jueves, 28 de agosto de 2014

Stephen Hawking, el "boy scout" de las estrellas

Stephen Hawking, una mente brillante y un espíritu
combativo que se niega a la derrota.

Por Marisa Pérez Bodegas

Todos conocen a Stephen Hawking, hasta los que pasan de la ciencia. Es el científico más popular del mundo pese a lo críptico de su especialidad, la física teórica. Brillante, hazañoso y vulnerable, ha heredado el aura de Einstein, aunque algunos opinen que no es para tanto.

Todo lo que hace o dice sale en los periódicos. Tal fascinación se debe a que ejerce una exitosa actividad científica, con su propio cuerpo en contra, desde hace cuarenta años, gracias a una voluntad de hierro y una inteligencia excepcional.

Una familia excéntrica

Nació en Oxford en 1942. Sus padres, Frank e Isabel, un médico biólogo y una activa política laborista, le pusieron allí a salvo de los bombardeos nazis. Luego vivieron en St. Albans, al norte de Londres, donde Frank Hawking  era Director de Parasitología del Instituto Nacional de Investigación Médica. Además de Stephen, los Hawkings tenían a Philippa, Mary y un hijo adoptivo, Edward. Según este, “parecíamos los Munsters”: Wagner sonaba a toda pastilla en la casa, el padre criaba abejas en el sótano y una abuela pianista aporreaba en el ático. La familia leía junta y en silencio, debatía la existencia de Dios e iba de vacaciones en un carromato de vendedor de crecepelos. Se les consideraba una gente culta y excéntrica, que, si se rompía el vidrio de una ventana, no se acordaba de cambiarlo. En cuanto a Stephen, era frágil pero chulito. Tenía carisma. Sus compañeros le llamaban “Einstein” por sus aficiones intelectuales. Como estudiante era normal, sin más. 

La fiesta de Oxford

Fue al Colegio Mayor Universitario de Oxford, alma mater de su padre, para estudiar matemáticas y física. Se integró muy bien. Llevaba el pelo largo, era famoso por su ingenio y no se mataba a trabajar. Pero ciertos datos mostraban que era de otro planeta. Su tutor, Robert Breman, lo explicó así: “Tuvo que hacer un esfuerzo para rebajar su nivel al de la clase”. Jugaba al bridge por las noches y durante el día timoneaba al equipo de remo con gritos autoritarios. Fueron tres años de buena vida a pesar de lo cual obtuvo el título en Ciencias Naturales con honores.

El dolor de Cambridge

1962. Su siguiente paso fue Cambridge, donde eligió el enfoque más difícil y menos práctico de la física: la cosmología. Pronto se dio cuenta de que, por haber vagueado en Oxford, sus matemáticas fallaban. Comenzaba a aclararse en la jungla numérica cuando se le agudizó cierta torpeza corporal… El diagnóstico fue esclerosis lateral amiotrófica, ELA. Un mal degenerativo incurable que atrofia los músculos voluntarios: el corazón, el aparato digestivo y los órganos sexuales funcionan; el cerebro también; pero se pierde la capacidad de hablar y de moverse. Los enfermos mueren pronto, casi siempre por asfixia, al fallarles los músculos respiratorios. Hawking, que tenía veinte años, se sumió en la depresión.

Pero era un vitalista. En enero de 1963 reapareció en su vida Jane Wilde, una joven estudiante de lenguas de St. Albans. El padre de Hawking aconsejó una boda temprana: debían tener hijos lo antes posible, porque Stephen podía morir en cualquier momento. Se casaron en julio de 1965. A Stephen, aquello le dio energías para enfrentarse a un doctorado de tres años, más tiempo que el que la enfermedad le concedía.  Por suerte, la física teórica era uno de los pocos campos que no exigía más herramienta que la mente. Se volcó en el estudio. “Comencé a trabajar por primera vez en mi vida”. Logró doctorarse en 1966. El nacimiento de su hijo Robert le enfrentó al reto de mantener una familia, así que empezó a dar clases en Cambridge. En 1980 ganaría la cátedra Lucasiana de Matemáticas, la misma que tuvo Newton.

Adelante con todo

Su espíritu combativo se negaba la derrota, pero la enfermedad no cejaba. A principios de los setenta, se sentó para siempre en una silla de ruedas y empezó a farfullar. En 1985, hubo que colocarle un tubo respirador en la garganta y una sonda de alimentación. Se acabó el habla, incluso el farfulleo. Quedó inmóvil por completo, encerrado en su cuerpo. De esa cárcel le sacó el informático Michael Woltosz con un software diseñado para su suegra impedida: el programa Equalizer que permitía seleccionar palabras en una pantalla; estas podían pasar a un ecualizador y salir convertidas en esa voz robótica, con acento yanqui, que caracteriza a Hawking y que tanto juego ha dado en el mundo.

Como aún podía mover un dedo, un alumno le diseñó un interruptor para el software. Con determinación, Hawking logró producir 10 palabras por minuto, muy poco si se compara con el habla normal (100 palabras), pero muchísimo si la otra opción es el silencio. En 2003 ese interruptor manual fue sustituido por otro infrarrojo de baja potencia incorporado a los lentes. Al comienzo lo controlaba con parpadeos, después con movimientos de mejilla.

La esclerosis solo respetó los 204 IQ de su prodigioso cerebro. Y aquí sigue, pese a sus emergencias, algunas debidas a su gusto por la marcha: no solo sube en globo y en vehículos de gravedad cero, incluso se ha permitido dos divorcios: el primero de Jane, su esposa/salvavidas y madre de sus tres hijos, Robert, Lucy y Timothy, que acabó cansada de la absorbente situación conyugal. Y después de Elaine Mason, su segunda mujer, una enfermera demasiado enérgica, se dice.

© Filosofía Hoy

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