sábado, 5 de septiembre de 2015

TRES OMISIONES

José Ortega y Gasset: El cómo y el para qué / 2

Por Octavio Paz
El discurso de Ortega y Gasset fue, con frecuencia, un monólogo. Muchos lo han lamentado, con alguna razón. No obstante, hay que confesar que ese monólogo nos enseñó a pensar y nos hizo hablar, ya que no con nosotros mismos, con nuestra historia latinoamericana. Nos enseñó que el paisaje no es un estado de alma y que tampoco somos meros accidentes del paisaje. 

La relación entre el hombre y su paisaje es más compleja que la antigua relación entre sujeto y objeto. El paisaje es un aquí visto y vivido desde mí; ese desde es siempre un desde aquí. La relación entre uno y otro polo es, más que diálogo, interacción. Las ideas son reacciones, actos. Esta visión, a un tiempo erótica y polémica del destino humano, no desemboca en ningún más allá. No hay más trascendencia que la del acto o la del pensamiento, que, al realizarse, se agota, entonces, so pena de extinción, hay que volver a comenzar. El hombre es el ser que continuamente se hace y se rehace. El gran invento de los hombres es el hombre. Visión prometeica y también trágica: si somos un perpetuo hacernos, somos un eterno recomienzo. No hay descanso: fin y comienzo son lo mismo. Tampoco hay naturaleza humana: el hombre no es algo dado, sino algo que se hace y se inventa. Desde el principio del principio, lanzado fuera de sí y fuera de la naturaleza, es un ser en vilo; todas sus creaciones -lo que llamamos cultura e historia- no son sino artificios para seguir suspendido en el aire y no recaer en la inercia animal de antes del principio. La historia es nuestra condición y nuestra libertad; es aquello en que estamos y aquello que hacemos. Pero la historia no consiste, en resumidas cuentas, sino en un vivir en el aire, sin raíces. fuera de la naturaleza. Siempre me ha asombrado esta visión heroica del hombre como una criatura en lucha permanente contra las leyes de la gravedad. Sólo que es una visión en la que no aparece la otra cara de la realidad: la historia como incesante producción de ruinas; el hombre, como caída y perpetuo deshacerse. A la filosofía de Ortega y Gasset, me temo, le faltó el peso, la gravedad, de la muerte. Hay dos grandes ausentes en su obra: Epicteto y san Agustín.

Su acción intelectual se desplegó en tres direcciones: sus libros, su cátedra y la Revista de Occidente con sus publicaciones. Su influencia marcó profundamente la vida cultural de España y de Latinoamérica. Por primera vez, después de un eclipse de dos siglos, el pensamiento español fue escuchado y discutido en los países latinoamericanos. No sólo se renovaron y cambiaron nuestros modos de pensar y nuestra información. También la literatura, las artes y la sensibilidad de la época ostentan las huellas de Ortega y Gasset y su círculo. Entre 1920 y 1935 predominó entre las clases ilustradas, como se decía en el siglo XIX, un estilo que venía de la Revista de Occidente. Estoy seguro de que el pensamiento de Ortega será descubierto, y muy pronto, por las nuevas generaciones. No concibo una cultura hispánica sana sin su presencia. Será, claro, un Ortega y Gasset distinto al que nosotros conocimos y leímos: cada generación inventa a sus autores. Una España más europea -como la que ahora se dibuja- sentirá mayor afinidad con la tradición que representa Ortega y Gasset, que es la que siempre ha mirado hacia Europa. Pero la cultura europea vive años difíciles y no puede ser ya la fuente de inspiración que fue a principios de este siglo. Además, España es también americana, como lo vio admirablemente Valle-Inclán y no lo vieron ni sintieron Unamuno, Machado y el mismo Ortega y Gasset. Tampoco los poetas de la generación de 1927, a pesar de su descubrimiento de Neruda, sintieron y comprendieron de veras a Latinoamérica. Así, regresar a Ortega y Gasset no será repetirlo sino, al continuarlo, rectificarlo.

En esta obra vasta, rica y diversa advierto, no obstante, tres omisiones. Ya he mencionado dos. La primera es la mirada interior, la introspección, que se resuelve siempre en ironía: no se vio a sí mismo y por eso, quizá, no supo sonreír ante su imagen en el espejo. Otra es la muerte, el deshacerse que es todo hacerse. El hombre de Ortega y Gasset es un ser intrépido y su signo es sagitario, sin embargo, aunque puede mirar al sol de frente, nunca ve a la muerte. La tercera son las estrellas. En su cielo mental se han desvanecido los astros vivos e inteligentes, las ideas y las esencias, los números vueltos luz, los espíritus ardientes que arrobaron a Plotino y a Porfirio. Su filosofía es la del pensamiento como acción: pensar es hacer, construir, abrirse paso, convivir; no es ver ni es contemplar. La obra de Ortega y Gasset es un apasionado y luminoso pensar sobre este mundo, pero en su mundo faltan los otros mundos que son el otro mundo: la muerte y la nada, reversos de la vida, la historia y la razón; el reino interior, ese territorio secreto descubierto por los estoicos y que fue explorado, primero que nadie, por los místicos cristianos; y la contemplación de las esencias o, como decía sor Juana Inés de la Cruz en el único poema realmente filosófico de nuestra lengua, Primero sueño la contemplación de lo invisible, en el modo posible, «no sólo ya de todas las criaturas / sublunares, mas aun también de aquellas / que intelectuales claras son estrellas ... ».

Tal vez podría argüirse que el pensamiento de Ortega y Gasset nos libera de la adoración de las estrellas; es decir, de la red de la metafísica; las ideas no están en ningún cielo mental: nosotros las hemos inventado con nuestros pensamientos. No son los signos del orden universal ni el trasunto de la armonía cósmica: son luces inciertas que nos guían en la oscuridad, señales que nos hacemos los unos a los otros, puentes para pasar a la otra orilla. Pero esto es justamente lo que echo de menos en su obra: no hay otra orilla, no hay otro lado. El raciovitalismo es un solipsismo, un callejón sin salida. Hay un punto en que la tradición occidental y la oriental, Plotino y Nagarjuna, ChuancTseu y Schopenhahuer, se unen: el fin último, el bien supremo, es la contemplación. Ortega y Gasset nos enseñó que pensar es vivir, y que el pensamiento separado de la vida pronto deja de ser pensamiento y se vuelve ídolo. Tenía razón, pero su razón cercenó la otra mitad de la vida y del pensamiento. Vivir es también, y sobre todo, vislumbrar la otra orilla, sospechar que hay orden, número y proporción en todo lo que es y que, como decía Spencer, el movimiento mismo es una alegoría del reposo: «That time when no more Change shall be, / But stedfast rest of all things firmely stayd / Upon the pillours of Eternity». (Mutability Cantos). Por todo esto, sus reflexiones sobre la historia, la política, el conocimiento, las ideas, las creencias, el amor, son un saber -no una sabiduría-.

Este artículo -escrito sin notas y fiado a mi memoria- no es un examen de las ideas de Ortega y Gasset, sino de la impresión que han dejado en mí. Como tantos otros latinoamericanos de mi edad, frecuenté sus libros con pasión durante mi adolescencia y mi primera juventud. Esas lecturas me marcaron y me formaron. El guió mis primeros pasos y a él le debo algunas de mis primeras alegrías intelectuales. Leerlo en aquellos días era casi un placer físico, como nadar o caminar por un bosque. Después me alejé. Conocí otros países y exploré otros mundos intelectuales. Al terminar la guerra me instalé en París. En aquellos años se celebraban en Ginebra unos encuentros internacionales que alcanzaron cierta notoriedad. Consistían en una serie de seis conferencias públicas, impartidas por seis personalidades europeas, y seguidas, en cada caso, por discusiones entre pequeños grupos. En 1951 fui invitado a participar en esas discusiones. Acepté: uno de los seis conferenciantes era nada menos que Ortega y Gasset. El día de su conferencia lo escuché con emoción. También con rabia: a mi lado, algunos provincianos profesores franceses y suizos se burlaban de su acento al hablar en francés. A la salida quisieron rebajarlo: no sé por qué estaban ofendidos. La discusión, al día siguiente, empezó mal por la malevolencia de los mismos profesores, aunque, por fortuna, una generosa e inteligente intervención de Merleau Ponty enderezó las cosas. Yo no hice mucho caso de aquellas mezquinas disputas; lo que quería era acercarme a Ortega y Gasset y hablar con él. Al fin lo logré y al día siguiente lo visité en el Hotel du Rhone. Lo vi allí dos veces. Me recibió en el bar, una estancia amplia, con muebles rústicos de madera y una enorme ventana que daba al río impetuoso. Una sensación extraña: se veía el agua furiosa y espumeante caer desde una alta esclusa; pero, por los gruesos vidrios, no se la oía. Recordé la línea de Baudelaire: Tout pour I'oeil, rien pour les oreilles.

A pesar de su afición al mundo germánico y sus brumas, Ortega y Gasset era, en lo físico y en lo espiritual, un hombre del Mediterráneo. Ni lobo ni pino: toro y olivo. Un vago parecido -la estatura, los ademanes, el color, los ojos- con Picasso. Con más derecho que Rubén Darío podría haber dicho: «aquí, junto al mar latino, / digo mi verdad... ». Me sorprendió el llamear de su mirada de ave rapaz, no sé si de águila o de gavilán. Comprendí que, como la yesca, se encendía con facilidad, aunque no por mucho tiempo. Entusiasmo y melancolía, los dos extremos contradictorios del temperamento intelectual, según Aristóteles. Me pareció orgulloso sin desdén, que es el mejor orgullo. También abierto y capaz de interesarse por el prójimo. Me recibió con llaneza, me invitó a sentarme y ordenó al mesero que sirviera unos whiskies. A sus preguntas, le conté que vivía en París y que escribía poemas. Movió la cabeza con reprobación y me reprendió: por lo visto, los latinoamericanos eran incorregibles. Después habló con gracia, desenvoltura e inteligencia (¿por qué nunca, en sus escritos, usó el tono familiar?), de su edad y de su facha (de torero que se ha cortado la coleta), de las mujeres argentinas (más cerca de Juno que de Palas), de Estados Unidos (quizá allá brote algo, aunque es una sociedad demasiado horizontal), de Alfonso Reyes y sus ojillos asiáticos (sabía poco de México y ese poco le parecía bastante), de la muerte de Europa y de su resurrección, de la quiebra de la literatura, otra vez de la edad ( dijo algo que habría estremecido a Plotino: pensar es una erección, y yo todavía pienso), y de no sé cuántas cosas más.

La conversación se deslizaba, a ratos, hacia la exposición; después, hacia el relato: anécdotas y sucedidos. Ideas y ejemplos: un maestro. Sentí que su amor a las ideas se extendía a sus oyentes; me veía para saber si le había comprendido. Frente a él yo existía no como un eco, como una confirmación. Comprendí que todos sus escritos eran una prolongación de la palabra hablada y que esta era la diferencia esencial entre el filósofo y el poeta. El poema es un objeto verbal y. aunque esté hecho de signos (palabras), su realidad última se despliega más allá de los signos: es la presentación de una forma; el discurso del filósofo se sirve de las formas y de los signos; es una invitación a realizarnos (virtud, autenticidad, ataraxia, qué sé yo). Salí con la cabeza hirviendo.

Lo volví a ver la tarde siguiente. Le acompañaba Roberto Vernego, un inteligente joven argentino que fue su guía en Suiza y que conocía bien la filosofía alemana y la francesa. Salimos a pasear por la ciudad; Roberto nos dejó y Ortega y yo caminamos un rato, de regreso a su hotel, por la orilla del río. Ahora sí se oía el estruendo del agua cayendo en el lago. Empezó a soplar el viento. Me dijo que la única actividad posible en el mundo moderno era la del pensamiento («la literatura ha muerto, es una tienda cerrada, aunque todavía no se enteren en París»), y que, para pensar, había que saber griego o, al menos, alemán. Se detuvo un instante e interrumpió su monólogo, me tomó del brazo y, con una mirada intensa que todavía me conmueve, me dijo: Aprenda el alemán y póngase a pensar. Olvide lo demás». Prometí obedecerle y le acompañé hasta la puerta de su hotel. Al día siguiente tomé el tren de regreso a París.

No aprendí el alemán. Tampoco olvidé lo demás. En esto lo seguí: siempre enseñó que no hay pensar en sí, que todo pensar es pensamiento hacia o sobre lo demás. Ese demás, llámase como se llame, es nuestra circunstancia; lo demás, para mí, es la historia; el más allá de la historia se llama poesía. Vivimos un acabamiento; pero acabar no es menos fascinante y digno que comenzar. Acabamientos y comienzos se parecen: en el origen, la poesía y el pensamiento estuvieron unidos; después las separó un acto de violencia racional. Hoy tienden, casi a tientas, a unirse de nuevo. ¿Y su tercer consejo: «póngase a pensar»? Sus libros, cuando era muchacho, me hicieron pensar. Desde entonces he tratado de ser fiel a esa primera lección. No estoy muy seguro de pensar ahora lo que él pensó en su tiempo; en cambio, sé que sin su pensamiento yo no podría, hoy, pensar.

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© El País (España)

Selección: Agensur.info

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