domingo, 18 de diciembre de 2016

Para calmar diciembre: ¡31 días feriados!


Por Pablo Sirvén

Habría sido una jugada maestra del presidente Macri haber incluido el 10 de diciembre en el calendario de feriados. Éste era el año ideal para hacerlo: no habría tenido el menor costo económico ya que cayó en sábado.

Esa fecha no sólo tiene una importante connotación internacional por ser el día de los derechos humanos -en conmemoración a que, en esa fecha de 1948, la ONU aprobó la Declaración Universal que reclamaba su vigencia-, sino que además guarda una alta significación histórica a nivel nacional: es la jornada en la que, desde 1983, se hace la transmisión normal del mando entre un presidente y otro.

Haber agregado como feriado el 10 de diciembre daba pie para que el proyecto del Poder Ejecutivo recientemente enviado al Congreso con el plan de jornadas no laborables de 2017 suprimiese el nefasto y contradictorio feriado del 24 de marzo, que recuerda el día en el que, en 1976, comenzó la última y más sanguinaria dictadura militar.

Entre tantas arbitrariedades y locuras, no llama la atención que el gobierno de Cristina Kirchner, en 2010, haya instituido como excéntrico feriado tan negra fecha. No se le ocurre a Alemania conmemorar todos los años con un magno asueto la entronización de Adolf Hitler ni a España hacer lo propio con el asalto al poder por parte del generalísimo Francisco Franco. Lo que sí llama poderosamente la atención es que entidades de derechos humanos hayan aceptado ese feriado en vez de apoyar, justamente, el del 10 de diciembre, fecha en la que, hace 33 años, llegó a su fin el Proceso de Reorganización Nacional. Y, de paso, convertir ese día en una fiesta de la democracia por partida triple por: 1) la clausura de la era de los golpes militares, jornada más que adecuada para reponer allí el Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia; 2) la celebración por la jornada mundial de los derechos humanos, y 3) la posibilidad de una confluencia multipartidaria, ya que en distintos 10 de diciembre asumieron Raúl Alfonsín, Carlos Menem, Fernando de la Rúa, Cristina Kirchner y Mauricio Macri.

Lamentablemente, la única variante nimia que introdujo el actual presidente respecto del próximo 24 de marzo es cambiar su condición de feriado fijo a movible (irá a un lunes cuando caiga de martes a viernes). Encima, ya está pagando el costo por tan intrascendente decisión: Estela de Carlotto salió a pegarle con el argumento de que el Gobierno pretende así desmovilizar las marchas (que nada impediría trasladar a los 10 de diciembre) y banalizar con fines de semana largos (como si no los hubiese habido -encima con feriados puente, que serán suprimidos- cuando reinaba Cristina Kirchner y sus usinas de comunicación se ufanaban de las rutas atestadas hacia los centros turísticos sin importarles el aniversario videlista).

Hay, todavía, una razón más para hacer del 10 de diciembre un nuevo feriado: dotar a este último mes del año, que muchos se han aplicado en volver endemoniado, de más jornadas de descanso que actúen como sedantes y "cortafuegos" de esas sistemáticas operaciones para poner patas arriba el tránsito, con protestas y cortes de todo tipo, más el fantasma siempre latente de disturbios aún más graves que ya hemos sufrido hacia fin de año de otras épocas (saqueos, amotinamientos policiales y hasta refriegas con heridos y muertos).

Pudo comprobarse ese gran efecto tranquilizador en el reciente fin de semana largo. Hasta el último día hábil anterior a su comienzo, distintas zonas clave de la Capital Federal parecían una olla a presión. Llegó el jueves 8 y durante cuatro jornadas, Buenos Aires disfrutó de una bienvenida calma pueblerina y fue una delicia transitarla. Muchos aprovecharon para descansar en sus casas y otros cuantos emprendieron el éxodo a la costa, con el plus de tonificar turísticamente una temporada estival que viene precedida de recesivos augurios.

Afortunadamente, también se tomaron un respiro los dirigentes que pergeñan esas acciones desestabilizadoras no sólo de los gobiernos, sino de las sociedades, ya de por sí estresadas por el aceleramiento natural que implica cumplir con una cantidad de obligaciones antes de que termine el año y llegue enero con su habitual parsimonia reparadora.

Como una ironía, dije hace unos días en el programa Terapia de Noticias, que emite LN+, que la manera de abuenar a diciembre de una vez por todas sería declarar feriados sus 31 días. Como eso, claramente, es un disparate y no es posible, al menos estaría bueno, para contribuir a cortar las operaciones de malestar callejero en las que se empeñan tantas manos negras, agregar a los feriados del 8 y de Navidad y Año Nuevo (que este año, para desdicha de todos, caen en fin de semana) el del 10 de diciembre, que tiene amplias justificaciones para entrar en la programación anual de feriados.

Los más veteranos guardamos recuerdos entrañables de los diciembres de nuestra infancia, cuando la mayor preocupación era saber cuán larga serían las colas para ver a Papá Noel, en Harrods, y a los Reyes Magos, en Gath & Chaves. Recuperar el espíritu navideño es una tarea de todos.

© La Nación

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