jueves, 28 de enero de 2016

SOBRE DERRIBOS DE AVIONES HOSTILES

Por Martín Risso Patrón
De cómo voltear un avión sin meter la pata

La comidilla, hoy, en el país, nos ofrece, entre otros picantes entremeses, un sustancioso tópico servido en platillos que vaya a saber por cual truco de la noticia, se parece mucho a los viejos y queridos UFO [Unidentified Flying Object] popularizados por los yanquis desde el incidente ocurrido en un campo militar con una nave no identificada el 10 de junio de 1947 en Roswell [Nuevo México, Estados Unidos]. 

La traducción literal de UFO en nuestra lengua, es OVNI [Objeto volador no identificado]. Pero los norteamericanos popularizaron la denominación “Flying saucers” [Platillos voladores] para denominar a objetos voladores no identificados que, volaban, pero no eran aviones, y tenían obviamente la forma de platos de postre. Delicioso entremés, hoy en la noticia del pago argentino, ese de mandar a derribar invasores no identificados que vengan por el aire. Esto, en un marco genérico de acciones de seguridad nacional, con movilización de fuerzas militares incluida. No sólo en resguardo del espacio aéreo [un mandato clave en toda soberanía territorial]. También en guarda legítima del estado de Derecho imperante, y la salud nacional frente a la invasión tóxica de las drogas y su atroz mercado.

Pero no se nos debe escapar la tortuga, cito aquí literalmente al filósofo del fóbal muchas veces negado de aportes para la Cultura, pero rica veta de felices dichos populares. Entonces, manos a la obra y adelante con los faroles.

La defensa territorial de la soberanía

No hay Estado soberano que no mantenga actualizado al minuto un conjunto de hipótesis de guerra. Al punto de que, en todas las fuerzas armadas, se practican los llamados “juegos de guerra”, a manera de entrenamiento, hoy por supuesto, tecnología mediante, lo más parecidos a una situación en tiempo real. Antes eran famosas las cartas geográficas sobre enormes mesas, sobre las cuales serios generales y coroneles movían fichas conforme la información que les venía llegando por parte de sus asistentes. Esto puede tener un alto interés en ciertos Estados, y no tanto en otros. Siempre la cosa culmina con las llamadas “maniobras militares” con movimiento en el terreno de tropas, materiales y logística, en función de una hipótesis. Hay casos en que alianzas regionales hacen sus maniobras incluyendo fuerzas de aire, mar y tierra. Son recordados los Operativos navales “Unitas” [desde 1960 hasta la actualidad] comandados por los EE.UU de Norteamérica del que participaban países de América Latina, y que eran, por supuesto, de exclusivo interés estratégico yanqui, en el contexto de la Guerra Fría con los países del bloque soviético.

La custodia de fronteras

He ahí la importancia que tiene el cuidado físico, no sólo político y discursivo de las fronteras territoriales en un país. Conforme, nuevamente lo afirmo, la tecnología avanza a partir de los años 50 con la digitalización de la información, el paradigma de los sistemas aplicable a la ingeniería, la salud, la economía, la seguridad, etcétera, y finalmente el uso del espacio cósmico con fines pacíficos y de los otros con los satélites, la soberanía de los países podría decirse que adopta diversas escalas de dependencia política, si es que estuvieran o no desarrollada tal tecnología en cada uno.

Como afirman los Toffler en sus lúcidos comentarios científicos, la ola de la tecnología vino para instalarse desde fines de la II Guerra Mundial, modificando la política internacional, la dotación técnica y los objetivos estratégicos de los países más avanzados [esto, recordemos, antes de los 90, que es cuando cae el Muro divisor de la Alemania]. Pero como el matrimonio de investigadores, los mencionados Alvin y Heidi Toffler afirman, la irrupción de esta “tercera ola histórica” no se presenta de un día para otro, y requiere décadas para instalarse en el mundo. Por lo que se dan situaciones de  distintos estados de desarrollo tecnológico según sea el país de que se trate. Las grandes potencias europeas y asiáticas fueron las que primero desarrollaron, por ejemplo, la informática y la tecnología digital y satelitaria. De inmediato, los países menos avanzados, en América latina, el Caribe, África y los centroeuropeos, se convertían en subsidiarios, algunos, y en “potenciales enemigos” otros, usuarios o no de los juguetes tecnológicos elaborados masivamente por los países centrales. Un estado de desarrollo desigual y combinado, diríase, utilizando las proféticas palabras de Lev Davídovich Bronstein, Trotsky [1879-1940] para fundamentar su teoría de la Revolución permanente.

El asunto, hoy, es que esa turbulencia del cambio entre la segunda ola [la técnica-industrial] y la tercera [la tecnológica-industrial-social], hoy sigue y goza de buena salud. Por lo contrario, me parece que se ha instalado como si fuera “la turbulencia permanente”.

Desaparecida la Gran frontera cuyo ícono fuera Berlín, pareciera que el control mundial se rige a escalas en las que hubieran desparecido las fronteras reales, quedando los conflictos sólo en manos de los países vecinos el defender sus fronteras. En otras palabras, el satélite domina con su ojo de Gran Hermano, todo, literalmente, todo. Para él no hay fronteras.

El tráfico de narcóticos y las fronteras

Como un efecto no querido para los países centrales, entendido esto como los Estados dominantes en la Economía y la Tecnología, situados en Norteamérica, Europa y el extremo Oriente, las conductas sociales asumieron, desde los 80 o 90 en adelante, características diríase extremas en cuanto a la voracidad del placer individual, pero no tanto. A ver; una masividad extrema en el consumo de elementos concretos como son la indumentaria, los automóviles, los electrodomésticos, el pasatiempo, la televisión, etcétera, implica que hay un destinatario: el individuo. Pero la condición es que, primero pague bien, y segundo, que se adocene, se masifique; que adquiera, en fin una identidad superadora de su individualidad. Tal cuadro, parece que llevara inexorablemente a una crisis identitaria personal en la que el vacío es el contenido del fenómeno humano, en una aparente paradoja. Entonces, ahí nomás, a la vuelta de la esquina, está ella, la de muchas cabezas e innumerables manos acariciadoras: La Sustancia. No hay contención posible ni religiosa, ni educativa, ni de políticas estatales que detenga la caída masiva de la especie en la crisis existencial provocada por el consumo, su perversa hermana la pobreza y su inalcanzable tío: El hedonismo, tomado aquí éste, como un hipotético estado perfecto de placer.

Entonces surge la industria salvadora. La que produce la sustancia; la que en tiempo real produce, vende y entrega a alto precio, a la vez, ese objeto de deseo que reemplazó a todo lo existente en el deseo vital del individuo.

No hay fronteras. Ineficientes los sistemas perimidos de defensa de la soberanía nacional vigentes, en esta turbulencia de las olas que bien señalaran los Toffler en los años 70, pero que pareciera que llegó para quedarse, generando un futuro dentro de sí misma, lo que inevitablemente hará implosión algún día, llevándose puesto al planeta en su versión humana.

Existe una alianza estratégica entre países productores cuya naturaleza ambiental es propicia para generar materias primas vegetales de algunas sustancias, con otros países de alto desarrollo tecnológico para producir sustancias “de diseño”, otros que producen precursores químicos, y los demás que son oasis económicos para reciclar el producto financiero del perverso circuito, y por supuesto, países en los que casi exclusivamente se consume. Generada una economía internacional ad hoc, en esa situación, cada país se convierte en una sucursal de los demás, generándose así una entente planetaria cuya condición estratégica es la ausencia de fronteras, con sus propias hipótesis de guerra. Cuidado, no hablo aquí de Estados nacionales, hablo de ese macro Estado flotante que tiene cual enorme Hydra múltiples cabezas, y que cuando se le corta una le crecen varias más. Ese macro poder planetario cuyas bases de subsistencia están encapsulada en tumores dentro de los Estados políticos de todo el mundo. Tiene su propia fuerza armada, su propio sistema de seguridad interna, sus hospitales, sus lugares de descanso, sus propias cárceles e inmensos cementerios; todo esto, subsidiado por la corrupción.

¿Hablar de tráfico fronterizo de cocaína, marihuana y sustancias de diseño? Hoy es una peli vintage de los 80. Con polis arriesgados, otros corruptos, enfrentados a sádicos traficantes que cortan a sus víctimas con motosierras y administran desde hot-clubs con rubias incluidas sus bienes y productos.

Entonces: ¿Cómo pensar, diseñar y ejecutar la defensa de fronteras? Pues de la misma manera compleja como se comporta ese Estado macro, enemigo, pero partiendo de la prevención y aniquilamiento de los tumores internos que, sea cual fuere su función, están, existen y operan dentro de las soberanías nacionales, generalmente trabajando para la administración, y dando apoyo táctico a quienes trafican. Afirmo esto, desde la permanente lectura de la información pública gráfica, televisiva y radial, lo que no me lleva a ser un denunciante estéril, sino un testigo de la notitia criminis que nos inunda a diario echándonos a perder desde el desayuno hasta la cena.

En ese complejo de operaciones, por supuesto, verificar cuánto de actualización hay de las famosas hipótesis de guerra que se elaboran desde la inteligencia militar, aplicando sus datos a cosas tan sencillas como conocer, he dicho conocer palmo a palmo la zona perimetral interna llamada “de seguridad de fronteras”, con un despliegue eficaz de fuerzas especiales como la Gendarmería Nacional en el caso argentino, y un verdadero y eficaz circuito de la información en tiempo real, al que históricamente en términos militares se denomina “comunidad informativa”, de triste memoria en los procesos militares, pero de una necesidad irrefutable en los tiempos actuales, dado lo que aquí se analiza.

Verificar, en el plano de la realidad actual, lo que se quiere hacer con el tan meneado proyecto de derribo de aviones no identificados.

La Ley de derribos

La ley de derribos, a escala mundial, es tan vieja como la guerra aérea [digamos desde la I GM] y la aeronavegación civil. Nuestro país cuenta con documentos civiles y militares que contemplan protocolos de actuación militar ante la presencia de objetos voladores no identificados [entendido esto como inclusivo de aviones] a partir de las coordenadas fronterizas hacia adentro. Básicamente, esos protocolos siguen un curso desde la detección [sea visual o electrónica] de una aeronave en el espacio nacional, hasta su expulsión o derribo, según sea el curso de los acontecimientos. Ese curso, entonces incluye: 1] Detección; 2] Verificación si es militar o civil; 3] Comunicación con el piloto por los canales electrónicos internacionales vigentes, sobre su plan de vuelo, origen y destino; 4] Acompañamiento a la vista, en caso de haber disuadido al piloto para no avanzar, y que éste obedezca las indicaciones recibidas; 5] Disparos disuasivos, si no obedeciera, y 6] Derribo de la aeronave. Si esta secuencia de acciones no existe en una orden de operaciones vigente y actualizada los 365 días del año, en la Argentina, entonces estamos indefensos.

El punto final de ese protocolo, debe estar generado por el alto Comando militar [en manos del Jefe de Estado, con aprobación del Congreso, y en su caso ad referéndum, en circunstancias de emergencia vital para la población nacional]

Como se podrá apreciar, esto incluye a toda aeronave, sea civil o militar. El hecho de que sea traficante de narcóticos, es una circunstancia anexa que podrá ser comprobada en su momento, a no ser que por tareas de inteligencia se conozca su propósito y se la esté esperando.

Queda claro que aquello de “ley de derribo” es una cuestión parcial, pues el principio de detección, verificación, disuasión y eliminación, es aplicable a los desplazamientos por tierra y en las aguas fronterizas fluviales o marítimas [en este caso, dentro de la zona de exclusión nacional]. Para el caso general entonces, sería “ley de derribo, abatimiento  y/o hundimiento de agresores externos”.

Como vemos, en algún punto, la realidad vastamente comentada más arriba, y la descripción sucinta de ciertas operaciones de defensa de la soberanía territorial, toman contacto por el mero protagonismo del tráfico internacional de sustancias prohibidas, a granel, en aviones, barcos y otros vehículos terrestres.

¿Pena de muerte?

La tecnología de los sistemas, la tecnología satelital, la información en tiempo real emergente de ambas, constituyen una herramienta eficaz para el control fronterizo nacional, en ese Planeta que para algunos, los poderosos, no tiene limitaciones ni políticas ni geográficas. Y para el macro Estado narco, menos.

De modo que, como argumento posmoderno de vaya a saber qué concepción limitada de la realidad, hablar de “pena de muerte”, como tantos políticos se expresaron últimamente, cuando se habla del derribo de un avión narco, o el hundimiento de una embarcación o el abatimiento de un camión, con el costo de la vida de sus ocupantes, parece ser un exceso, producto del desconocimiento de aquella ley básica y natural que es la de conservación de la integridad nacional, que incluye la vida de los habitantes.

Particularmente ante la invasión paramilitarizada que practica el narco Estado sin fronteras, asesino masivo, serial y al parecer aún no del todo dimensionado en su real escala.

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