martes, 3 de enero de 2017

La economía, el peronismo y las elecciones de 2017

Por Pablo Mendelevich
A James Carville, quien era en 1992 asesor electoral del candidato demócrata Bill Clinton, se le atribuye la idea de que es la economía y no otra cosa lo que en definitiva regula el voto de la gente. Pero así como Sherlock Holmes nunca dijo "elemental, mi querido Watson" (que no aparece en las novelas de Conan Doyle ni en ninguno de sus cuentos sobre Holmes y Watson) y Evita nunca prometió que volvería y sería millones (bueno, tampoco Humphrey Bogart reclamó en Casablanca "tócala de nuevo, Sam"), el estratega Carville apenas si balbuceó "es la economía, estúpido", expresión que se le atribuye como la ley de la gravedad a Newton y que lo convirtió en un Chance Gardiner ilustrado.

Al punto de que muy lejos de Washington, en este rincón del Hemisferio Sur, un par de veces el candidato Daniel Scioli contrató sus servicios para que lo ayudase a orientarse (no los servicios de Newton, los de Carville).

Carville apenas había escrito en un cartel colgado en las oficinas de campaña de Clinton tres cosas que no se debían olvidar. La segunda era "la economía, estúpido", enunciada así, sin verbo. Pero en la comunicación política no importa lo que uno dice sino lo que el otro entiende. Y parece que gustó que se tratase de estúpido al que no se da por enterado de que a cualquier John Smith (cualquier Carlitos) de las afueras de Portland, Maine, digamos, la sensación de consumir como lo hacía antes, pagar menos impuestos y vivir sin recesión le interesaba bastante más que la Guerra del Golfo.

Como sea, Carville florece aquí en años electorales. Transpolado en forma literal, cualquiera que lo estime un poco a Macri está tentado de recomendarle que se concentre en mejorar la economía para luego hacer campaña con ella y no, por ejemplo, agitando la nueva ley de Acceso a la Información, la flamante policía porteña o la supresión de feriados. Pero será difícil conseguir un contrato de asesoramiento con la oficina de campaña de Cambiemos para desembarcar esta idea: ya la tienen. Más aún, no sólo los oficialistas la tienen, también los opositores, sobre todo los más iracundos (es decir, los irakundos). Todos, o casi todos, parecen creer hoy que si la economía arranca de manera ostensible (en términos que registre la piel de nuestro propio John Smith, digamos de José González) Macri gana las elecciones y si ocurre lo contrario, las pierde.
Merodea un maleficio: el último presidente no peronista que perdió las llamadas elecciones "de medio término" fue Fernando de la Rua, a quien luego le tocó decir con Julio César "allea jacta est", la suerte está echada (aunque parece que tampoco fue Julio César, como se repite, quien dijo eso en latín, sino Plutarco en griego). Desmenucemos: lo de "elecciones de medio término", expresión glamorosa que finge hábitos seculares, en rigor tiene el mismo origen importado que Halloween, las hamburguesas de un cuarto de libra y el avivador de estúpidos James Carville. En estas tierras lo de celebrar una elección legislativa justo en el medio del período presidencial es tecnología de última generación: apenas llevamos cinco. Que no las perdió sólo el presidente no peronista de 2001 sino también los presidentes peronistas de 1997 (Menem), 2009 (Kirchner) y 2013 (Cristina Kirchner). Hasta hoy sólo las ganó el oficialismo en 2005, cuando Kirchner era el Usain Bolt de la política: cortó amarras de golpe con el socio que le controlaba el congreso, puso a competir a las respectivas mujeres cuerpo a cuerpo, la suya le sacó más de veinte puntos a la madre de las manzaneras y él duplicó su propio caudal electoral de dos años antes (es cierto, aquella había sido la marca más baja de la historia).

La estadística, pues, en esto no sólo es corta sino también inútil. No prueba que ser derrotado en la elección legislativa de la mitad de un mandato presidencial de cuatro años signifique perder el poder de inmediato, perderlo en las siguientes presidenciales o renovarlo luego, porque hay antecedentes para todos los gustos. Lo que sí demuestra la serie es que cambiar el equilibrio de fuerzas del congreso cuesta más que adelgazar después de las fiestas, pero no por una cuestión de voluntad sino de aritmética, dado que el humor social se amortigua al renovarse sólo un tercio del Senado y media Cámara de Diputados en elecciones atomizadas como son, por esencia, las legislativas.

Claro, aunque ya se sabe que en octubre Cambiemos no va a conseguir controlar ninguna de las dos cámaras, no es lo mismo si el gobierno gana que si pierde. ¿Y eso depende de la economía, estúpido? La economía no es una habitación hermética. Los diarios, para poder confeccionarse y ser leídos, distribuyen y clasifican todo en secciones, pero la realidad se presenta menos compartimentada, más amalgamada, a menudo con fronteras borrosas. La marcha de la economía, por caso, requiere de leyes que necesitan acuerdos, que precisan participación peronista. Y el peronismo, cuyas vertientes en 2016 se confirmaron dinámicas, para decirlo con elegancia, es mayoría en ambas cámaras.

En el momento de decidir el voto de cada uno la economía será determinante, pero antes de eso, o casi a la vez, se necesitará saber si la suerte judicial está echada o no para Cristina Kirchner y si el grueso del peronismo termina de soltarle la mano, dónde se para Sergio Massa respecto -otra vez- del peronismo y dónde se sienta Lilita Carrió en Cambiemos. Desde ya que domar la inflación, sobrellevar con baja conflictividad las paritarias y bajar el défict fiscal sin costos sociales altisonantes harán a la relación con el sindicalismo y las organizaciones sociales, una vez más, peronistas.

No sólo la economía define el partido, que no es un amistoso pero tampoco una final. La política, si de ella depende la gobernabilidad, podría disputar el podio, porque en la Argentina las reglas suelen formar parte del juego, una distorsión causada por la ausencia de instituciones fuertes. Quizás si tuviera que colgarlo acá, Carville dejaría segundo, en su cartel, lo de la economía. Primero habría que sumar algo sobre el camino a las elecciones en esta democracia sin partidos sólidos, en la que el peronismo multifrontal reclama siempre el centro de la escena y tiene con qué.

© La Nación

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