domingo, 3 de julio de 2016

Paso a paso, el kirchnerismo toma distancia de Cristina

El FPV busca pactar una "coexistencia pacífica" con Macri

Por Fernando Gutiérrez

Pocas cosas muestran con tanta elocuencia el momento de debilidad política del kirchnerismo como los tuits escritos por Cristina Kirchner el día de los allanamientos en Santa Cruz.

La parte menos comentada de su mensaje, pero la de mayor importancia, no es el ya habitual argumento de que sufre persecución política de una Justicia y de un Gobierno que quieren tapar ante la opinión pública los efectos del ajuste económico.

De hecho, esa estrategia de autovictimización -adoptada mucho antes de dejar la presidencia- corre serios riesgos de entrar en una etapa de "rendimiento decreciente".

En cambio, el párrafo importante es ese en el que la ex presidenta le envió un mensaje cifrado a sus bases partidarias.

"¿Creerán que de esta manera lograrán disciplinar a la dirigencia política, sindical o social opositora?", se pregunta.

Y, a continuación, se contesta: "Tal vez podrán con algunos, o tal vez con todos".

Ese es, en definitiva, uno de sus mayores temores: la constatación de que esa fuerte base de apoyo comenzó a desdibujarse.

De la aplanadora parlamentaria, nada queda

Pasó apenas un año. Pero parecen lejanísimos aquellos días en los que se pronosticaba que el kirchnerismo le iba a imponer su voluntad a cualquier Gobierno.

Esto, a partir de la fuerza arrolladora de una mayoría parlamentaria que le permitiría bloquear cualquier iniciativa oficial.

Por aquel entonces, los analistas hablaban de la astucia política de Cristina Kirchner, que se había reservado para sí el armado -nombre por nombre- de las listas de candidatos a diputados y senadores por el Frente para la Victoria.

Era, se decía, una manera de asegurarse mantener el poder ganara quien ganase.

Es decir, que aun estando fuera del Gobierno iba a manejar una amplia bancada legislativa que le seguiría siendo fiel pase lo que pase.

Pero ese pronóstico partía -como algunos sospechaban en ese momento y como todos están comprobando hoy- de un análisis defectuoso, ya que desconocía una de las verdades inmutables de la política argentina.

Concretamente, que en el peronismo la única lealtad inquebrantable es a la propia supervivencia.

Esta realidad acaba de ser ratificada de manera contundente en estos días con la aprobación del proyecto de ley del blanqueo de capitales, con el que se apunta a financiar el millonario pago retroactivo a todos los jubilados que están en juicio con el Estado.

Cristina Kirchner había fustigado duramente esta iniciativa, a la que calificó como un "caballo de Troya", ya que dentro de la misma venía escondido un afán reprivatizador del sistema jubilatorio.

Más aun, había realizado una sugestiva advertencia: "Quiero decirle a los legisladores y legisladoras nacionales (que llegaron a sus bancas en las boletas del Frente para la Victoria) que no voy a decirle a ninguno de ellos cómo tienen que votar", escribió en su cuenta de Facebook.

"Son todos mayores de edad. Y algunos y algunas, legisladores desde los años 90, cuando quien suscribe votaba en soledad casi absoluta en los entonces bloques oficialistas", añadió.

El mensaje era más que claro: quien votara el proyecto oficialista tendrá en un futuro que dar explicaciones sobre el porqué dio su apoyo a la "destrucción del sistema previsional".

En parte, la ex presidenta prefirió no dar una orden concreta, porque ya presentía la conducta rebelde que tomaría la mayoría de "sus" legisladores.
Esto también se vio reflejado cuando afirmó que entendía que había parlamentarios que sufrían presiones.

"Creen, sinceramente, que su futuro político se juega en el resultado de una votación. O en el recinto del Parlamento", apuntó.

No obstante, acto seguido advirtió que quienes incurran en esa actitud oportunista "deberían comprender que lo que venga después nunca va ser igual".

A juzgar por los resultados de las votaciones parlamentarias, el poder de influencia de Cristina Kirchner sobre su propia bancada se ha desmoronado de manera acelerada: apenas 11 senadores, sobre un total de 40, le fueron fieles y escucharon sus advertencias.

Los números fríos dan cuenta de un dato no menor: de aquella mayoría que metía miedo, los kirchneristas puros se redujeron a apenas un 15% del Congreso.

Por cierto, esta cifra se aproxima al que los politólogos creían que conformaba el "núcleo duro" de la militancia K en el total del electorado argentino.

Aun cuando muchos intuían que este escenario de debacle kirchnerista tenía altas probabilidades de ocurrencia, lo cierto es que la velocidad con la que se está dando no deja de sorprender.

Es cierto que los recientes escándalos de corrupción que salpican a ex funcionarios precipitó el proceso de descomposición, porque muchos tratan de evitar que el descrédito los salpique.

Esto quedó en evidencia cuando la Cámara de Diputados debatió si debía levantar en forma parcial los fueros del sospechado ex ministro de Planificación Federal, Julio De Vido, de manera que sus propiedades pudieran ser allanadas.

En aquel momento, un tercio de los diputados K se ausentaron del recinto a la hora de votar, una manera de dejar en claro que no pensaban quedar expuestos a una defensa explícita del funcionario acusado por corrupción.

El mismo día, un grupo de ellos anunció su separación del bloque del Frente para la Victoria.
Aun cuando la corrupción es un tema sensible, en otro contexto hasta hubiese sido secundario (basta recordar otros escándalos o maniobras fraudulentas en los que la tropa K salió a ponerle el pecho).

En rigor de verdad, el desgajamiento de la bancada legislativa kirchnerista había empezado mucho antes.

El tema de fondo, como siempre, es la plata.

Para muchos legisladores peronistas -especialmente los vinculados con los gobiernos provinciales- su éxito político está atado a la obtención de partidas presupuestarias y de una tajada importante del reparto de impuestos.

Ese dinero les permite contar con margen para realizar obras públicas y financiar iniciativas de rédito electoral.

Hay un principio de la gestión argentina que es bien sabido por todos: si una provincia se pelea con el Poder Ejecutivo, entonces debe estar preparada para sufrir las dificultades de caja.

Fue una regla aplicada a rajatabla por Néstor Kirchner, luego llevada a su extremo por la propia Cristina. Y es, por cierto, una de las lecciones mejor aprendidas por Mauricio Macri.

Es cierto que la actual gestión cuida más las formas. La ex mandataria asfixiaba financieramente a los gobernadores díscolos, como lo hizo con Daniel Scioli, a quien le licuó la tajada impositiva. Tuvo que conformarse con el 19% para una provincia que cuenta con casi el 40% de la población.

A diferencia de su antecesora, Macri no ejerce este tipo de castigos personalizados.

No obstante, de manera más sutil, les dio a entender a gobernadores y senadores provinciales que la suerte financiera de cada jurisdicción estaba atada al éxito del Gobierno nacional.

Fue así que consiguió lo que parecía imposible: una mayoría muy holgada, con un nutrido aporte peronista, le dio el aval para acordar con los "fondos buitre", pagarles cash y volver a tomar deuda externa.

Es decir, todo lo opuesto a lo que pedía Cristina, que había hecho de la resistencia anti-buitre y el desendeudamiento sus principales banderas.

La explicación de los legisladores K que optaron por avalar a Macri con su voto fue simple y pragmática: si el actual Gobierno lograba hacerse de crédito externo, entonces las provincias también iban a poder endeudarse y a una tasa más barata.

Así las cosas, con un equipo económico más aliviado, la asistencia financiera a los distritos resultaba más factible. Billetera mata principios.

No fueron los únicos casos en los que se han observado una desobediencia explícita a las órdenes de Cristina.

También hubo aval de los legisladores K para el nombramiento de los dos nuevos jueces de la Corte Suprema de Justicia propuestos por el macrismo.

Buscando aliados, desde el llano

Esta situación de alejamiento y de rebeldía está lejos de sorprender incluso a la propia Cristina Kirchner.

Es que ella sabe mejor que nadie la diferencia entre ser leal a un dirigente que ejerce el poder y mantener esa fidelidad cuando ese dirigente está en el llano.

No por casualidad, CFK en su carta admitió que entendía la existencia de tentaciones de pactar con el Gobierno, como una forma de asegurar el capital político individual.

Ya había dado muestras de comprender el nuevo panorama cuando, en abril, transformó su comparecencia ante un juzgado en un acto de apoyo masivo, frente a los tribunales federales de Comodoro Py.

En aquella ocasión, no se dejó engañar por la imponente convocatoria militante: admitió que con el kirchnerismo puro no iba a alcanzar para frenar al Gobierno macrista.

Propuso entonces conformar un "frente ciudadano", capaz de ejercer presión para convertir al Congreso en una "escribanía del pueblo".

A menos de tres meses de aquella convocatoria, ya se puede hablar de un fracaso completo.

Cristina no sólo no logró sumar a fuerzas extra-kirchneristas a su "frente ciudadano" sino que está viendo cómo se licúa su propia fuerza política a pasos agigantados.

Tanto, que hay legisladores que quieren eliminar la denominación "Frente para la Victoria" como título de su bloque y propiciar una nueva fuerza panperonista, de ánimo dialoguista con el gobierno.

En paralelo, ya resulta evidente el "operativo seducción" hacia el peronismo.

En particular, los siempre necesitados intendentes del conurbano bonaerense, a quienes la gobernadora María Eugenia Vidal quiere tener como aliados y darles espacio en el gabinete de ministros.

¿Sin reacción?

Por estas horas, la comidilla del ámbito político es que Cristina, radicada en la provincia de Santa Cruz, se considera prácticamente una ex dirigente.

No solamente desoye el reclamo de los militantes para que vuelva a Buenos Aires y tener mayor protagonismo sino que, entre sus íntimos, desliza su creencia de que Macri tiene altas chances de ser reelecto en 2019.

De todas maneras, los reveses políticos y judiciales del kirchnerismo no deben llevar a tomar conclusiones apresuradas.

Es que si algo demostró la historia es que el kirchnerismo siempre ha tenido una asombrosa capacidad de recuperación de sus crisis.

La diferencia, claro, es que antes esas recuperaciones ocurrían ocupando el poder y ahora está en el llano.

Aun así, queda un capital político nada desdeñable en la militancia juvenil de La Cámpora y los ámbitos intelectuales y artísticos que tienen peso como líderes de opinión.

Es a partir de ese núcleo duro, y apostando a un recambio generacional, que el kirchnerismo imagina su futuro.

La propia Cristina lo tiene claro, y es por eso que, tras el escándalo de los bolsos con dólares de José López, su primera comunicación estuvo dirigida a contener a sus propios militantes.

Una tarea en la que, por ahora, los resultados no parecen suficientes.

© iProfesional

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