miércoles, 11 de enero de 2017

Un dibujante en el purgatorio

Un texto de Jorge Fernández Díaz

Reproducimos una historia verídica sobre la vida y el destino de Jorge Fernández Díaz. Publicada en La Nación, fue recogida en 2010 en La hermandad del honor, libro editado por Planeta Argentina.

Raúl Soldi descubrió en la cárcel de Villa Devoto que el mejor ladrón de casas y joyas del país era a la vez un brillante retratista a lápiz. Esta extraordinaria conjunción de talentos le fue revelada al gran pintor argentino en la capilla de la prisión, cuando entre los cuadros que habían hecho los presos surgió un impresionante retrato de Borges. Averiguó de inmediato quién era el autor y luego quiso comprárselo. Pero Carlos Frattini, dueño de esas raras habilidades, le dijo la verdad: significaría para él todo un honor que el maestro lo tomara como un regalo. Me gustaría verlo cuando salga en libertad, le respondió Soldi. Y cumplió con su palabra. Lo apadrinó y lo ayudó para que hiciera una exposición de dibujos en el centro de Buenos Aires: ese día Frattini tuvo sus quince minutos de fama. Vinieron de la radio y la televisión, le hicieron notas para una revista, y conoció entre canapés a grandes personajes del arte y el espectáculo. Soldi le recomendó que, con semejante talento, se dedicara a dibujar día y noche, pero la vida en libertad no era tan sencilla. Y al cabo de un tiempo, Frattini desilusionó al maestro volviendo a su viejo oficio: el de escruchante.

La novelesca desventura de Frattini, que pasó veintitrés años en la cárcel, comenzó mucho tiempo atrás. Específicamente en julio de 1931, cuando su madre murió al darlo a luz y su padre lo regaló a una familia de Pompeya. Ese padre jamás le perdonó aquella muerte, pero cuando volvió a casarse regresó intempestivamente, dos años después, para recuperar a su hijo y llevárselo por la fuerza a un conventillo de la Boca.

Alcohólico y golpeador, un día el padre inició un pleito en la mesa y echó al chico de siete años de la casa. Frattini deambuló toda la noche por las calles de Constitución y en un edificio de cinco pisos descubrió que bajo las botellas vacías de leche los vecinos dejaban monedas para el repartidor. Juntó las monedas que pudo, entró en un bar, se compró un diario, pidió un tazón de café con leche y medialunas, y desayunó como un hombre a pesar de que casi no sabía leer y de que sus pies no le llegaban al piso.

Mientras estudiaba en una escuela y se aficionaba secretamente al dibujo, Frattini trabajaba como vendedor de carne y pescado, canillita y mandadero. Una madrugada su padre lo hizo subir a un barco, quitarse la ropa y colocarse diez relojes en cada brazo para pasar de contrabando. Otro día el hombre volvió enfurecido y asustado porque había sido despedido de la empresa, y llevó a su hijo hasta la calle Tacuarí, apalabró a un funcionario y lo dejó solo y sin explicaciones en ese caserón oscuro: un reformatorio.

En esa escuela del delito, donde intentó fugas y recibió garrotazos, aprendió los códigos tumberos. A los quince años aprovechó el descuido de una mujer y le robó todo lo que llevaba en el auto mientras ella hacía un trámite. Al revisar sus bolsos encontró un fajo gordo de billetes. Más tarde entró como cadete en una boutique de la calle Florida, y se reencontró con un ex compañero de la Tumba. De una cartera arrebatada sacó una dirección y unas llaves, y entró cuando no había nadie en un departamento de Cabildo y se llevó efectivo, oros y brillantes. Así anduvo un tiempo, en su doble vida, viviendo en una pensión y haciendo plata como podía. Hasta que conoció en un bar a una viuda que le llevaba veinte años y que se volvió loca de pasión por aquel joven vigoroso. Ella vivía en Pueyrredón y Santa Fe, tenía una excelente renta, y lo convenció de abandonar la boutique y dejarse llevar por la vida. Se dejó llevar. La dama le compró ropas, lo invitó a los mejores restaurantes, lo llevó de viaje, lo animó a que dibujara y al final le reveló que tenía cáncer y que se iba a morir.

Se murió nomás, y Frattini quedó en Pampa y la vía. Empezó de nuevo en la calle y en la soledad más absoluta, porque su padre no hacía más que expulsarlo de su lado y caer preso. Siguiendo el ejemplo paterno, contrabandeó mercadería y fue rebuscándosela para salir adelante. Cuando le empezó a ir demasiado bien unos policías lo secuestraron, lo metieron en una casa y le dieron picana hasta hacerle prometer que lo vendería todo y que les entregaría el botín sin chistar.

Se lo entregó, y tuvo que volver a las yales y a las “petisas”, las llaves que más se utilizaban en aquellos años ingenuos. Los escruchantes eran, en esos tiempos, amigos de lo ajeno que jamás usaban pistolas ni cuchillos ni violencia. Y tampoco ganzúas: Frattini cargaba en la cintura, tapados por el saco, dos pesados llaveros. Probaba una tras otra y rara vez se le resistía una cerradura. Aprovechaba la hora de la siesta, donde los vecinos están en el trabajo y los porteros descansan, para entrar en edificios céntricos y opulentos. Robaba todo lo que tenía valor, y revendía el oro y las joyas en la calle Libertad.

Así de simple. Con mucho riesgo y adrenalina, pero sin producir rasguños ni daño personal. Nunca le gustaron las armas a Frattini, pero aceptó guardarles dos pistolas a unos ex compañeros de correrías. Una mañana se encontró con el cañón de una 45 en la frente. Era otro grupo de la Federal: alguien lo había “vendido” y cuando lo sacaron a golpes de la cama encontraron bajo el colchón las dos armas de guerra. Fue a parar por primera vez a Devoto, donde se reencontró con otro ex compañero del reformatorio, un chico rubiecito a quien un preso viejo codiciaba. Mirá la rubia qué buena que está, dijo el matón. Frattini tomó un calentador de kerosene y le partió la cara. El matón fue al hospital del penal y Frattini a una celda asfixiante, pero entre esa muestra de fuerza y la versión jamás desmentida de que en la calle andaba calzado con dos pistolas de grueso calibre, nadie volvió a molestar al escruchante. Todo lo contrario. Jorge Villarino, alias el rey de las fugas, un personaje legendario que se había escapado de todas las prisiones, lo invitó a integrar su equipo de fútbol. Villarino era “caño” y Frattini era “llave”, pero igualmente se llevaron bien. Frattini era muy hábil con la pelota, y el pistolero le tomó cariño. Jorge, usted no es ladrón, le dijo una vez. Sonaba a ofensa, y por mucho menos Villarino le habría quebrado la cabeza a cualquiera. El ladrón verdadero no pide la guita, la roba—dijo Frattini sonriendo como si explicara un acto de magia—. Usted encañona y la pide. En cambio, yo simplemente la robo.

Eran otras épocas. Prácticamente no existía la droga y se respetaban ciertas reglas de honor interno. Cuando escuchábamos que un ladrón moría en la calle se apagaba la radio, no se oía música y guardábamos luto en Devoto —cuenta—. Hoy no hay respeto ni códigos. Hay paco. La droga y la corrupción pudrieron todo. El escruchante presenció fugas y peleas, y salió libre en 1955. Intentó una y otra vez que su padre lo aceptara nuevamente en su casa, porque adoraba a su madrastra y a sus hermanas. Pero siempre el hombre se interponía y le cerraba la puerta en las narices.

Más allá de esa picaresca del ladrón elegante que Frattini encarnaba, el chico real trataba de no caer al otro lado de la línea, pero era también un barrilete sin cola y la correntada del destino lo devolvía una y otra vez a las cerraduras y a las alhajas. Regresó a Devoto dos años más tarde. Pasó luego a la Penitenciaría de Las Heras y después al penal de Santa Rosa, donde encabezó un motín por una injusta golpiza que los guardiacárceles le habían propinado a un camarada. Cuando recuperó la libertad se dedicó a pulir hasta la perfección el arte del escruche. Operaba en las zonas de BarrioNorte, Palermo y Caballito.

Lo hacía de 13 a 16, sin francos, desvalijando departamentos lujosos y casas solitarias. Tenía, de vez en cuando, algún tropiezo: una vecina que volvía antes de tiempo o un portero empeñoso. Pero la cosa no pasaba de un empujón y una corrida. Los amigos de la calle Libertad pagaban bien la reventa, y Frattini se compró trajes caros y un Cadillac convertible.

Para ese entonces había podido ahorrar un millón de pesos, y pensaba seriamente en invertir en un negocio legal y abandonar el yeite. Pero la ambición lo perdía, y no lo dejaba soltar ese fierro caliente: cuando no robaba se sentía culpable, como si estuviera en falta. Como un trabajador adicto que sufre en los fines de semana largos. Cuando Dios da un don da un látigo, dice el refrán, y suena a herejía en este caso. Pero es que los caminos de Dios son misteriosos.

Frattini andaba de novio con una mujer a quien le decía que era un próspero comerciante. Y estuvo incluso a punto de creérselo: quería casarse. Una tarde iba para el cine pero no pudo con su genio y entró en un departamento de Moreno y Piedras. Había efectivo y joyas, y un valioso reloj de bronce sobre la cómoda. En eso estaba cuando seis policías irrumpieron en el lugar y lo detuvieron. Te salvaste porque no llevabas encima ni un cortaplumas, le dijeron. Si lo hubiera portado no contaba el cuento: Te boleteábamos. Le estuvieron dando puñetazos y patadas tres días. Perdió la novia, el Cadillac y los ahorros, que fueron a parar a sus abogados. Terminó en Devoto, donde lo recibieron con apremios ilegales y con treinta días en solitario, a pan y agua, y con un frío paralizante.

Carlos Frattini
Cuando llegó al pabellón, se acomodó como pudo y comenzó a hacer retratos. Los presos le daban la foto de la novia o de la madre, y le pedían un dibujo. Frattini les cumplía y canjeaba sus retratos fidedignos por alimentos. Junto con un amigo comenzó a enviar cartas al correo de una revista brasileña.

Lo hacía por diversión y para levantarse chicas. Firmaba Carlos Alberto del Solar Frattini y decía que era estudiante del barrio de Devoto. Las respuestas que venían eran escandalosas.

Hubo un momento en el que algunas mujeres se les declaraban enamoradas, y había que decirles que ellos estaban presos. Eso no hacía mella, sin embargo, en el corazón femenino.

Al salir, Frattini fue en busca incluso de una de ellas. Eran romances postales pero romances al fin. Viajó a Uruguay para eso, y para hacer de paso algunos “trabajos”. Cuando salía de un chalet lujoso lo esperaba un pelotón de policías orientales. Se lo llevaron, lo pusieron sobre el elástico desnudo de una cama y le dieron horas y horas de picana eléctrica.

Estuvo tres meses preso y al regresar a la Argentina conoció a Graciela, una mujer en serio, y se casó con ella a fines de 1968 con la idea de abandonar la mala vida.

No tuvo, por supuesto, la voluntad para hacerlo. Y hasta aprovechaba las vacaciones playeras con ella para robar chalets y mansiones en la Costa. Finalmente, cuando la comedia fue insostenible y ella quedó embarazada, Carlos le dijo a Graciela la verdad. Su esposa estuvo todo un día en silencio, tratando de asimilar el golpe, y al final le dijo que lo amaba pero que debía ponerle fin a su carrera.

Al nacer su hija Clara, la presión por enmendarse aumentó. Una mañana, leyendo el diario, Carlos descubrió una nota titulada “Émulos de Raffles”, donde se lo acusaba con nombre y apellido de haber robado dos joyerías. No era cierto, pero parecía que toda la policía del país lo andaba buscando. Estuvo escondido un tiempo, lleno de paranoias, y luego volvió a las andadas. Su mujer no preguntaba demasiado: Frattini robaba casas en Buenos Aires, en Mar del Plata y en Punta del Este. Tuvo dos años de “trabajo” intenso y aunque lo capturaron dos veces, pagó a los policías bajo la mesa y siguió adelante.

Pero la tercera fue la vencida: un comisario que quería ascender ordenó picanearlo hasta dejarlo agonizante. Seguían con la idea de que había cometido el robo más grande de la década. Los investigadores de todas las brigadas desfilaban para verlo como si fuera un animal exótico. Graciela y Clarita, abatidas por la situación, lo visitaban en la sombra. Frattini, muerto de vergüenza, volvió a las ranchadas y a los dibujos.

Fue durante aquellos años en los que Raúl Soldi se interesó por su trabajo de retratista, y cuando al regresar a la calle intentó ser pintor y vivir honestamente de las artes plásticas.

Graciela quedó de nuevo embarazada y dio a luz a un niño: Hernán. Se les venía encima la dictadura militar, y Frattini no podía mantener a su familia vendiendo un cuadro por mes.

Le dijo a Graciela que lo había contratado una inmobiliaria y volvió a los llaveros. Y después de un sinfín de desventuras, a la comisaría, a la picana, a las palizas y a la cárcel por grave reincidencia. La condena era inapelable: once años de prisión. Frattini le pidió perdón por última vez a Graciela, y ésta llevó a los chicos a la segunda visita, les pidió que se despidieran de su padre y cuando Carlos vio que se iban se dio cuenta de que lo hacían para siempre. Las rejas se cerraron, y el escruchante tuvo la lucidez de entender que había perdido a su familia, y que no tenía nada. Que la suma daba cero.

La soledad que había sentido aquellos primeros días de su infancia, y que no lo había abandonado nunca, se había hecho profunda, amarga y lacerante. Tenía que remontar el larguísimo, interminable encierro, y tenía que hacerlo como Cristo en su calvario, sin ahorrarse ningún paso.

No se ahorró nada. Vivió su penitencia en esa catedral de la miseria, el vicio y la crueldad. Y fue trasladado al cabo de varios años a la Unidad 9, un penal federal de máxima seguridad que queda en Neuquén. Viejo y domesticado, sin el glamour ni la picardía ni los ánimos de antes, Frattini fue puesto en libertad un día, beneficiado por su buena conducta. Lo dejaron en esa ciudad desconocida. No tenía más que un bolsito y un número de teléfono: Graciela le respondió que no quería verlo más. Carlos se hizo cocinero y dibujante, buscó y buscó un trabajo estable y jamás volvió al robo ni al hurtoLa policía lo acosaba cada tanto y le quería colgar algún sanbenito, pero Frattini se mantuvo limpio y fuera del asunto. Le negaban un empleo en cualquier empresa privada y una vez estuvieron a punto de contratarlo como portero de un edificio.

¿Quién mejor que un escruchante redimido para esa faena? Pero sus antecedentes le desbarataban todos los deseos. Hizo amigos decentes y verdaderos en la Patagonia y a la primera de cambio viajó a Buenos Aires en micro y trató de que le permitieran ver a Clarita. Tampoco lo consiguió. Le dejó un ramo de flores en el umbral de su casa y al día siguiente volvió a la carga: sabía que estudiaba en un secundario comercial cercano a una boca del subte. Recorrió todas las escuelas de la Capital que estaban cerca de alguna línea subterránea. Preguntaba y preguntaba, y nadie la conocía. En Plaza Lezica, unos jubilados le hablaron de un colegio a cinco cuadras de la estación Río de Janeiro de la línea A. Estoy buscando a mi hija —le dijo a la directora—. Hace casi siete años que no la veo. Vengo desde Neuquén solamente para verla. La portera trajo a Clara Frattini a la dirección. Carlos no podía abrir la boca. Su padre quiere hablar con usted, dijo la directora.
La chica posó sus ojos en Carlos y le dijo: Hola, papá. El curtido ladrón de casas se quebró en un llanto largo y la abrazó: Nunca quise abandonarlos, te lo juro —le decía—. Te lo juro.

Lo conocí a Carlos Frattini cuando yo era todavía un cronista policial de paso por el sur. Estuve cinco años viviendo en esa ciudad, y cuando leí su testimonio, conocí a la gente que lo quería y vi los dibujos que trazaba, sentí una irresistible simpatía por aquel perdedor. Durante años planificamos un libro que nunca escribí, y que iba a tratar de explicar, sin justificación alguna, cómo la delincuencia se forja en la primera niñez y por qué luego se transforma en un laberinto sin salida. Frattini me enseñó de paso muchas cosas sobre ese mundo lleno de héroes y canallas. Donde a veces los héroes hacen grandes canalladas y los canallas son capaces de actos heroicos. Donde en ocasiones, no se trata de una lucha de buenos contra malos. Sino de malos contra peores. Y donde las cosas nunca son lo que parecen.

Se enamoró de una viuda con hijos llamada Cristina, y tardó mucho en atreverse a revelarle su pasado. Cristina lo aceptó tal como era: ahora sus nietos le dicen “abuelo”. Carlos lleva 25 años alejado de las cárceles y de los robos, 18 años de feliz matrimonio y 12 años de empleado ejemplar del Patronato de Liberados de Neuquén. En esa dependencia oficial, durante los primeros tiempos, Frattini se reunía con reclusos y ex convictos. A todos trataba de convencer de que el delito era mal negocio. Les mostraba, como si fuera una ecuación matemática, que en esas actividades se perdía más de lo que se ganaba, y que eso ponía en discusión quién era verdaderamente el vivo y quién era un gil.

Hizo varias exposiciones con sus dibujos sombríos y a la vez vivaces, su cuadro Mesa de café estuvo colgado en el Palais de Glace y ahora intentan hacer un documental sobre su periplo.

No fuma, no bebe, está a punto de cumplir 78 años, se siguió viendo con su hija Clarita y hace unas semanas recibió una llamada sorpresiva. Su hijo Hernán, que jamás había querido verlo, telefoneó a su casa de Cipolletti. Frattini hacía rato que había perdido las ilusiones. Los mensajes que le enviaba a través de Clara caían en saco roto y Carlos no quería forzar ningún encuentro. Después de 33 años de silencio y ausencia, Hernán le dijo: Mirá, papá, hay cosas que todavía no me cierran de vos, pero nos vamos a ver. Sólo que me tengo que preparar. Frattini, con lágrimas en los ojos, le respondió: Yo tengo toda la culpa. Toda, toda. De lo único que no tengo la culpa es de haberte abandonado, hijo. Porque no te abandoné. Creémelo. Hernán le dijo simplemente que lo volvería a llamar. Cuando colgó, Frattini se quedó mudo, mirando la pared. El precio es tan alto. Es tan alto que no hay negocio que lo pague, muchachos. Si ahora pudiera retratarse a sí mismo, con aquella pericia que Soldi tanto admiraba, Frattini se dibujaría en esa misma posición. Taciturno. Esperando aquella llamada que no termina de llegar.

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