martes, 5 de abril de 2016

Hoteles vivos y muertos

Por Arturo Pérez-Reverte
Entre mi trabajo de ahora y la vida que llevé, he pasado medio siglo alojándome en hoteles. Y los conocí de todas clases: antros miserables en Damasco, Jartum o Nairobi, donde las cucarachas te corrían por encima al apagar la luz, y lugares espléndidos, donde por la ventana contemplabas una bella ciudad colonial de Hispanoamérica, el golfo de Nápoles o la isla de San Giorgio de Venecia. 

Quiero decir con esto que poseo cierta memoria hotelera desde finales de los años 60 hasta ahora, y que en ella hay de todo, pensiones infectas y establecimientos míticos en los que entraba por primera vez con la emoción de haberlos admirado antes en libros y películas.

Con el tiempo, algunos de esos hoteles se convirtieron en lugares habituales; residencias de ésas donde, si las frecuentas y vives lo suficiente, acabas viendo a camareros, mozos y botones convertidos en maîtres o recepcionistas. Eso crea vínculos estrechos y tranquiliza mucho, pues pocas cosas son tan gratas, para mí, como llegar a un lugar lejos del domicilio habitual, cansado del viaje, y que te reciban sonrisas conocidas e incluso amigas; gente en la que puedes confiar casi a ciegas, lazos de complicidad hechos de años de conversaciones, comentarios, confidencias de barra del bar o mostrador de recepción, propinas adecuadas y discretas, favores mutuos y cosas así. 

Se lo he contado a ustedes otras veces. Si todos, en general, tenemos cosas de las que sentirnos orgullosos, que nos enorgullecen, yo lo estoy del afecto y la lealtad, la amistad incluso, de ciertos hombres y mujeres que así conocí a lo largo de mi vida; más del respeto de un camarero que de un director de hotel, igual que uno prefiere el del sargento al del general. Esos espléndidos subalternos. Y a muchos de ellos, a veces con sus propios nombres, rendí homenaje en mis artículos y mis novelas. A algunos debo, incluso, favores personales o recuerdos magníficos. La lista es, para mi ventura, enorme: María José, la telefonista del hotel Colón de Sevilla; Maurizio, conserje del Danieli; otro conserje, Eric, que una noche me salvó de un apuro en el Negresco de Niza; Adolfo, el barman del Reina Cristina de San Sebastián... La relación sería interminable. Mis agradecimientos, infinitos. Ellos hicieron posible, y lo hacen todavía, los que aún no han muerto o se jubilaron, que esos lugares de paso fueran siempre, para mí, hogares agradables.

El problema, cuando llegas a una edad, es que también los lugares, los hoteles en este caso, mueren o se jubilan. O cambian hasta lo desconocido. Algunos, cada vez más, ceden a la tentación de renovarse dejando de ser lo que son, y a veces eso mata la esencia de lo que fueron. Es cierto que los tiempos cambian, y que el mundo se adapta a lo que la gente, el cliente -ahora hasta Renfe e Iberia te llaman cliente en vez de viajero o pasajero- demanda en cada momento. Y hay cosas que ya no se piden, tal vez porque nadie las valora: el silencio discreto de un maître, la sonrisa veterana de un recepcionista, la callada eficacia de un buen barman. La tendencia es ir a lo fácil, chicos jóvenes cada seis meses antes de poner a otros, pagarles una miseria y simplificarlo todo hasta lo básico. Tampoco la clientela, como digo, exige ya otra cosa que elementalidad y compadreo barato. Tenemos el mundo que hacemos, y los hoteles que merecemos tener. Todo eso lo comprendo y acepto, pero no puedo evitar una punzada agridulce cuando veo desaparecer el espíritu de aquellos lugares tan queridos, así como a los hombres y mujeres que los hicieron posibles. Por suerte algunos permanecen, como el hotel Palace de Madrid; que gracias a su espléndido personal subalterno, desde los porteros hasta Luis, el impasible limpiabotas, mantiene la tradición de los grandes hoteles europeos de siempre. Otros cambian, encogen de estatura o son renovados, a veces con acierto y otras con dudoso gusto -el de quien se aloja en ellos-. Pero a veces los salva el magnífico personal que los atiende. Éste es el caso del hotel Colón de Sevilla, respetable clásico donde se vestían los toreros para la Maestranza, que hace años fue encomendado a un decorador que lo transformó en una especie de picadero gay. O el Rincón de Pepe de Murcia, mi hotel allí de toda la vida, donde al ir la última vez y ver la decoración creí que me había equivocado y entraba en un club de carretera, hasta el punto de que dije al recepcionista: «Espero no encontrarme una puta en la habitación». A lo que el veterano empleado, con sonrisa sabia e impecable, respondió: «No se inquiete, don Arturo. Hoy las tenemos a todas ocupadas».  

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