martes, 11 de octubre de 2016

Cien años de democracia escarpada

Por Pablo Mendelevich
Los cien años de presidentes llegados al poder gracias al sufragio universal, secreto y obligatorio que se cumplen mañana a partir del ascenso de Hipólito Yrigoyen muestran un camino sinuoso y escarpado hacia la democracia, que en algunos aspectos, aun hoy, sigue esquiva. El más importante, desde el punto de vista institucional, quizás sea la inexistencia de gobiernos continuados con mandatos ajustados a la Constitución y sin traspasos traumáticos. En otras palabras, lo que no se ha conseguido en cien años es que la democracia sea una rutina.

Ciertos detractores de la ley Sáenz Peña se ensañan con la forma en la que se usó en 1912 la palabra universal. Dicen, con razón, que en 1916 sólo pudieron votar los hombres nacionalizados argentinos. La ausencia de las mujeres y de cientos de miles de inmigrantes convertiría la universalidad en una mentira, según ellos, que recién reparó Perón para 1951.

Pero el resultado de la elección de 1916 empequeñece esa interpretación sacada de contexto: no hay duda de que fue gracias a las nuevas reglas electorales, revolucionarias para la época, que Hipólito Yrigoyen se convirtió en el primer líder de masas que llegó al poder. Y si no que lo digan quienes 14 años más tarde lo desalojaron de la Casa Rosada (es una manera de decir, porque en realidad los golpistas de 1930 escogieron para el derrocamiento un día en el que el presidente se había quedado en su casa con fiebre), cuando Yrigoyen llevaba un tercio del segundo mandato, todo para reponer por la fuerza el fraude y los gobiernos conservadores. En total hubo desde 1930 seis golpes de estado consumados, pero a ellos deben sumarse el tutelaje militar de gobiernos civiles, las proscripciones, las autoproscripciones, las presiones desestabilizadoras para voltear gobiernos constitucionales y el desprecio por la alternancia de quienes se apoltronaron en el poder más tiempo que nadie.

El problema no estuvo en los alcances de la universalidad del sufragio. Hubo con el paso del tiempo cuestiones más complejas, repudios, revanchas, mesianismo, fundamentalmente una recurrente dificultad para procesar las diferencias colectivas. Por lo menos eso dio trabajo a innumerables académicos argentinos y extranjeros dedicados por décadas a tratar de entender el origen de las rajaduras y de las goteras de la discontinua democracia argentina. Hasta una parte de las librerías argentinas vive gracias a este continuado de antinomias: primero los conservadores excluyeron a los sectores populares, luego los radicales excluyeron a los conservadores, retornaron los conservadores y dejaron afuera a los radicales, surgió el peronismo y excluyó a todos los demás, irrumpió el antiperonismo y excluyó al peronismo, un día el peronismo (de segunda generación) volvió y nacionalizó, con sangre, su propio revoltijo; vino el militarismo más salvaje y excluyó matando en masa; y más tarde, cuando se creía que extinguidos los golpes militares iba a conseguirse una democracia equilibrada, el peronismo se apareció con una remake de la gran antinomia plantada por Perón en 1945 y hubo que retroceder setenta casilleros.

Veamos la estadística. En estos cien años, desde que asumió Yrigoyen el 12 de octubre de 1916, tuvimos 35 gobiernos ejercidos por 31 presidentes (Perón fue elegido tres veces y Menem y Cristina Kirchner, dos veces cada uno). De los 31, trece fueron dictadores, formalmente llamados presidentes de facto, desparramados en seis dictaduras de variado tamaño. Se realizaron 18 elecciones presidenciales, pero no todas fueron limpias (a Justo y Ortiz los ayudó el fraude) ni exentas de proscripciones (como las de 1931, 1958 y 1963; en 1973, el año de las dos presidenciales, Perón fue puesto fuera de juego en la primera, algo que con reglas democráticas permanentes no habría ocurrido, lo que equivale a decir que Cámpora y Lastiri nunca habrían llegado a presidentes).

Si de Yrigoyen a Macri se hubieran mantenido mandatos de seis años tendría que haber habido 17 presidencias, la mitad de las que hubo. En realidad rigió el mandato de seis años durante los primeros 78 años, con excepción del período 1972-82 (en los hechos 1973-76) debido a la Enmienda Lanusse (las mismas Fuerzas Armadas que achicaron el período presidencial a cuatro años después no le permitieron al tercer gobierno peronista llegar siquiera a completar tres años). En 1994 se volvió a reducir a cuatro, ya que para Alfonsín y para el primer Menem rigió la Constitución originaria: seis años. Todos esos vaivenes complican el cálculo de la cantidad hipotética de presidentes que debió haber habido si en estos cien años hubiera regido sin interrupciones el orden constitucional, aun con sucesos fortuitos como las enfermedades o muertes (como las de Ortiz y Perón, cuyos vices, Castillo e Isabel, debían completar los mandatos, para eso estaban, pero ambos fueron derrocados cuando les faltaba poco para hacerlo). Encima están las ironías de la historia: las dos modificaciones a la Constitución hechas por gobiernos militares (1957 y 1972) fueron respetadas. Más aún, gracias a la de la Revolución Libertadora hoy existe en la Argentina el derecho a huelga. Mientras que el peronismo, que tuvo mayoría en la Convención Constituyente del 94, nunca intentó reponer la Constitución de 1949, supuestamente revolucionaria.

Lo que está claro es que nunca se pudo poner en funcionamiento de manera sostenida, regular, el reloj institucional. La simple sucesión de gobiernos elegidos cada seis o cada cuatro años mediante la ley de sufragio universal, secreto y obligatorio es lo que no sucedió. De las 24 presidencias constitucionales sólo fueron completadas 9. En términos de personas, sobre 18 presidentes elegidos por el pueblo (se excluye a Lastiri, Rodríguez Saa y Duhalde) en cien años apenas fueron siete los que completaron por lo menos un mandato (Yrigoyen, Alvear, Justo, Perón, Menem, Néstor Kirchner y Cristina Kirchner).

Lo más escaso fue la alternancia ordenada. Basta pensar que después de que Perón completó su primer mandato (1952) no hubo ningún presidente que terminara un período hasta Menem (1995). Y para que haya alternancia no traumática el primer requisito es el mandato completo del presidente saliente. La última vez que hubo una alternancia no traumática, lo que incluye la puntualidad, fue en 1999, si bien Menem venía de completar un mandato irregular de cuatro años y medio (para compensar el desbarajuste de 1989) y De la Rua iba a perder el poder dos años después, tras conmemorar (sin algarabía) la mitad de su mandado.

La alternancia de 2015 está más fresca y no hace falta recordar su extravagancia: estuvo en fecha pero igual devino traumática. Una combinación que ni siquiera se produjo aquel 12 de octubre de 1916, cuando el saliente Victorino de la Plaza, veinte segundos antes de pasarle la banda a Yrigoyen, le dijo "mucho gusto": el representante del orden conservador y el del orden popular no se conocían.

También la fecha que se evoca mañana tiene elocuencia por sí misma. El 12 de octubre fue la fecha de asunción de los presidentes en el tiempo en el que se sucedían unos a otros sin disrupciones producidas por asaltos al poder. Los presidentes, desde Mitre hasta Yrigoyen (segundo gobierno) asumían el 12 de octubre. El llamado entonces Día de la Raza puede gustar más o gustar menos, no es ese el punto, sino la regularidad que se perdió con los golpes de Estado, con la finalización caprichosa de las dictaduras (la del 43 impuso el 4 de junio, la de Lanusse inventó el 25 de mayo y el llamado "Proceso" el 10 de diciembre). Sólo Illia en 1963 y Perón en su tercera presidencia repitieron el 12 de octubre, pero nunca se lo pudo recuperar como costumbre. La nueva democracia ni siquiera pudo consagrar el 10 de diciembre que inauguró Alfonsín. Duhalde lo alteró cuando se acortó medio año de mandato, por eso Néstor Kirchner reutilizó el 25 de mayo de Cámpora. Luego Cristina Kirchner repuso el 10 de diciembre y lo repitió Macri, lo que no llega a conformar una serie. Que es lo que anda faltando: series, hábitos institucionales permanentes.

© La Nación

0 comments :

Publicar un comentario