lunes, 16 de mayo de 2016

Carrera contra el reloj

El gobierno enfrenta un escenario político y económico desafiante ante los intentos desestabilizantes 
de la oposición.

Por James Neilson
Los macristas son ranas: saben nadar y quieren cruzar un río caudaloso en que abundan rocas y remolinos, para no hablar de pirañas que se alimentan de carne humana.  Los peronistas son alacranes: ellos también quieren cruzar el río y, puesto que no saben nadar, necesitan que las ranas los lleven, pero por ser lo que son no pueden con su genio. 

Luego de sentarse sobre las espaldas de los anfibios, enseguida se pusieron a quejarse por su lentitud, por lo incómoda que les resultaba su forma de andar y por el frío, para entonces comenzar a aguijonearlos. Mejor no matarlos, dijeron los más cautos pero otros les piden no preocuparse, ya que en su mundo particular los alacranes siempre logran mantenerse a flote.

Así estamos. Los peronistas entienden muy bien que Mauricio Macri y su gente heredaron un desastre fenomenal y que, dadas las circunstancias, a cualquier gobierno más o menos cuerdo, aun cuando lo encabezara alguien tan bondadoso e iluminado como Jorge Bergoglio, tendría que ajustar muchas cosas, ya que caso contrario el futuro inmediato del país se asemejaría a aquel de Venezuela. Lo lógico, pues, sería que aprovecharan su estadía en el llano para meditar acerca de su propio aporte al desaguisado y procurar prepararse para un eventual regreso al poder en 2019 ó 2023. Pero es tan fuerte su “vocación de poder” – mejor dicho, gula -, que muchos ya están sufriendo el síndrome de abstinencia. Sin pensar en las consecuencias que tendría para el país un nuevo cataclismo económico, político y social, los más fervorosos han puesto en marcha una ofensiva que, de cobrar fuerza, devolvería la casa de Perón a sus dueños naturales.

Los ayudan la impaciencia y el facilismo que son inherentes al ADN nacional y que hacen comprensible la larguísima serie de fracasos colectivos que el país se las ha arreglado para protagonizar. Lo resumió Sergio Massa al señalar que “Estamos defendiendo lo que la gente votó, votó un cambio, no ajuste”, o sea, que en su opinión Macri debería solucionar todos los problemas económicos del país sin “ajustar” nada. Para redondear, le advierte al presidente que  “No puede haber ningún despido más, pero tampoco ni una pyme menos”.  En comparación con los kirchneristas y muchos veteranos del PJ, Massa es un moderado sensato que, a veces, apoya a Macri, pero si muchos piensan como él la Argentina está frita, ya que sólo un mago sería capaz de curarla de sus males. Por desgracia, no hay ninguno a la vista.

Los peronistas y sus aliados coyunturales de la izquierda mesiánica están esforzándose por instalar la idea de que Macri y los integrantes de sus equipos de CEOs son personajes ineptos e insensibles que se dejan guiar por los números que, como todos sabemos, son neoliberales y por lo tanto malignos. Aunque pocos días transcurren sin que el gobierno anuncie un nuevo paquete de medidas sociales que beneficiarían a los más pobres, el impacto de tales iniciativas en el estado de ánimo de la minoría politizada es escaso.

En el relato que están escribiendo los populistas, los despidos se cuentan por millones. Los macristas insisten en que la verdad es que hay menos que en otros años y que, de todos modos, leyes para prohibirlos serían contraproducentes pero, frente a los sindicatos y una oposición recargada, sus argumentos, muy parecidos a los esgrimidos en su momento por Cristina y sus fieles, sirven para poco. Lo que quieren Massa y compañía es que, hasta nuevo aviso, Macri siga siendo el hombre del ajuste salvaje, el máximo responsable de todas las penurias habidas y por haber, lo que les dará tiempo más que suficiente en que reagruparse antes de intentar el asalto final del que pocos hablan pero que sería la culminación lógica de lo que están haciendo.

Ya es evidente que el gobierno cometió un error cuando, a inicios de su gestión, minimizaba la gravedad de la crisis económica y financiera que fue creada por los kirchneristas que, conscientes de que les aguardaba un intervalo sumamente peligroso, trataron de gastar toda la plata disponible para que sus sucesores encontraran las arcas vacías. Reacios a asustar a la gente, los macristas dieron a entender que, una vez reordenadas las cuentas, después de un par de meses el país reanudaría el crecimiento. Para un empresario, el optimismo excesivo así manifestado podría justificarse porque no tendría sentido sembrar angustia, pero sucede que los políticos populistas viven en otro mundo. Al enterarse de que las cosas distarán de ser tan fáciles como querían hacer creer los macristas, los más belicosos empezaron a insinuar que son responsables del estado lamentable de la economía nacional y los menos a pedirle más “gradualismo”.

A juzgar por algunas encuestas, el grueso de la ciudadanía aún confía más en Macri que en sus adversarios. Por motivos nada misteriosos, está harto de milagreros oportunistas que están más interesados en su propio bienestar que en aquel de los demás. Con todo, el tiempo corre en contra del gobierno. Ya llegó a su fin la tregua de las primeras semanas, tan parecida a la que siguió a la elección de Fernando de la Rúa cuando intercambiaba besitos con el entonces gobernador bonaerense Carlos Ruckauf, al entrar el drama político en una fase mucho menos amable.

Mientras que el gobierno apuesta a que el diluvio inflacionario que tantos estragos está provocando escampe en los meses próximos, reduciéndose poco a poco a una llovizna soportable hasta que a finales de su gestión actual se ubique por debajo del diez por ciento anual – una meta bien modesta según las pautas internacionales -, por un rato largo continuará agitando la sociedad. Para enfrentarla, los macristas están concentrándose en las causas básicas – cosas como la emisión monetaria -, pero aun así se sienten obligados a echar mano a las medidas voluntaristas tradicionales que, a lo sumo, producen cierto alivio pasajero, como las supuestas por los acuerdos con empresarios y el programa “precios cuidados”.  De tener éxito el proyecto macrista, el empresariado desempeñaría un papel fundamental en la evolución del país, pero así y todo Macri se ha visto constreñido a culparlo por el aumento doloroso del costo de vida. 

A diferencia del gobierno kirchnerista, que se aferró al cortoplacismo por entender que el relato salvador le permitiría saltar por encima de cualquier disgusto, el macrista piensa en términos estratégicos. Le parece indiscutible que, bien administrado, el país podrá salir con rapidez del pozo populista en que cayó hace casi un siglo. En teoría, Macri y los tecnócratas que lo rodean están en lo cierto, pero subestiman el poder de la cultura que se consolidó en décadas signadas por un fracaso tras otro.

Aquí, los políticos más destacados suelen ser expertos consumados en el arte de sacar provecho de las dificultades ajenas imputándolas a fuerzas oscuras contra las cuales es necesario luchar. No les ha perjudicado en absoluto la depauperación de decenas de millones de personas; para muchos es la fuente del poder, y del dinero que a menudo lo acompaña, que han sabido acumular.  No es que sean contrarios por principio al desarrollo material, es que les disgusta lo que sería forzoso hacer para impulsarlo. Por cierto, no están dispuestos a colaborar así no más con un gobierno que les parece tan absurdamente heterodoxo como el liderado por Macri, lo que puede entenderse ya que muchos atribuyen su status actual a su voluntad heroica de defender a los pobres contra todo lo relacionado con lo que llaman el capitalismo salvaje que impera en lugares tan atrasados como Estados Unidos, el norte de Europa el Japón y las zonas costeras de China.

Para romper el cerco que le están tendiendo los peronistas y afines, Macri tendrá que producir resultados positivos que le permitan desautorizarlos. También tendrá que difundir con más eficacia su propia “verdad”. Si bien parecería que la mayoría comprende mejor que los políticos opositores que es poco razonable exigirle cambiar todo de la noche a la mañana, para entonces ensañarse con él por no haberlo hecho todavía, le juega en contra la propensión universal a prestar más atención a las presuntas víctimas de los “ajustes” que a los beneficios que, andando el tiempo, podrían posibilitar.

Para que la sensación térmica le sea más favorable a Macri, tendrían que comenzar a llegar las inversiones cuantiosas de que dependerá el destino de su gestión presidencial. A pesar del entusiasmo que, según se informa, se ha apoderado de los círculos empresariales de los centros financieros más importantes del mundo cuando piensan en las perspectivas abiertas por el cambio de gobierno en la Argentina, se trata más de manifestaciones de buena voluntad que de hechos concretos.

  Para más señas, los inversores en potencia, y por lo tanto el país, se ven frente a un dilema; quienes están en condiciones de traer muchos miles de millones de dólares no quieren comprometerse hasta que el gobierno de Macri se haya consolidado, pero para que se consolidara sería necesario que se arriesgaran antes. Puede que la oposición peronista y sus aliados comprendan que le convendría al país que adoptaran un perfil bajo por algunos meses, pero con escasas excepciones son reacios a subordinar sus propias prioridades a algo tan etéreo como el bien común.     

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