domingo, 31 de enero de 2016

El acuerdo político que necesitan todos

Por Jorge Fernández Díaz
"Tuve dos maestros en mi vida política: uno fue Perón y el otro fue Alfonsín -escribió alguna vez Antonio Cafiero-. Aprendí que un buen político es el que tiene sueños y yo advertí inmediatamente que Alfonsín los tenía. El que sueña solo sólo sueña. El que sueña con otros hace historia. Alfonsín soñaba con otros." Da pena recordar que el peronismo tuvo alguna vez cuadros tan democráticos, cultos y brillantes, sobre todo cuando uno los contrapone con el autoritarismo histérico y la rancia mediocridad que, salvo honrosas excepciones, cunde hoy en ese acuario.

"Patria o Davos" fue la consigna que llevaron algunos "muchachos" al encuentro de Santa Teresita. "No me abrumen con tanta inteligencia, compañeros", se habría reído Antonio. Esa reunión de intendentes, sin embargo, tuvo la virtud de romper el estrés postraumático del tormento cristinista, y producirle un revés muy sonoro: "Haber perdido la provincia de Buenos Aires fue imperdonable", dijo alguien, y los demás asintieron. A los pocos días, los gobernadores dieron un paso más: "Fue la peor derrota electoral de la historia". Ese diagnóstico, que es una obviedad para cualquier persona mínimamente informada, era hasta ahora impronunciable para los atribulados dirigentes justicialistas. Que oían la palabra "Cristina" y tenían el reflejo condicionado del latigazo. Algunos de ellos, al salir de la Casa Rosada, admitían por lo bajo esta semana que nunca los habían recibido tan rápido y tratado tan bien en doce años de gobierno peronista. Paradojas de la metodología del maltrato y la billetera.

La reina de El Calafate y sus simpáticos alfiles taladraron por teléfono a intendentes y gobernadores para que el peronismo deshiciera sus encuentros y profundizara su intransigencia. Creyeron que el acto reflejo seguiría siendo efectivo, pero resulta que ya no tienen la caja para seducir con billetes ni los servicios para amenazar con carpetazos. La rueda gira en el vacío, y el sortilegio flaquea.

Una cierta confirmación del encapsulamiento en que viven los talibanes redobló el espanto de los peronistas clásicos: ellos estaban preocupados por los fondos y la coparticipación; el cristinismo les imponía una estrafalaria agenda de repudio a la detención de Milagro Sala, los despidos de militantes y ñoquis, la situación de Víctor Hugo y la intervención de la Afsca. Un verdadero choque de culturas entre un partido pequeñoburgués con ínfulas izquierdistas y un movimiento pragmático y realmente popular.

Los que gobiernan y no son piantavotos no pueden darse el lujo del divague, ni de seguir el liderazgo enajenado de alguien que los condujo a la ruina; tampoco de mostrarse destituyentes e insensatos con un gobierno constitucional que acaba de asumir. No queda entonces más que retomar el abandonado sentido común, y por eso el señor Pichetto, peronista profesional, explicitó en público el plan canje. Que consiste en un acuerdo político parlamentario institucional. A cambio de obras y fondos -dijo, de manera inédita y antológica-, "nosotros le garantizaríamos al Gobierno la aprobación de varios temas, que podrían incluir la designación de jueces de la Corte, la modificación de la ley cerrojo, un permiso para endeudarse en el exterior, la creación de una agencia federal de lucha contra el narcotráfico y la aprobación del presupuesto 2017".

El mercado quedó abierto. Y el punteo es tan preciso que nos recuerda cuánto está en juego para el frente Cambiemos: lisa y llanamente la gobernabilidad. La guerra contra la droga, el arreglo con los holdouts, los créditos externos y el plan de estabilización de Alfonso Prat-Gay, que recibe críticas soterradas a izquierda y a derecha porque no puede hacer un shock y porque el gradualismo es una senda sembrada de clavos. La ortodoxia hace política económica creyendo que no hay restricciones políticas. Y los kirchneristas creen que se puede hacer política económica desatendiendo las matemáticas. Lo cierto es que no podrán verse los resultados del programa hasta que el cepo se abra completamente, el juicio con los fondos buitre se cierre, los dineros para la infraestructura arriben, y la inflación y el déficit comiencen a bajar. Y los instrumentos para ejecutar toda esta compleja sinfonía están guardados en el Congreso: sus avaros luthiers abren los estuches o los cierran con llave según su conveniencia.

Lejos del profesionalismo de Pichetto, el señor Recalde tiene amnesia peronista y arranques de camporismo tardío: es un títere de la ex presidenta y pretende jugarse todo el miércoles en la Cámara de Diputados aprovechando que los resultados del pacto con el Gobierno todavía son ambiguos y que los legisladores del partido de Perón (tan guapos ellos contra Macri) nunca han demostrado gran valentía frente al tiránico partido de Cristina. Es así como los antiguos verdugos de la caja y sus antiguas víctimas, algunas de las cuales se han dejado reducir a servidumbre en tiempos de la patrona, podrían confluir en una terapia de pareja con pronóstico reservado.

Hay quienes dicen que la luna de miel de un gobierno dura solo noventa días. El cálculo parece algo tacaño, pero si fuera cierto, Macri no podría perder un minuto más. Los aumentos de las tarifas eléctricas, las prepagas y los precios en general amenazan su buena estrella: ya se sabe que hoy las encuestas han reemplazado a las convicciones, y que el oportunismo puede ser un perro faldero o un tiburón blanco. Es verdad que poco podía hacerse hasta que el peronismo se pusiera los pantalones largos y plantara a su dama en el altar de los delirios. Ese proceso avanza con marchas y retrocesos, y tiene motivaciones existenciales: "Pase lo que pase, nunca más al sometimiento", se juramentaron algunos caciques justicialistas. Es curioso, pero hoy muchos de ellos están más cerca de Macri que de Cristina, y es evidente que con su radicalización ella los fuerza al divorcio. Pero también que algunas torpezas del Gobierno logran de vez en cuando reunificarlos y ponerlos en guardia. Cerca del despacho presidencial admiten que deben recalibrar el sistema de toma de decisiones, que hoy produce más cortocircuitos que la propia oposición. Pero advierten que esa modificación no puede llevar al anquilosamiento.

El cristinismo asimilaba rectificación con debilidad. El macrismo no teme a la corrección, pero asimila lentitud con parálisis. El abuso del sistema del ensayo y error puede, sin embargo, crear la sensación de que Macri gobierna sin consultar y de que cualquier decisión suya es provisoria y revisable. Ningún dirigente llega a la presidencia de la Nación con oficio; la mayoría de las veces un jefe de Estado necesita equivocarse durante muchos meses hasta encontrar su camino. Pero este buzo táctico está obligado a aprender a mucha velocidad, porque nada en aguas infestadas de explosivos y encima quienes lo emboscaron con minas subacuáticas se regocijan con cada detonación y lo acusan de mala praxis.

Un ejemplo de este peligroso juego de hipocresías es la señora Magario, alcaldesa de La Matanza y corresponsable de una provincia quebrada, anunciando por televisión el advenimiento de una crisis social. Nafta al fuego, y que se queme todo, compañeros. La sociedad está mirando a unos y otros: no pide guerra sino entendimientos. Porque, recuerden, el que sueña solo sólo sueña. El que sueña con otros hace historia.

© La Nación

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