayor. El recurso político de adoptar soluciones autoritarias se basa en la convicción de que los “procedimientos democráticos normales”, el “poder establecido” y los partidos políticos tradicionales son incapaces de combatir eficazmente las causas del descontento. Una de las razones de que se utilice este recurso está en el creciente malestar social como respuesta a todo tipo de aumento indeseado: aumento de la desigualdad, la divergencia social y económica, sentimientos de exclusión, quedar marginado, injusta distribución de la riqueza, impacto del progreso tecnológico o la aceleración de la globalización y la digitalización.

Otra razón surge de un vacío político. Enfrentada a temas complejos, la respuesta política dominante resulta inadecuada. La idea TINA sugiere que no existe una alternativa a la globalización, a la reestructuración, a la digitalización, etc., que aparecen representadas como sucesos intrínsecamente positivos y que aportan incluso progreso. Solo recientemente se ha comenzado a sopesar la relación entre el riesgo que acarrean estos fenómenos con las oportunidades que generan.

El tercer supuesto es que los partidos progresistas y de izquierdas tienen muchas dificultades con las protestas populistas porque subestiman la ira de la clase media y trabajadora contra el “poder establecido”, entre los que se encuentran, mezclados de forma arbitraria, los partidos políticos, el Estado, los sindicatos, las iglesias, las ONG y Europa. Los partidos de extrema derecha tienen menos remilgos a la hora de acudir a los lugares donde estas personas están expresando su ira. De hecho, el principal reto de la izquierda debe ser idear una estrategia hegemónica contra las reacciones neoliberales y las tendencias autoritarias. Hay que refutar la impresión que prevalece entre los votantes populistas de que los partidos y los intelectuales de izquierda no se preocupan por sus problemas mediante un mensaje que deje claro que tienen un interés sincero por los asuntos que afectan a las clases medias y trabajadoras, no solo a las minorías. Y tercera conclusión: cuando y donde la respuesta de la extrema derecha parece ser la única forma de protesta disponible, es evidente que cada vez más gente continuará yendo en la misma dirección.

Traducción de Álvaro San José

Este artículo está publicado en Social Europe.

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