jueves, 11 de mayo de 2017

Decisiones económicas con ojos cerrados


Por Daniel Muchnik

Dos cuestiones salen a la superficie, la económica y la política del Gobierno y a partir de allí las opiniones se dividen, entran en contradicciones, no se ponen de acuerdo. Pero a esta altura del 2017 la verdad prima sobre la fantasía.

Crecimiento como esperaban en Casa de Gobierno no habrá, la inflación no se termina de desinflar, el déficit comercial es significativo, la presión impositiva y las cargas sociales resultan insoportables para las empresas y las personas, el tipo de cambio no es redituable, el consumo ha caído un 50% en el reciente período, bajan persianas de negocios porque están atenazados entre los altos alquileres y la falta de clientes.

¿Pero aparecen todos estos fenómenos de golpe?, ¿no se venían arrastrando acaso desde el año pasado? El coro de cuestionamientos se agranda. ¿Algunos creen que la problemática política es más importante que la económica? Es muy probable que los observadores hayan dejado pasar casi dos semestres y medio antes de emitir juicio.

Todo indica que no hayan querido tirar leña al fuego para no dañar la imagen de un gobierno que recibió una herencia complejísima, una economía hecha pedazos, una grieta ideológica nunca vista desde la llegada de la democracia y un aislamiento preocupante frente al mundo. Y que conserva el 50% de adhesión social. Evitar que la estantería se caiga. Tirar todos los botes posibles frente a la posibilidad de un naufragio.

Muchos consideraban que no había opción, que se debía dejar hacer. Otras opciones pertenecían a la oscuridad, eran ‘peligrosas’. Aunque se supiera que 1 cada tres argentinos es absolutamente pobre y propuestas de solución no existen ni en el corto ni en el mediano plazo.

Estamos al borde de la mitad del 2017 y el Centro de Estudios de la Nueva Economía (CENE) de la Universidad de Belgrano afirma que la inflación acumulada ya se devoró la devaluación del 40% de diciembre de 2015, mientras el atraso cambiario viene acumulando un 27%.

Ese atraso tiene una explicación, porque es parte de una estrategia. El Gobierno respaldó al Banco Central quien hizo lo posible para que los bienes comercializables no incidieran en una mayor inflación. Fue una decisión, una guía frente a un año de elecciones legislativas donde el Gobierno quiere seguir ganando, frente a una oposición por el momento catatónica pero que tal vez quizás, pueda iluminarse de pronto y atacar con ímpetu.

El Gobierno sólo busca frenar una inflación pero lo hace a un costo peligroso que es el atraso cambiario reflejado en una baja de la rentabilidad exportadora, porque los costos crecen interiormente más allá de cualquier pretensión en contrario. El esquema del Banco Central es que a través de la oferta y la demanda de divisas se fije el tipo de cambio oficial. En 2016, según el CENE los envíos al exterior de calzado descendió un 33,3%, los textiles un 23,4%, el papel 14% y los productos regionales entre el 13 y el 18%. Pero hay otra corriente en contra que se suma, que son las importaciones que han permitido las autoridades.

Los registros de la Unión Industrial demuestran que en los meses anteriores el 40 por ciento de la estructura industrial estaba parada. Ciertos indicadores muestran una cierta mejora, pero para nada estruendosa. Nadie quiere tirar papel picado.

En el pasado, otros modelos económicos llevaron a un atraso del tipo de cambio real. No terminaron bien. Por el contrario; trajeron repercusiones que agrandaron la problemática de la estructura productiva. El valor del dólar muestra si sobran o faltan los papeles verdes a disposición. Un tipo de cambio competitivo pone de pie al país, mejora la productividad y atrae a la inversión. Esa maniobra hay que integrarla con otras para alcanzar el respiro que la producción necesita. De lo contrario surgen innumerables problemas, y se suma la acumulación de deuda externa (tanto privada como pública).

Siguiendo la acción del Gobierno llegaremos a las elecciones sólo con una pierna y rengueando, procurando rogar que no crezca el atraso.

El país está desde comienzos de 2016 pendiente de las inversiones externas y apostó a ello. Pero no vienen, como se hubiera deseado. Pesan factores políticos (la protesta social, la falta de concordia, las demandas que no cesan), de infraestructura, de estabilidad legal, de comunicaciones. El costo del transporte es fatal, carísimo. Lo dicen y repiten quienes deben remitir su producción desde el interior provinciano a los puertos para su remisión al exterior. La ausencia de rutas o la existencia de rutas precarias se van sumando al déficit real. Sí llegan las inversiones financieras, las especulativas que hoy están y mañana se van tan rápido como desembarcaron.

La estrategia del Gobierno repercute en el comercio exterior.

La suba del superávit de la colocación externa de productos primarios que volvió a crecer tras años seguidos de derrumbe han cubierto el déficit del área industrial. Más: el agro lo superó en un 13,5 por ciento. Se conocen otras situaciones que le pegaron al sector industrial y fue la reducción de los precios internacionales.

Aún nos falta ver y presenciar novedades en los próximos meses. El viaje a China del presidente Macri llena de esperanzas al Gobierno por los acuerdos que se puedan firmar. Luego vendrá la etapa parlamentaria que le tocará analizar, discutir y proponer avales o cuestionamientos, a tener en cuenta.

© El Cronista

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