sábado, 5 de noviembre de 2016

Peste negra

Por Manuel Vicent
La peste bubónica fue una pandemia que asoló Europa en el siglo XIV. La trajeron desde Oriente las pulgas de las ratas en los barcos que venían de la ruta de la seda. El contagio de la bacteria, la yersinia pestis, se producía por picaduras de estas pulgas, que solían albergarse en las costuras de los paños sin distinguir armiños de príncipes, estameñas de villanos, sagradas vestiduras de clérigos o harapos de mendigos.

La pandemia acabó con la mitad de la población europea. El látigo de los flagelantes bajo el canto de la sibila fue la propuesta de la Iglesia para aplacar la ira divina, que se manifestaba en los ganglios de las ingles, del cuello y las axilas inflamados en forma de bubones y que después de un periodo de fiebre y delirios finalizaban con un vómito negro.

Algunos historiadores opinan que la peste bubónica acabó con el feudalismo e impulsó el Renacimiento, debido a que la extensa mortandad permitió a los supervivientes disponer de carne en abundancia.

Sea como sea, parece que aquella bacteria, bajo distintas formas, no ha cesado de mutar desde entonces a través de nuevas ratas, de nuevas pulgas, no necesariamente censadas en medicina, sino en la cultura, en la política y en la moral.

La bacteria de la peste llegó en medio de la ignorancia y del fanatismo, caldos de cultivo que todavía perviven.

La ropa de los apestados la echaban al fuego y poco después la sustituyeron en la hoguera los herejes y científicos; aquellos vómitos negros no fueron distintos de los ladridos de Hitler y de otros políticos desde las tribunas, pero hoy las pulgas de la peste negra se han refugiado en las costuras de la Red, cuyos enlaces expanden una imbecilidad planetaria con fiebre y delirios en la mayoría de los usuarios, que no cesan de llenar de vómitos todo el espacio.

Nuevas ratas siguen llegando por la nueva ruta de la seda.

© El País (España)

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