martes, 24 de enero de 2017

Publicar un libro es liberarlo, dejarlo hacer su propio camino

Por Cristian Vázquez

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Un día de 1947, Jozef Odi, exprisionero y por entonces guardia de Auschwitz-Birkenau, encontró algo extraño en los cimientos de uno de los barracones de lo que había sido el campo de concentración. Era una botella.

Dentro de la botella había 22 hojas con dibujos que retrataban el horror: la llegada de la gente deportada, la separación de las familias, los trabajos forzados, los maltratos físicos, el traslado hasta las cámaras de gas, las ejecuciones. Es —junto con las fotografías tomadas a escondidas por el Sonderkommando y las del llamado álbum Lili Jacob-Meier— uno de los documentos iconográficos más valiosos para conocer lo que sucedió en aquel sitio infame.

Del autor de los dibujos se sabe muy poco. Apenas que firmó sus obras como “MM”, que las habría realizado en 1943 y que habría pertenecido a varios grupos de trabajo, como los que ordenaban la llegada de los nuevos prisioneros y los del hospital del campo. Y que se puso a un enorme riesgo al realizar estos dibujos, ya que si los nazis los hubiesen descubierto le habrían significado una muerte inmediata. El último quedó sin terminar. Quizá fue trasladado a otro campo y, como no podía llevarse sus obras con él, las escondió allí. Quizá murió y otra persona ocultó los dibujos.

Y sabemos una cosa más: que hizo todo lo posible por que su obra se conservara, que su mensaje llegara a otros, aunque él mismo no supiera a quién, aunque él mismo no estuviera allí para disfrutarlo. En 2014, el Museo Estatal de Auschwitz-Birkenau lo publicó bajo el título de El cuaderno de bocetos de Auschwitz. Uno de esos dibujos ilustra este artículo.

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En su novela Nocilla Dream, de 2006, Agustín Fernández Mallo incluye, entre otras muchas historias, la de una poeta estadounidense llamada Hannah, que paga de su bolsillo una edición de 2 mil ejemplares de su poemario New Directions y los dedica uno por uno de su puño y letra: “A quien lo haya encontrado. Ahora, si quieres, ya puedes tirarlo. Afectuosamente, la autora, Hannah”.

“Después —dice el narrador—, en sucesivas semanas, de día y de noche, los iba tirando por la calle, en las aceras, debajo de los coches, o los dejaba en las estaciones de metro, autobús, o aeropuertos, acción que desarrolló durante tres meses por todas las ciudades importantes de los estados que rodean al de Utah”.

La autora documenta el proceso porque lo considera arte conceptual. Sin embargo, “la circunstancia importante, la que cambiaría su vida”, no tiene nada que ver con el arte conceptual, sino con el hecho de que un hombre llamado Ted encuentra uno de los ejemplares en un restorán de comida rápida, se enamora de la foto de Hannah en la solapa y se propone encontrarla.

Hace unos años, un escritor que conozco replicó este experimento, aunque en una escala bastante menor. Tomó una decena de sus libros, los dedicó y dejó sus datos de contacto en la primera página y los “liberó” en distintas estaciones del metro de Madrid. No obtener respuesta alguna lo desilusionó un poco. Cuando le pregunté si se había basado en la historia de Nocilla Dream, me dijo que había leído la novela, pero que no recordaba en absoluto esa subtrama. La memoria y la literatura tienen estas cosas.

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La acción de “liberar libros” comenzó a popularizarse en 2001, a través de la creación de la web BookCrossing. Lo que es menos común es que sean los propios autores quienes se ocupen de “liberar” sus libros. Se trata, en cualquier caso, de un esfuerzo más en busca de que los libros lleguen a sus lectores. O a su lector. Supongo que con que haya una sola persona a la que un libro le llegue, un libro cuya lectura aporte y represente algo especial en su vida, ese libro y su autor pueden darse por satisfecho. Si además, como en la ficción de Fernández Mallo, ese lector se enamora y encuentra a la autora y también cambia la vida de ella, ¿qué más se podría pedir?

Cuenta el editor Mario Muchnik que, en una conferencia dictada en España, el escritor albanés Ismaíl Kadaré pronunció la siguiente frase: “Estamos habituados a vivir con la velocidad de la ciudad, pero la literatura vive con la velocidad de los astros”. Es decir: para entender mejor la literatura, tenemos que despojarnos del ritmo frenético de la urbe y acoplarnos al de los fenómenos celestes, distanciados por décadas o siglos o milenios unos de otros.

Es en esos términos como conviene esperar que un libro encuentre a sus lectores, o a su lector. Sin dejarse ganar por la impaciencia del marketing, las listas de novedades o los rankings de los más vendidos. Quizá los ejemplares “liberados” por su autor en el metro de Madrid siguen buscando a su lector; tal vez alguno ya lo encontró, pero este no tuvo (todavía) ganas de contárselo. Es posible que el autor —ese o cualquier otro— nunca sepa si su obra dio o no con su lector, como no lo supo el enigmático “MM” que dibujó el horror de Auschwitz. Por fortuna, el oficio de la escritura ejercita la paciencia.

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El propio Fernández Mallo, en Nocilla Experience (publicada en 2008, es la segunda parte del Proyecto Nocilla, que se completó al año siguiente con Nocilla Lab), al referirse a la expansión del universo, habla de “la lógica del náufrago y el mensaje en la botella, que se lanza para que no vuelva”. En algún sentido, el solo hecho de publicar un libro ya es “liberarlo”, dejarlo hacer su propio camino al andar. En un sentido, también, todos los libros son como mensajes en botellas, que se lanzan al mar para que lleguen lo más lejos que sea posible, sin que importe demasiado si ha de obtenerse o no una respuesta.

Ahora mismo, en algún lugar del espacio interestelar a más de 20.000 millones de kilómetros de nosotros, viaja la sonda espacial Voyager 1, el objeto de realización humana más alejado de nuestro planeta. Lanzado por la NASA en 1977, lleva en su interior un disco de oro, de 30 centímetros de diámetro, donde hay grabados saludos en 56 idiomas humanos, una treintena de canciones (entre ellas, “El cascabel”, del mexicano Lorenzo Barcelata), sonidos animales, el latido de un corazón, el oleaje, un martillo neumático, el crepitar del fuego, un trueno y el beso de una madre. También incluye imágenes: diagramas del ADN y del sistema solar, fotos de la naturaleza, arquitectura, mujeres amamantando a sus bebés y atletas compitiendo, entre muchas más.

No me cabe duda de que ese disco de oro —diseñado por un equipo cuyo líder era Carl Sagan— es, a su manera, el libro más formidable que hemos creado los seres humanos. Y lo creamos, precisamente, para meterlo en una botella y lanzarlo al mar, al más grande de todos los mares. Vive, literalmente, con la velocidad de los astros. Es casi seguro que nunca sabremos si halló o no a sus lectores, a su lector. Pero, por supuesto, nadie nos podrá quitar la ilusión de que eso suceda.

© Letras Libres / Agensur.info

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