lunes, 19 de diciembre de 2016

Recuerdos del huracán (*)

Por Nicolás Lucca
(Relato del Presente)

Diciembre inició caldeado. Desde el primer día hábil del mes nadie pudo sacar más de 250 pesos de ningún cajero automático. Luego lo llevaron a 300, como para que la gente se quede conforme recibiendo migajas de lo que era su dinero. Por aquel entonces yo era un novato empleado judicial de la provincia de Buenos Aires, por lo que la restricción me importó poco y nada: percibía mi sueldo en patacones.

Al vivir en Baires, ir a laburar a diario a Lomas de Zamora era toda una aventura. Todavía hoy lo es pero el Camino Negro de 2001 era algo que realmente hacía honor a su nombre. Carente de luces, angosto, con semáforos de decorado y caballos que cruzaban a buscar pasto del otro lado. Ahora que lo pienso bien, no cambió mucho, sólo lo ensancharon.

Lunes 17 de diciembre de 2001. Al llegar al laburo encuentro los partes preventivos del juzgado de al lado –informes mal redactados y con errores de ortografía que envían desde las comisarías cuando toman parte de un hecho– entre los cuales había uno que me llamó la atención: habían saqueado tres supermercados. Y cuando digo saqueo, me refiero a la mayor dimensión posible. No habían dejado ni los motores de los refrigeradores. Lo que podían llevarse, lo llevaron. Lo que no, lo rompieron. El desprecio por el laburante era notorio y así comprobamos que lo que había pasado unos días antes en Rosario –siempre picando en punta– se generalizaba en todo el país. Finalizada una jornada sin mayores problemas emprendí mi vuelta a casa. Camino Negro ya no estaba tan negro. Una sucesión de fogatas había iluminado el trayecto desde Larroque hasta el puente de La Noria y la gente se congregaba alrededor de las mismas. Sin cortar la ruta. Presentes, nada más.

Martes 18. Al tomar el camino hacia la parte de Banfield que nadie quiere conocer se ve que las fogatas se multiplicaron. La gente, también. En el juzgado las caras de preocupación abundaban. El secretario comentaba la cifra del riesgo país que había escuchado en el programa de la medianoche anterior de Daniel Hadad. El Oficial Mayor llamaba al levantador de quiniela para jugar las cuatro cifras del riesgo país. Perdió.

Miércoles 19 de diciembre de 2001, siete de la matina. Las fogatas de Camino Negro se convirtieron en piquetes que restringían el tránsito a un sólo carril por mano. La mirada amenazante de la muchachada intimidaba a cualquiera. Al llegar al Juzgado, el Secretario me sugiere sutilmente que soy un pelotudo y me pide que me retire de modo inmediato a mi hogar hasta nuevo aviso.

Tarde.

Había ingresado en un agujero de gusano para luego aterrizar en una realidad paralela en la que el mundo era dominada por los Morlocks. Camino Negro ardía. La Policía que hacía como que tenía ganas de poner orden era corrida con fuego. De verdad. Opté por la opción más suicida, por lo que me metí con mi auto por Villa Albertina rumbo a Camino de Cintura. La radio transmitía constantemente las novedades del momento mientras yo me sumía en una hilera eterna de automóviles en un viaje de turismo aventura. Fue en ese momento en que un hombre golpea la ventanilla de mi auto y me ofrece tres conejos por diez pesos. Los exhibía. Estaban recién carneados.

En Camino de Cintura el panorama no era muy distinto, pero al menos se podía circular a paso de hombre. Al llegar a La Tablada, escuché por radio a un locutor afirmar que los saqueos eran producto del hambre, mientras mis propios ojos veían como del Auchán ubicado a mi derecha retiraban televisores, equipos de música, microondas y otros electrodomésticos. Supuse que de tanto hambre la gente se había acostumbrado a comer placas de video, microchips y cables, y continué viaje esquivando patrulleros, carritos de supermercado, cubiertas incendiadas y otros obstáculos. Ocho horas después de salir de Lomas de Zamora conseguí llegar a Flores para encontrar un contestador automático –chicos, si no saben qué es, pregunten a papá– plagado de mensajes de mi viejo pidiéndome que me raje a Mar del Plata. Sorpresa: estaba una amiga de entonces en casa. Ella vivía en San Miguel, bondis no había y el tren era lo más parecido a un suicidio. Tomé nuevamente el auto.

La puta radio contaba que el Congreso seguía aprobando leyes -–iban más de quinientas en una semana– y los movileros daban cuenta que la marea de saqueos alcanzaba a todo lo que considerábamos civilización. Llegué a Panamericana, pero duré poco: habían dado vuelta un camión frigorífico y varios cargaban en sus hombros una media res, mientras dos pibes parados en la caja del camión volcado disparaban sus pistolas al cielo. Avenida Márquez fue un gran error: otro grupo de zombies cometransistores saqueaban un camión de la cadena de electrodomésticos Rodó, mientras los patrulleros pasaban a la mayor velocidad posible con rumbos más urgentes. Eran escenas que no volví a ver hasta la llegada de The Walking Dead, cuando los sobrevivientes dejan tirados a los que ya cayeron para ir en ayuda de los que todavía no lo hicieron.

Los informes del tránsito que vomitaba la radio se podían resumir en “todos moriremos a la medianoche”. Ante la ausencia tecnológica de GPS, se armaba el mapa mental de acuerdo a las noticias de los saqueos: piquete en Márquez y Roca, vuelta en “U” y derechito hasta Márquez y Libertador. Medio conurbano después, al tomar Libertador la radio informa que están incendiando un ovni en el ramal Tigre de la panamericana, por lo que se sigue por donde se puede hasta ruta 197. Despejado. Fantástico. Derecho hasta ruta 8. No, están saqueando un mayorista. Vuelta en U hacia Panamericana. Autos en contramano por la autopista. Me sumo, no más, que en la mano correcta interceptaron un camión de vacunos y están guiando a los animales hacia los mataderos hogareños.

Luego de dejar a la señorita en su hogar, siendo ya de noche, la radio escupe que De La Rúa, rápido de reflejos, decretó el estado de sitio 72 horas después del inicio de los incidentes. La cámara de diputados le respondió con la eliminación de los superpoderes, mientras una ignota senadora por Santa Cruz iba más lejos y le exigía democráticamente la renuncia. La volveríamos a ver un par de año después.

En los parlantes del auto se escucha “a partir de este momento transmite LRA1”, algo que hoy nos parecerá muy normal, pero en aquel entonces era una señal de gravedad. De La Rúa nos cuenta que la culpa es de todos y que pronto retomaremos el camino del crecimiento. Subir a la panamericana de regreso fue lo más parecido a Mad Max que pude presenciar en mi vida. Autos en llamas, camiones volcados, vacas sueltas y un cielo igual de naranja por delante por una puesta de sol que emulaba al naranja de atrás, producto de las fogatas. No había información que no fuera política y policial. Cero servicio. Solos, sin Estado, sueltos en una calle anárquica.

Avenida Lugones. Bajar en la 9 de Julio era el suicidio asegurado y Buenos Aires flotaba en furia. El puerto oscuro en la medianoche parecía un camino paradisíaco. Mientras en Plaza de Mayo se congregaba cada vez más gente, una oficina de Comodoro Py permanecía iluminada. Servini de Cubría estaba de turno. La radio nos avisa que Cavallo acaba de renunciar justo cuando la autopista a La Plata me aleja del caos rumbo a Mar del Plata, que al lado de Buenos Aires parecía un oasis. Ya era la madrugada del 20 de diciembre.

Volver a Baires era más divertido. De la Rúa había renunciado y Adolfo Rodríguez Saá era Presidente. Anunció el default, fue aplaudido por todos, desfiló por programas de televisión, escribió petrólio en vez de petróleo, y a Matilde Menendez ni la llegó a nombrar. La gente se pone nerviosa, el PJ no se calma, el Adolfo convoca a una reunión urgente de gobernadores peronistas. Reutemann y Kirchner pegan el faltazo. Curiosidades de la vida: Kirchner fue uno de los que había sugerido la cumbre. El Adolfo renuncia. Año nuevo nos trajo como regalito a Eduardo Duhalde de Presidente y los reyes magos nos ofrendaron la devaluación asimétrica el 6 de enero.

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(*) El texto precedente lo escribí el 19 de diciembre de 2011. No soy de recordar esos tiempos muy a menudo, dado que no los tengo almacenados con cariño. Esto de salir a la vida cívica (tenía 19 años en 2001) con una crisis terminal, no es algo que uno quiera celebrar. Sin embargo, los aniversarios redondos nos obligan, sin quererlo, a rememorarlos. No estoy de acuerdo con que haya sido la peor crisis económica de la historia argentina. Quizás los números son crueles, pero el impacto de aquellos tiempos fue aún mayor porque la crisis económica se conjugó con la crisis social y la crisis política. El voto bronca fue la estrella del país tan sólo dos meses antes de la caída de De La Rúa. El “que se vayan todos, que no quede uno solo” se convirtió en el hit del verano y el cartoneo era la salida laboral más pujante.

Durante todos los años siguientes, muchos sostenían que estábamos mejor. A mi humilde entender, creo que nos habíamos acostumbrado. La crisis económica no terminó nunca, ni siquiera en los papeles y hasta el mismo congreso la prorroga año a año, haya recesión o tasas chinas. La crisis política jamás pasó de moda y no es tan solo patrimonio del peronismo. La ensalada entre los opositores de ayer, los siempreoficialistas y los veletas de turno sigue vigente como si de un deporte se tratase.

La crisis social nunca se fue y ni se calentaron en combatirla. Comprar a los piqueteros no dio resultado, sólo permitió que haya una fuerza de choque paraestatal que permitiera recuperar la Plaza de Mayo. Nunca mermó el odio hacia el que tiene lo que otro desea. La violencia delictiva es fruto de este odio, más allá de la droga, la pobreza, la educación y el resto de las boludeces que digan los progresistas de cotillón para justificar al delincuente frente a la sociedad que lo margina. El deseo sin medios para satisfacerlo se sumó a la permisividad del Estado, culposo de reprimir lo que no puede evitar. El saqueo de 2001 se institucionalizó y ya no es necesaria una horda para vaciar un supermercado. Cualquier pibe es una pyme saqueadora en potencia y cualquier boludo que circule por la calle y aparente llegar a mitad de mes, es una fuente de producción.

Durante el kirchnerismo nos mostraron informes de pobreza de aquel fatídico 2001 para atemorizarnos. No hacía falta ir a buscarla a ningún archivo cuando alcanzaba con filmar el Paseo Colón de noche. A lo largo de la larga década ganada, los salariazos de las paritarias apenas alcanzaron para correr atrás de la inflación reconocida. Pocos sindicalistas se quejaron. Casi nadie de los que hoy reclaman por ganancias se quejaron demasiado de que el salario mínimo de 2015 tuviera un 30% menos de poder adquisitivo real que el de diciembre de 2001.

A quince años del caos inicial hace falta la implementación de planes sociales para paliar infructuosamente la miseria de los sectores más vulnerables. 783 semanas transcurridas y la pobreza nos sopapea en cada esquina, debajo de cada puente, en el pasillo de cualquier subte. Cinco mil cuatrocientos setenta y nueve días y todavía utilizan los números macroeconómicos para decidir si estamos bien o estamos mal, mientras la desnutrición, la delincuencia y la falta de oportunidades continúan en su costumbre de hacer estragos. Sin embargo, varios pibes que por aquellos años ni se enteraban de qué sucedía puertas afuera de sus departamentos y hoy creen que salimos volvimos a un infierno que nunca conocieron y nos putean por no entender lo bien que estábamos hasta diciembre del año pasado. Mientras tanto, se mueren de ganas de que haya saqueos y muertos, lo que demuestra que esa estadística que dice que el 19% de nuestra población consume algún medicamento psiquiátrico, sólo demuestra que el 81% restante jamás pisó un consultorio.

A grandes rasgos, nada cambió. Nada. Sólo nos acostumbramos. Treinta y nueve muertos y cientos de heridos al pedo. Quince años al pedo.


Lunedi. Una buena mentira maquillada, no deja de ser una falta de respeto, un chamuyo en continuado, un relato del presente.

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