domingo, 15 de noviembre de 2015

El carapintadismo militante y la perestroika del PJ

Por Jorge Fernández Díaz
"Si la montaña viene hacia ti, ¡corre! Es un derrumbe." El falso aforismo de Les Luthiers parece escrito para la poderosa corporación justicialista, que vive inéditos momentos de descascaramiento y de naufragio, y que protagoniza verdaderos actos de vileza. Cuentan que en algunas zonas del conurbano ciertos burócratas se escapan llevándose computadoras de las escuelas municipales, televisores de los hospitales públicos, escritorios de las oficinas y bancos de plaza para adornar sus jardines, donde pasarán algunos años pensando quién les hizo perder su gran negocio. 

Los generales, acorralados por los demandantes soldados de su aparato, intentan nombrarlos a todos en la administración pública para evitarles a último momento la intemperie y para salvarse a sí mismos de ser linchados: prometieron el paraíso del peronismo eterno y no podrán cumplir. Algunos barones enchufan también a sus amigos y familiares, y dejan tierra arrasada para sus sucesores. Se inspiran, como es natural, en las horas infames del Titanic y en la descortesía de los cristinistas, que se retiran suponiendo de máxima que la oposición los raleará y de mínima que el ex motonauta tratará de sacárselos de encima. Las escenas de la provincia de Buenos Aires tienen, sin embargo, una lectura más grave: allí la hecatombe que podía suceder ya ha tenido lugar y es irreversible. Resulta ingenuo pensar que esta corporación hegemónica fue derrotada por "una chica con cara de Heidi" y por algunos curitas del papa Francisco, así como no es posible creer que la Unión Soviética sucumbió bajo el mero hostigamiento de Occidente: hubo entonces repudio a la ineficiencia estatal, consecuente fatiga civil y fuerte necesidad de un cambio. La historia enseña que los regímenes largos e imbatibles son habitualmente derrotados por sí mismos. Implosionan.

Si eventualmente ganara el ballottage, Daniel Scioli se encontraría con un escenario original y perturbador: la provincia y la ciudad de Buenos Aires, Santa Fe, Córdoba, Mendoza, Corrientes, Jujuy, Neuquén, Río Negro y Chubut están en manos de fuerzas opuestas al kirchnerismo. El ajedrecista de Villa La Ñata se vería inexorablemente obligado a consensuar con esos gobernadores las grandes líneas políticas y económicas del país, y no podría evitar tampoco un proceso de cuestionamiento y deliberación en las entrañas del propio peronismo. Es allí donde sordos ruidos oír se dejan: nadie mejor que un peronista para olfatear los epílogos de un ciclo y la nueva dirección de los vientos.

Si el ganador resultara Mauricio Macri la crisis pejotista sería aún más precipitada y evidente. Pero el concepto "nueva renovación peronista" no sólo está instalado como objetivo en las cabezas de Massa y De la Sota; ya penetró en muchos caciques y militantes del Frente para la Victoria, aunque el asunto se mantiene en sordina por el suspenso de la campaña electoral y también porque aún se temen los viejos latigazos de la patrona de Balcarce 50. Pero cuidado: para las urnas faltan apenas siete días y para el fin del mandato, tan sólo 25. Importantes dirigentes del oficialismo ya piensan cómo reconfigurar ese movimiento y, por lo tanto, se hacen una pregunta de fondo que resulta inquietante: ¿dónde, cuándo, en qué recodo de la historia nos extraviamos?

Esta incipiente autocrítica murmurada es fundamental para todo el arco político y compete muy especialmente a los simpatizantes del frente Cambiemos. De poco valdría que se efectivizara una alternancia y que los opositores lograran gobernar hasta el último día, si al final de esa rara epopeya histórica los aguardara un peronismo vengativo que barriera con todo y que recomenzara la apropiación indebida del Estado y la pesadilla de la destrucción institucional. La clase política entera intenta reaprender de esta experiencia que se va apagando. Y por eso ya se presiente el regreso de un cierto sistema bipartidista. Que tiene, por supuesto, muchos enemigos. Para los cristinistas ésa es una miserable salida partidocrática y burguesa, que lesiona su carácter "revolucionario". Para los antikirchneristas más acérrimos, esa alternativa debe olvidarse puesto que el peronismo es incapaz de jugar su rol republicano. Los últimos sueñan con un imposible: lisa y llanamente la agonía peronista. Los primeros se colocan en un lugar irreductible y autoritario que ha dañado seriamente la dificultosa evolución del justicialismo. Unos y otros olvidan dos asuntos primordiales: el partido de Perón y la democracia republicana fundada por Alfonsín son dos hechos fatalmente ineludibles de la política argentina. Lo único que se puede hacer con ellos es tratar de armonizarlos.

La gran dama no encuentra todavía su sitio en este tablero. No le hace bien a la democracia ni a sus seguidores ni mucho menos a sí misma que una ex presidenta constitucional tenga como único proyecto la presión o la conjura. En consonancia con sus discursos y amenazas sobre el dogma cristinista y también sobre el helicóptero, sus muchachos no se privan de susurrar que acorralarán a Scioli y que tratarán de manejarlo como un títere, o que trabajarán directamente para la caída de Macri, a quien le dan un año sobre el potro, a ojos de buen cubero. Denunciadores a repetición de destituciones fantasmales que nunca se hicieron realidad, insinúan ahora un delirante pero perverso carapintadismo militante, que Cristina Kirchner debería cortar de cuajo. Ella sabe muy bien la manera en que algunos de sus "compañeros" echaron leña al fuego para profundizar la crisis en la que se quemó la última coalición opositora.

El destino político del kirchnerismo no puede consistir en limar al nuevo gobierno democrático mientras éste arregla las cuentas, ni que sus legisladores sean obstruccionistas absolutos de lo que el pueblo votará el 22 de noviembre, ni labrar sabotajes sociales diversos ni apostar únicamente a una catástrofe, dado que toda esa estrategia lo colocaría directamente en la marginalidad. ¿Perdonaría la sociedad atenta una defección de ese tamaño en un momento tan delicado de la historia y de la economía? A Menem no se lo perdonó. Se equivoca Cristina al suponer que no estará involucrada en la próxima era: su herencia permanece muy fresca en el imaginario popular, y siempre se espera de un ex jefe de Estado colaboración leal y no boicot permanente, mucho más durante estos desafiantes tiempos en los que las urnas imponen diálogo constructivo y respeto. La Presidenta, mal que le pese a ella y a sus más enconados antagonistas, navega también dentro de este barco. Y el candidato del frente Cambiemos ha dicho que precisará del kirchnerismo para gobernar: no es retórica sino crudo realismo. Algunos de sus votantes piensan, sin embargo, que Cristina debería contentarse simplemente con una celda. Ella está obligada moral e institucionalmente, como cualquier ex mandatario de la Tierra, a defenderse en eventuales juicios justos, pero eso no le quita un papel solidario con la república. Ahora bien, ¿su orgullo se lo permitirá? A ese defecto personal precisamente le adjudican, dentro del peronismo, sus grandes tropiezos en la toma de decisiones. "La tolerancia es tan necesaria en política como en religión; sólo el orgullo es intolerante -decía Voltaire-. Es el orgullo quien rebela los espíritus, queriéndolos forzar a pensar como nosotros; es el origen secreto de todas las divisiones."

© La Nación

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