sábado, 18 de febrero de 2017

Contradicciones de la falibilidad presidencial

Por Eduardo Fidanza

Cuando los sondeos de opinión -esos artefactos cada vez más inciertos- indicaron que las decisiones sobre el Correo y las jubilaciones estaban ocasionando un serio daño a la imagen del Gobierno, el Presidente compareció ante los periodistas para anularlas. 

Como en una democracia madura, se respetaron las reglas de juego: el primer mandatario aceptó y respondió todas las preguntas, incluida una expresada en forma de reclamo por la situación económica de los trabajadores de prensa. El Presidente adquirió un perfil estudiado, aunque no por eso teatral. Se lo vio sereno, como sobrevolando las dificultades y urgencias, apoyado en una suerte de posición cartesiana: mi entendimiento puede fallar, pero mi voluntad es inconmensurable. "Soy falible -dijo Macri-, si me equivoco lo reconozco."

El discurso presidencial es un menú complejo, con un objetivo manifiesto. La intención, plasmada en la estrategia de comunicación, es construir una figura contradictoria respecto del liderazgo presidencial anterior. Si Cristina era insensata, fanática y cerrada a cualquier crítica, Macri será reflexivo, condescendiente y dispuesto a reconocer sus errores. Si ella agobiaba con su tono beligerante, él susurrará esporádicamente su cuidada y complaciente cordura. El conflicto de personalidades opuestas, la pugna ética y estética, el contrapunto entre la locura y la sensatez, la corrupción y la integridad, el Príncipe bello y la Bruja mala, el Bien y el Mal son, en definitiva, polarizaciones históricas y universales que conmueven y producen identificación. Le vienen tan bien a la literatura clásica como a la política posmoderna o a las series de Netflix.

Sin embargo, una estrategia de comunicación debe contar con la afinidad del personaje público para el cual se la diseña. No le sentará el traje de lobo al que prefiera la negociación en lugar del conflicto. A la inversa, no podrá hacer de bueno el prepotente. Éste amenazará y se llevará por delante a sus rivales, como Trump, el exitoso antihéroe; aquél procurará convencerlos con argumentos que conduzcan al consenso, como lo intenta Macri. Si la política argentina fuera una película del Far West, el Presidente, indefectiblemente, estaría del lado de los buenos, no de los indios y los pistoleros. Pero la que él representa no es cualquier bondad, sino aquella que extrae su sello de la sensatez. Con esa peculiaridad, John Wayne, el héroe recio y compacto, deja el lugar al sensible Montaigne, que escribió: "Así yo sostengo en mi pensamiento la duda y la libertad de elegir, hasta que la ocasión me apremie". El momento de apremio presidencial es el rechazo a sus iniciativas, que podría poner en riesgo las chances electorales de su partido.

Más emparentado con Descartes, Pascal y Buda de lo que pudiera imaginarse, el camino intermedio del Presidente tiene aún otras implicancias, que parecen colocarlo en una tensión íntima y perpetua, apenas disimulada. Por un lado, la connotación filosófica del lugar que se asigna remite a una zona difícil y estrecha, ubicada entre el error y la certeza, aquel sendero que eligió Descartes cuando el racionalismo empezó a emanciparse de la religión. Pero hay un nuevo ingrediente del discurso presidencial que tienta a ponerlo bajo el examen de otro maestro de los tormentos de la razón, Sigmund Freud.

Esta posibilidad surge de una perlita de la conferencia de prensa del jueves pasado, cuando el Presidente deslizó, con una sonrisa que revela su insight: "Mi padre y la doctora Carrió no congenian mucho entre ellos y yo estoy en el medio". Otra vez el camino de la difícil equidistancia, sólo que ahora entre figuras que bien podrían representar a dos de las tres instancias simbólicas del drama neurótico: Carrió, al idealista y opresivo superyó; y Franco Macri, un padre trastrocado, a pulsiones compatibles con el ello, como las gratificaciones que provienen del dinero y el poder. El yo, tercer protagonista de la neurosis, debe conciliar el orden moral con el caos pulsional. En términos políticos, podría traducirse así el dilema del yo presidencial: cómo compatibilizar los ideales de una sociedad mejor con algunos amigos sospechados y la oscura historia económica de la familia a la que pertenece.

Tal vez las contradicciones del Presidente encierren la cifra del éxito o el fracaso. Si se resolvieran de manera creativa acaso constituirían el fundamento de un liderazgo novedoso y positivo para un país acostumbrado a la insensatez de sus dirigentes. Significaría el triunfo de la racionalidad reflexiva del liberalismo político frente a las verdades reveladas de cierta religiosidad populista.

Pero si no se resolvieran podrían desatar el escarnio. En política, el humor puede ser liberador o lapidario. Esta última posibilidad la mostró Capusotto, en un sangriento sketch donde parodió a Macri bautizándolo "Juan Domingo Perdón". Otro dardo fulminante, aunque más universal, es el conocido apotegma de Groucho Marx: estos son mis principios, pero si no les gustan tengo otros. Ante esas asechanzas, los asesores de comunicación presidencial deberían recordar un detalle del idioma: en el Diccionario de la Real Academia la primera acepción de la palabra falible es "que puede engañarse o engañar".

© La Nación

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