sábado, 2 de enero de 2016

Qué bello es

Por Manuel Vicent
Vivir. En estos días de fin de año hay que brindar por la hazaña de seguir vivos, toda una agradable sorpresa, tal como vienen los telediarios. Pese a todo, la vida sigue siendo una fiesta y en medio del baile a uno le importa mucho más que le sean favorables los análisis clínicos, las transaminasas, el colesterol y los marcadores tumorales que los análisis y debates políticos.

Uno solo tiene que pactar con el diablo para que el placer siga fluyendo sin necesidad de venderle el alma. Basta con saber que la vida propiamente dicha es de izquierdas, que la historia es siempre progresista si se la deja discurrir sola sin ponerle trabas y hay que bañarse todos los días en esa corriente para estar a la altura de los tiempos.

Por lo demás en estas elecciones generales ha sucedido que el pueblo, como un gamberro de bar, se ha acercado a la partida de parchís que se estaba jugando a dos desde la Transición, ha levantado el tablero para ver si tenía oca y se han esparcido por el suelo todas las fichas, las azules, rojas, anaranjadas y moradas.

Puestas de nuevo en las casillas de salida los políticos agitan ahora los dados en el cubilete para devorarse entre ellos. Más allá de la contienda entre partidos a cara de perro hay un hecho esencial.

Este país asiste a un relevo generacional más allá de las ideologías, semejante al que sucedió en 1982 cuando los socialistas llegaron al Gobierno. La juventud trata de imponer sus ritos y sus mitos, las formas de vivir en el mundo frente a la vieja política. El sol muere y renace.

Será un espectáculo comprobar si las alfombras, las cornucopias, las caobas, el cuero de los escaños y los espacios insonorizados del poder acabarán por meterles el miedo escénico en el cuerpo a esos jóvenes airados que acaban de emerger a la superficie de la sociedad y de la política a galope y sin bocado.

© El País (España)

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