domingo, 12 de junio de 2016

Un festín de demagogia y apocalipsis

Por Jorge Fernández Díaz
Unos sostienen que Macri es el Videla de la canasta familiar; otros que es un Kirchner de buenos modales. En el medio, algunos comunicadores y ciertos artistas de variedades, ya sin el incentivo de la pauta oficial ni el temor al hostigamiento del Estado, y con la ideología del rating como única y sagrada bandera, se lanzan sobre Cambiemos armados de feroces y contradictorios argumentos de izquierda y de derecha, e impostando una sensibilidad social de la que carecían hasta hace tres semanas y un día: garpa ser apocalípticos y demagógicos, camaradas, y entonces urge el festín. 

No es, por supuesto, que este gobierno de seis meses y fragilidad de origen no ofrezca flancos ni merezca críticas: se manda macanas todo el tiempo, su plan económico todavía es un albur y la prensa debe cumplir su objetivo de señalarle los errores. Pero algunos atolondrados del minuto a minuto arremeten a ciegas, sin marco histórico ni teórico, ni meditación ideológica alguna, y entonces vemos carneros de antaño transformados de repente en carnívoros voraces, y monjitas inocentes actuando como meretrices. Los debates o conversaciones de la gran tertulia argentina usualmente calientan pero no esclarecen; hay momentos surrealistas en los que un progre coincide con el ensañamiento de un neoliberal, hasta que de pronto descubre que en realidad éste está criticando a Macri no por ser cruel e impiadoso sino por ser blandengue. Y viceversa. A los que luchan contra las dos simplificaciones los escupe Dios, y los estraga el aire. Por supervivencia y por decoro, nadie quiere quedar como oficialista (una moda kirchnerista provisoriamente en extinción) y, por lo tanto, hasta el más prudente sobreactúa catastrofismo. En fin, como si no tuviéramos problemas reales y agitadores profesionales en las calles, ahí están las fraguas y los huracanes mediáticos.

Un debate serio entre tirios y troyanos debería tender a aclarar si el macrismo es un hambreador serial sin parangón, como pretenden los cristinistas, y si el "proyecto nacional y popular" es inocente de los tremendos sinsabores actuales que padece el pueblo argentino después de 12 años de poder absoluto, viento de cola, manteca al techo y economía insustentable. Sería interesante también que la otra minoría intensa explicitara, en respuesta, el plan transformador que le reclama al Presidente. Les daré una ayudita, para ponerlo todo negro sobre blanco: Macri debería decirle a la gente que la salvó de otro 2001 y esperar agradecimiento eterno; a continuación, multiplicar por 10 el tarifazo, despedir a 500.000 empleados públicos y clavar el dólar a 25 pesos. Es un buen plan macroeconómico, qué duda cabe. El problema es que para cumplirlo habría que cerrar el Parlamento, intervenir manu militari el Poder Judicial (ay esas cautelares) y rodear la Casa Rosada con el Ejército, la marina y la aviación.

El necesario proceso de contextualización no debería excluir tampoco la larga cocción que tuvo esta crisis espesa. Comenzó cuando la Pasionaria del Calafate se dio cuenta de que teníamos un serio contratiempo; lanzó entonces la "sintonía fina" (un ajuste), pero no se bancó la caída de la popularidad, así que inventó medidas estrafalarias para no hacer los deberes. El lunar con mal aspecto de hace cinco años se transformó en este tumor maligno con metástasis que tiene al paciente recién intervenido y con pronóstico reservado.

Narrado en detalle estos días por un ex ministro del gabinete de Cristina Kirchner, el plan pergeñado en el living de Olivos por ella y por sus dos brillantes estrategas napoleónicos (Máximo y Wado) no deja de ser patético. Había que evadir cualquier costo político, diferir toda clase de pagos y legarle al sucesor el "regalito" y la obligación de embarrarse con la sintonía gruesa. El sucesor era, por supuesto, Daniel Scioli. De quien Cristina hablaba pestes día y noche, y a quien consideraba un calamitoso administrador, pero también alguien de quien cuidarse: el torpedo naranja tenía que hacer un gobierno mediocre para que no se quedara con el peronismo y traicionara a la gran dama, como ella y su esposo habían hecho con Duhalde. Durante la presidencia de Scioli la militancia estaría a salvo en sus cargos rentados, las causas judiciales irían feneciendo una tras otra, Santa Cruz recibiría auxilios excepcionales, se levantarían las hipotecas económicas, se desgastaría su liderazgo y todo esto posibilitaría el paulatino despegue crítico de Cristina y después su regreso triunfal como salvadora de la patria. "Con semejante cuadro dramático y la salvaje lucha interna por el poder, típicamente peronista, si se hubiera dado ese escenario habríamos tenido un estallido afuera y una implosión adentro", confiesa hoy el ex ministro. Igualmente, el plan original se derrumbó con la aparición de un cisne negro. Ganó Cambiemos, y entonces las causas avanzaron, Río Gallegos se incendió, algunos militantes perdieron el conchabo, y todo lo que queda hoy es acusar con saña al Gobierno mientras éste intenta arreglar la ruina silenciosa que el cristinismo produjo, operando para que Macri no haga pie, siga el destino de los presidentes no peronistas, vuele por los aires, y que la "restauración emancipadora" se haga por fin realidad. En eso estamos, compañeros, de sol a sol.

La Argentina se encuentra en el centro de un tétrico laberinto económico. Y así como durante la Copa América todos vuelven a ser directores técnicos, hoy cualquier perejil de la esquina se siente un economista avezado. La magnitud del enredo no aparece en los manuales de uso y exige muchos prodigios a la vez: reducir el déficit, incentivar el consumo, producir empleo, bajar la inflación, calmar las tasas, reflotar el dólar, atraer inversores, aumentar las exportaciones, proteger la industria argentina, blindar a los vulnerables, contentar a la clase media. Tal vez habría que traer 10 premios Nobel de economía para que hagan un ateneo excepcional, y pedirle al papa Francisco que interceda directamente ante el Barbudo. Que sabe de milagros.

Después de hablar durante dos años del "plan bomba" es hipócrita sorprendernos ahora con sus explosiones. Podemos acusar de mala praxis a quienes intentan desactivarlo y a veces no lo consiguen, pero hacerlos completamente responsables del dolor es de cínicos y cobardes. Meter provocadores en las barriadas pobres para que tomen supermercados y alentar el regreso de las capuchas y los palos a las calles y rutas es tan irresponsable como lanzar en esta delicada coyuntura huelgas brutales que dejan sin combustible y sin vuelos al país. O utilizar la pantalla para hacer populismo sensiblero y vacuo. A propósito: si Macri hubiera propiciado que Moyano o Tinelli condujeran la AFA, ¿habrían existido esta semana esas huelgas y ese tuit contra Aranguren? El primero, al menos, puede jactarse de haber enfrentado a Menem y a Cristina. El segundo, en cambio, calló durante años de latrocinio kirchnerista y ofreció su programa para que Scioli cerrara su campaña electoral.

Hay gente pauperizada que debe ser atendida. Hay que tener contemplaciones con pequeños comercios, trabajadores en negro, clubes barriales, teatros y librerías. Hay que exigirle al Gobierno que aguce el ingenio, aprenda rápido el oficio y camine la calle. Y aceptar que tal vez no se pueda salir del populismo sin algunas medidas inevitablemente populistas. Pero sobre todo lo que resulta imprescindible es no caer nunca más en la amnesia. Ni hacernos los otarios.

© La Nación

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