domingo, 24 de agosto de 2014

Cuando la azafata se pone a rezar

Por Jorge Fernández Díaz
Un amigo que estudió marxismo leninismo en la escuela Komsomol de Moscú, que por lo tanto era un ateo total y que jamás había sentido miedo a los aviones, estuvo a punto de revisar casi todas sus convicciones en pleno vuelo a Córdoba, cuando una aterradora tormenta sacudió violentamente la aeronave, tuvieron que suspender el servicio y descubrió la imagen más temida: oculta tras una cortina, la azafata rezaba angustiosamente un rosario.

Cristina Kirchner fue por un momento esa misma azafata el martes último, cuando a través de la cadena nacional confesó estar muy nerviosa, y cuando se quebró en lágrimas durante un anuncio que tendría impacto político e institucional, y que precisaba llevar calma a la población y a los mercados. El episodio, que cayó como una bomba dentro de su propio gabinete, es por demás curioso, puesto que no se trató de un arrebato emocional inesperado en el transcurso de un acto con militancia y claque, sino de un mensaje cuidadosamente grabado en soledad y a puertas cerradas. El llanto y la alusión a los nervios, en consecuencia, podrían haberse borrado y vuelto a filmar, pero evidentemente fueron incluidos a propósito. Esta pequeña decisión de trastienda revela que a la Presidenta le interesó más el efecto "heroína de telenovela" que la prudencia y el temple balsámico de un estadista frente a un anuncio de semejante sensibilidad económica. Eligió filtrar su carácter melodramático, impulsivo y quizá temerario, contra la lógica necesidad de exorcizar serenamente una gran incertidumbre.

La anécdota ilustra a su vez la verdad detrás de todas estas maniobras "nacionalistas": una vez que la distracción condujo al Waterloo de Nueva York y la leche estaba derramada, primó la idea de sacar ventajas politiqueras antes que solucionar con discreción, rapidez y profesionalidad el pequeño gran desperfecto que el mismo gobierno había generado. Es así como de una sentencia por una suma irrisoria derivamos en esta situación de emergencia nacional y repercusión planetaria alrededor de un tema que parecía cerrado: la deuda externa argentina. Y que el kirchnerismo dejará abierto e inconcluso al marcharse a casa, no sin antes exprimirlo para su provecho narrativo y para correr a la oposición con la vaina. La apropiación indebida de la palabra "patria" con fines puramente electorales y por lo tanto antipatrióticos es una tosca jugada que los adversarios todavía no han sido capaces de desarticular.

En ese contexto tampoco suena sincero el teatral llamado de la Presidenta a los dirigentes opositores. Proponer un cambio de jurisdicción tan polémico hubiera exigido una seria ronda de consultas y una búsqueda real de consensos con referentes y especialistas de cada partido. Pero como la verdadera misión no es la patria sino la supervivencia, Cristina les avisó por la tele, les tiró por la cabeza el paquete cerrado y pretende ahora sacarlo a lo guapo en el Parlamento, pasando por alto que su proyecto hegemónico ha muerto, que debe abandonar el sillón de Rivadavia en apenas 472 días y que no se le puede aplicar la metodología autocrática a un asunto clave para la estabilidad futura del país.

No existe en la gestión kirchnerista el mínimo intento por democratizar esta transición. Es más, hasta el final del mandato se arroga el derecho de vapulear a todos y a cada uno de los dirigentes de la oposición parlamentaria. Lo hace casi a diario, con una feroz impunidad que ya ni llama la atención y desde las pantallas mismas del Estado, donde esos legisladores son tratados como imbéciles, siniestros y funcionales a los intereses foráneos, es decir: como traidores a la patria.

Un ejemplo tétrico de estos días le ocurrió al líder socialista Hermes Binner, a quien el Poder Ejecutivo decidió desacreditar con una lluvia de burlas e injurias sólo por haber aludido a la legendaria frase de Adam Smith "la mano invisible del mercado". El poder de toda esta acción sistemática de verdugueo estatal se encuentra claramente reñida con la ética, aunque ya no sorprende ni molesta a casi nadie. Por el contrario, muchas víctimas de esas campañas diseñadas en la Jefatura de Gabinete se calzan la medalla con orgullo. Pero no por naturalizadas dejan de ser lo que son: deseos presidenciales de destrucción masiva que la televisión pública acata como órdenes irreductibles. Lejos de respetar a sus legítimos oponentes, la Presidenta manda todo el tiempo a destruirlos. Y cuando resistan en el recinto la aprobación de la nueva ley del canje los acusará de ser directamente empleados de los buitres, porque está en su naturaleza: ella comanda un movimiento nacional y los demás forman parte de la miserable partidocracia de los cipayos. A mi izquierda está la pared y a mi derecha, el desierto.

Un dato relevante de estos días es la cantidad de funcionarios de primera línea, ya no simples peronistas sino insospechados kirchneristas de paladar negro, que le confiesan en voz baja al periodismo su franca desesperación por el inédito aislamiento de la jefa, la influencia absorbente y exclusiva de Axel Kicillof (cuyo mayor tema de preocupación en privado es la expansión territorial de sus dominios), y la cadena interminable de pifiadas y bandazos que el Gobierno viene produciendo en todas las áreas. Escuchar los desatinos y los malos presagios en boca de los incondicionales produce la misma sensación que oír el Padrenuestro de aquella azafata.

A Cristina le gusta servirse de un grupo de izquierdistas de hojalata que ni siquiera estudiaron en Komsomol y que, para hacer méritos, siempre están prestos a acercarle teorías estrambóticas a modo de coartadas. El mecanismo funciona de esta manera: si un día los psicoanalistas se rebelaran contra el Gobierno y la Presidenta tuviera ganas de dividirlos y castigarlos por tamaña osadía, algún amanuense vendría con su bandeja de excusas y le ofrecería la experiencia estalinista, que consistió en combatir las ideas de Freud por individualistas y contrarrevolucionarias. A Cristina le regocijan esa clase de hallazgos ilustres, que incorpora al relato y al bullying mediático. Lástima que tanto interés histórico y tanto denuedo intelectual no sirvan para crear un paraíso social, sino apenas una modesta y rancia revolución santacruceña.

Es así como el gobierno que venía a resolver los problemas y a normalizar el país termina creando problemas nuevos y originales, y consagrando la anomalía y el esperpento. La Argentina está en todos los diarios del mundo por un tifón que puede transformarse en un tsunami, tiene la segunda inflación más alta de la Tierra, posee un cepo cambiario que debería ser objeto de estudios antropológicos, y a pesar del auge de la soja, acaba de entrar en recesión preocupante. ¿Todas esas transgresiones son gratuitas? La Organización Mundial de Comercio falló esta semana contra nosotros por violar las reglas, un alegre deporte nacional: Japón, Estados Unidos y la Unión Europea opinan que deberían sancionarnos, ¿pero qué nos importan esas naciones irrelevantes si son parte del capitalismo terminal?

Tocan a su fin para la patria verdadera, aquella que prescinde del marketing y de la vana semántica, las batallitas culturales, puesto que la crítica realidad impondrá más temprano que tarde la obligación de dar la gran batalla económica. Que consiste, según admiten hasta los más conspicuos kirchneristas, en desarmar las minas explosivas que dejaron plantadas e intentar que las esquirlas no dañen una vez más al pueblo.

© La Nación

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