viernes, 28 de abril de 2017

Un freno para los administradores del miedo

Por Natalio Botana
Las elecciones presidenciales en Francia, el domingo pasado, muestran la encrucijada en que se agitan las democracias avanzadas. En este cruce de caminos chocan dos procesos históricos. El primero alude a la mutación del siglo XXI en los albores de la llamada cuarta Revolución Industrial, a la cual se suman nuevas corrientes migratorias y la presencia del terrorismo; el segundo se refiere a un momento reaccionario, fruto de estos enormes sacudones, que abreva en tradiciones nacionalistas, xenófobas y populistas.

Si el primer proceso está guiado por el espíritu de innovación y asume los logros de unas democracias aún dispuestas a impulsar la Unión Europea, el segundo está inspirado por el resentimiento y por el ánimo de representar a los sectores excluidos de esta gran transformación. La esperanza y el miedo se entrelazan así en un mismo y dramático momento.

La cuestión, a simple vista lejana, no es para nada ajena a nuestra circunstancia porque, merced a un fenómeno que engloba varios continentes, este juego de acciones y reacciones ha puesto en tela de juicio el sistema representativo y los partidos políticos, que, durante décadas, reforzaron la legitimidad de las democracias. En algunos países más que en otros, estamos cruzando el umbral que separa la democracia de partidos de una democracia de candidatos que raudamente se encaraman sobre antiguas organizaciones, las desbordan y hasta se dan el lujo de anunciar su ocaso.

Las lecciones que se desprenden de estas elecciones francesas son pues pertinentes: sobre los dos grandes partidos republicanos que, a derecha e izquierda, protagonizaron la política de los últimos 60 años, surgieron tres candidatos que impugnaron la vieja política y se alzaron con el triunfo. De un golpe se quebró el bipartidismo de la Quinta República, fundada por De Gaulle en 1958.

Emmanuel Macron defendió con éxito una propuesta europeísta y renovadora que, probablemente, sea ganadora en la segunda vuelta, el 7 de mayo; Marine Le Pen fue un acabado exponente, con ropaje más presentable que el de su padre, de una hostil tradición reaccionaria que, desde la Revolución Francesa, no abandona la escena; Jean-Luc Mélenchon, un antiguo socialista, se encolumnó, al igual que Podemos en España, tras consignas populistas cercanas a los conflictos y crisis de la política latinoamericana. Los republicanos gaullistas de François Fillon y los socialistas de Benoît Hamon no pudieron prevalecer en la disputa y servirán de apoyo para el posible triunfo de Macron en la segunda vuelta.

Según estos datos, al igual que en Holanda, se ha trazado en Francia una línea que afirma, por ahora, que los reaccionarios antieuropeístas y pretendidos administradores del miedo no pasarán. Buena noticia para la salud de la democracia y para quienes pronosticaban escenarios apocalípticos. Estos resultados contrastan con lo acontecido en la cultura anglosajona a raíz del cortocircuito que acaba de sufrir el ejercicio moderado de dos antiguas democracias. Créase o no, en el Reino Unido y en los Estados Unidos ganaron los reaccionarios en el referéndum acerca del Brexit y en las elecciones presidenciales que, favorecidas por un procedimiento electoral contramayoritario, consagraron a Donald Trump.

Sin embargo, en contextos donde los aparatos establecidos crujen ante la explosión de las redes sociales y las bruscas modificaciones en la estructura del empleo, no hay que olvidar el peso del pasado y sus revanchas. Estos desquites son tan persistentes como el novedoso estilo con que se revisten los reaccionarios para conquistar adeptos y ganar implantación territorial.

Francia ofrece otra muestra de estos combates entre pasado y presente. La política francesa siempre osciló entre corrientes de derecha, de izquierda y de centro. En esta coyuntura el centro ha quedado en manos de Macron (un candidato con un partido ad hoc en formación, sin vigencia hasta hace apenas dos años) mientras la derecha vira hacia los extremos, o persiste como una eventual fuerza de apoyo al candidato ganador, y la izquierda, fiel a una de sus corrientes originarias, explora de nuevo un horizonte jacobino-populista. Estas alteraciones no son menores, pero no se entienden si no se las pone en relación con una revancha del pasado ante la velocidad de este cambio de época.

Por desenvolverse de esta vertiginosa manera, es tan fuerte e inesperada esta mutación que se hace difícil encauzarla de la mano de una ética reformista y de una Ilustración para el siglo XXI que atienda en especial la incorporación del conocimiento en los márgenes de la exclusión social (allí es donde Marine Le Pen obtuvo los mejores resultados) y, asimismo, procure recrear el régimen representativo de la democracia.

¿Qué pasa en esta materia? ¿Qué clase de sociedad busca ahora representarse? A todas luces estamos en una transición. Al término de la Segunda Guerra Mundial alcanzaba su madurez la segunda Revolución Industrial, que, con la difusión de la electricidad, la cadena de montaje y el transporte automotor, sucedía a la primera revolución del ferrocarril y la máquina de vapor. Con antecedentes importantes en períodos anteriores, en aquella ocasión irrumpieron los partidos políticos como los grandes mediadores de una democracia de masas.

Esas organizaciones permanentes que trascendían la trayectoria de sus líderes fundadores, de inspiración conservadora y liberal, socialcristiana y socialdemócrata, coexistieron con organizaciones sociales, sindicales y patronales, y dieron el tono, más conservador o más progresista, a esa democracia incluyente de derechos civiles, políticos y sociales. Hoy, al influjo de la revolución digital que se transmuta rápidamente en la revolución robótica de inteligencia artificial, las sociedades están perdiendo aquella consagrada virtud organizativa y mediadora. Vueltas sobre sí mismas actúan directa y espontáneamente en el espacio público sin rumbo fijo.

En esta puja de movilizaciones recíprocas (las hemos visto el mes pasado en Buenos Aires), la democracia de candidatos, montada sobre la inteligencia práctica para generar respuestas, surge repentinamente como nuevo proyecto mediador. Tal como enseña el ascenso de Macron, este proyecto fusiona en semejante trámite y con otro formato valores provenientes de las vertientes liberales, socialistas y republicanas.

Aún ignoramos si la democracia de candidatos será un sustituto de la democracia de partidos, pero sí sabemos que los países con partidos políticos estables, coaliciones sólidas y liderazgos que se forman en su seno (por caso Alemania) son los que mejor responden en Europa a los retos del siglo XXI.

Tal vez sea ésta una oportuna lección para nosotros. Sería un error garrafal echar por la borda las experiencias adquiridas olvidando que el arte de la democracia consiste en perfeccionar, con sentido ético y constructivo, el arte de la organización política en un mundo en perpetuo cambio. De lo contrario, la existencia cívica seguirá girando al influjo de lo inesperado, de los impactos mediáticos incluidas las redes sociales, y del fulgor de candidatos tan aptos para crecer como para desmoronarse. Esperemos que esto no ocurra en Francia y que Macron se consolide.

© La Nación

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