viernes, 13 de enero de 2017

Una visión de Homero

“En tierra de tuertos, el ciego es el rey”

La apoteosis de Homero, obra de Dominique Ingres / Museo del Louvre
Por Renato Salas Peña

De Homero nada sabemos: pícaro rapsoda roba versos de aedas con ceño fruncido, hijo de Creteis y un tal Meón parido a las orillas del río Meles (por esto el Melesígenes), alumno selecto de Femio y viajante al lado de Mentes, enceguecido por el tiempo y el cansancio, y de allí toda una “cuestión” que arranca desde la época alejandrina y pasa por la vara rígida del abate de D´Aubignac que la tilda de un simple menjunje compilatorio y llega a la negación atea total de Juan Bautista Vico, pero que luego reaccionará con defensores “a su manera” como Kirchhoff que también la refleja como una sumatoria de partes, para llegar a Hegel que le da el valor de omnisciencia a este extraño personaje que aprendió que en tierra de tuertos el ciego es el rey.

Lo que logra Homero con sus obras es resumir a su época, reflejar posturas de vida ante diferentes circunstancias, plantearnos qué tan pequeñitos y ridículos somos en realidad, que nuestras vidas son luchas eternas y diarias y que vivimos sumergidos en un viaje difícil, del cual muchas veces terminamos siendo derrotados, que los sacrificios no valen, hay veces, las victorias que vayamos a obtener, que el más fuerte, el más bello puede ser el más petulante de todos y el más justo y moral no tiene oportunidades en esta batalla que llamamos vida.

Estas creaciones que ya bordean los 2800 – 2900 años (no quiero errar la cronología) cantan a una Ilión esplendorosa que hoy reposa en las costas de la lejana Turquía ennovelada de nuevas historias o a todo un itinerario turístico por islas paradisiacas, playas más azules que su cielo mismo, tierras preñadas de verdes inmensos o secas tierras calientes. Estos son los escenarios que Homero pone como telón de fondo a sus dos epopeyas que épicamente recorren a ritmo de hexámetro los casi 30000 versos jónicos y que distribuye con perfección mágica en 24 cantos en su Ilíada y Odisea.

Obras que anticipan lo que harán sus personajes, pero que sin embargo nos mantienen  sumergidos en la historia (Kafka y La metamorfosis o Gabo con su Crónica de una muerte anunciada), esperamos la muerte de nuestro antipático Aquiles y la obra cierra con el funeral de nuestro amado Héctor; esa linealidad omnisciente que nos lleva a través de nuestro barrio de broncas juveniles y adoptamos ser un huidizo París o un cachudo encolerizado Menelao, porque sabemos de antemano que nosotros no tenemos dioses protectores que saldrán en ayuda nuestra: no hay Poseidón, ni Atenea, ni Afrodita, ni Hera, ni Zeus, a lo mucho un Hermes que nos avise que la escapatoria es lo mejor que podemos hacer.

Es definitivo que las obras homéricas se asientan en motores generadores, esas historias previas, esas influencias que hasta Homero “Padre de la épica heroica y aristocrática” tuvo que tener, para ir tejiendo de a poquitos solo 51 días del noveno año apoyado por esa manzana de oro que buscaba a la más bella de todas (tarea casi imposible), peor aun, cuando las que se enfrentan por esta son unas diosas petulantes y engañosas, pero que nadie en su sano juicio podría negar que son bellísimas. O para envolvernos en ese canto familiar, lleno de amor, fidelidad, patriotismo, amistad, y que lo lleva a naufragar por 10 años envuelto en aventuras que no hubieran sido posibles si este no se bañaba de petulancia ante Poseidón tras haber alucinado el ardid del Caballo contra los teucros.

Y así forja la Ilíada y la Odisea embutiéndolas de epítetos que marcan por siempre a sus personajes (Aquiles, el de los pies ligeros. Odiseo, el rico en ardides), registrando con cámara lenta cada una de las acciones, deteniéndolas cuando estas tienen que parar, subiendo, bajando: del campo de batalla al Olimpo divino y viceversa, suerte de flashback clasicista, descripciones microscópicas que más tarde se apoderarán tíos como Balzac o Flaubert.

La Ilíada que canta la fuerza, el valor, el heroísmo; sin embargo, ninguna de estas acciones podrá culminar con la guerra, se centra en la cólera, la ira, la pataleta de este Aquiles, hijo de Tetis, que como buena madre engreidora ha sumergido al niño en un baño de inmortalidad para que vaya por el mundo presumiendo de su fuerza, qué lógico, tambalea, cuando lo contradicen y le quitan a Briseida, y peor aún, cuando Héctor comete el peor de sus errores: matar a Patroclo, allí sí que se encolerizó y no paró hasta acabar con el asesino de su ilusión.

La odisea, en cambio, canta la astucia, el ingenio, la criollada que en este caso sí servirá, y de mucho, tomará su tiempo, pero llegará a la meta, de allí que ese viaje difícil sea la temática en la que gira esta obra: el difícil viaje de Odiseo para llegar cómo sea a Itaca para reencontrarse con su amada Penélope y su hijo Telémaco, y hasta su perro Argos (que dicho sea de paso, es el único que lo reconoció).

Homero, es cierto, que tal vez sea una ilusión, una quimera creada por esta otra mentira que es la literatura, pero al ser una de las primeras farsas la aceptamos con devoción, entendemos que nuestras vidas son luchas constantes por sobrevivir, ya no a batallas alucinantes, pero sí, a cuentas sin pagar, a casas hipotecadas, a jefes tiránicos; ni tampoco a viajes llenos de  aventuras con hechiceras, sirenas, monstruos o diosas que se ofertan, porque sabemos que la vida es, tal vez, más sencilla, más tranquilamente familiar, más accesible al humano de hoy.

© Ritmos21 / Agensur.info

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