lunes, 25 de agosto de 2014

Deuda con Kafka: Borges y Cortázar

Por Liliana Bellone (*)
Las metamorfosis de Ovidio no dejan de  subyugar y perturbar al lector a través de relatos donde el mito se carga de la doble cualidad de luz y oscuridad de lo divino. Hombres, dioses, héroes, animales, plantas y montañas, parecen moverse al unísono del gran Todo. Sin embargo, casi dos mil años después de Ovidio, un checo de lengua alemana, irrumpe desde una desacralizada ciudad europea moderna y burguesa,  regida por el capitalismo, los bancos, la bolsa, con otra Metamorfosis, la terrible, visceral Metamorfosis de Franz Kafka. 

Lo monstruoso acompaña la metamorfosis kafkiana, el insecto doliente que provoca estupor a su familia, ese  espantoso bicho que es Gregorio Samsa  ante sus semejantes, encontrará tal vez menos horror en las criaturas de  otro gran escritor, esta vez latinoamericano, Julio Cortázar.

Ocurre que lo monstruoso kafikiano, con su carga de pesadilla y delirio, surge en la escritura de Cortázar desde lo cotidiano. Un señor vomita conejitos, otro es un pez, una Circe moderna alimenta de horror, deseo y muerte a sus pretendientes, renacen los bestiarios domésticos, en una atmósfera que no deja de situarse en el espacio ambiguo y enrarecido del sueño y la vigilia, de la fantasía y el delirio, de las fobias y lo siniestro. Esos espacios indefinidos y confusos, aparecen también en no pocos cuentos de Borges, donde el narrador y los personajes dudan entre la realidad y el sueño, entre lo acontecido y la fantasía: en el cuento “El sur”, por ejemplo, el protagonista se hunde en un sopor que lo lleva, primero, hacia los arrabales de la ciudad, y luego hacia la pampa añorada que es el sur y la muerte, o en “Las hojas del ciprés”, el enemigo queda para siempre prisionero de la pesadilla del narrador-Borges. Del mismo modo, el personaje de “La noche boca arriba” de Cortázar, pasa del ámbito del sueño al de la vigilia y viceversa hasta el punto de no saber cuál de las instancias es la verdadera y cuál la ficticia. 

Esa franja ambigua que remite al delirio o a la fantasía, esa indefinición constante habita en la narrativa de Borges y Cortázar y evoca los mundos kafkianos cargados de angustia. Como en aquel cuento famoso que Bioy Casares, Silvina Ocampo y el mismo Borges recogieron en su célebre Antología de la literatura fantástica y que dice así:
  
           Chuang-Tzu soñó que era una mariposa, al despertar  no sabía si era Tzu que había soñado que era una mariposa o era una mariposa que había soñado que era Tzu.

 La ecuación soñar-saber-ser presenta la dimensión de la identidad, ¿qué somos? ¿quiénes somos?, preguntas que se plantean en los increíbles mundos narrativos de Kafka, Borges y Cortázar, que arremeten contra la visión monolítica del ser, las esencias y los absolutos para indagar el territorio de la nada, de lo incierto y lo relativo en un laberinto infinito de posibilidades.  

El extrañamiento del propio ser, en el cuerpo o en su imagen (Borges habla del “horror a los espejos) que son el extrañamiento ante el “otro”, el semejante, muestra su arista literaria en el tema del doble, en el escalofrío que produce la división del sujeto, como el famoso Dr. Jekyll and Mr. Hyde de Stevenson o El retrato de Dorian Gray de Wilde. El “otro” como siniestro provocará también lo monstruoso, el “otro” que acosa y que espera: “La casa de Asterión” de Borges. También lo monstruoso surge en el  hogar, la casa que se torna extraña y amenazante como en “There are more things” de Borges o en los objetos como en “El libro de arena” también del autor de Fervor de Buenos Aires.

El monstruoso y desdichado Gregorio Samsa ha sido escrito y reescrito desde las angustiosas pesadillas, pasando por la desintegración del cuerpo hasta la prolongación en objetos tenebrosos que provocan una visión desacostumbrada en la concepción del mundo.

(*) Narradora, poeta, ensayista y crítica literaria.

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