domingo, 24 de febrero de 2013

El fútbol soy yo

Propaganda y cultura popular.

Por Tomás Abraham (*)
¿Por qué no hay publicidad comercial y tan sólo propaganda gubernamental en Fútbol para Todos? Es de imaginar que la razón no se debe a la exigencia de alguna cláusula en la Ley de Medios. Es muy probable que el costo de la transmisión pueda ser solventado en gran parte sino en su totalidad por firmas privadas. Si esto así ocurriera, tendríamos una nada desdeñable contribución a la democracia por el hecho de que no se usa un canal público en beneficio de los intereses corporativos de un sector político que ocupa transitoriamente la Casa de Gobierno.

Y haría más creíble la intención de que la ley apunta a una mejor distribución de los medios masivos de comunicación.

El fútbol televisado en las actuales condiciones, que permiten la apropiación de su imagen por el Estado, tiene su público. No son todos, son pocos. La mayoría de los argentinos hace otra cosa y ve programas diversos sin abocarse a mirar tres o cuatro veces por semana los partidos de la fecha. El 90% de los estadios está semivacío. Nos hemos habituado a que cante una sola hinchada porque otra tiene prohibida la entrada. El amistoso entre Rosario y Newell’s fue un caso extremo. Las hinchadas no se encontraron, los equipos no se enfrentaron, y sin verse la cara ni jugar, la violencia explotó en cada una de las canchas. Eso también es Fútbol para Todos.

Pero la palabra “todos” se usa mucho. Recordemos el ’78 y la fiesta de “todos”. Los que dicen que tienen a todos por detrás es porque quieren reventar a unos cuantos que se les ponen enfrente. El fútbol, todos lo saben, interesa cada vez a menos. Que radio Rivadavia transmita Barcelona vs. Getafe con su relator y el comentarista narrando en un estudio lo que ven por televisión y se comuniquen en exteriores con un cronista que anuncia un gol de Defensa y Justicia, muestra que el fútbol, antes que otras actividades lúdicas, se encamina hacia el modelo de Titanes en el ring. No son pocos los programas que hablan de fútbol en los que la puesta en escena es circense. No siempre entretenida, a pesar de los gritos programados por simuladores a bajo costo.

Macri dice que con esa plata quiere hacer escuelas. La Presidenta decía que con la 125 quería hacer hospitales. No van a hacer nada. De todos modos, el fútbol es de las pocas cosas que quedan para evitar nuestro mortal aburrimiento.

La tribuna popular es de adolescentes y patotas armadas. La platea es de una clase media que se desgañita con insultos hacia el equipo contrario, hacia el propio equipo, contra el referí, contra el técnico y contra el cuñado. El fútbol ya no es popular. El referente pueblo no es más que un símbolo de patanes de la cultura. Los llamados movimientos populares hace décadas que dejaron de serlo. Quedan pequeños grupos armados a las órdenes de caciques. Volvemos a la época anterior a la ley Sáenz Peña. El discurso nacional y popular es un fenómeno netamente burgués. Ni siquiera nac & pop. Funciona a puro pogo. Su “relato” chorrea resentimiento de clase media: envidia, venganza, cola de paja. A ningún obrero, trabajador, cuentapropista, monotributista, laburante en negro, le interesa lo que dicen Cristina, Abal Medina, Macri, Solanas, ni siquiera Moyano o el periodismo político con sus estrellas. La gente quiere laburo, que no la maten y que no la jodan. La única utopía de masas realmente existente.

La política nacional es la farándula de la burguesía mediatizada. Y el fútbol es parte de esa política. A los que nos gusta el fútbol, seguimos al Barça, al Madrid, al Manchester United y al City, queremos saber qué pasa con los jugadores de la Selección que juegan en Europa. Es el fútbol de los ricos, y padecemos nuestro pobre fútbol. Pero rinde. Es lo que nos queda.

Dicen que con la plata que se invierte en Fútbol para Todos se podría hacer otra cosa. Mentira. Con esa plata, ni este ni otro gobierno harían nada salvo “construir poder”; en argentino: distribuir prebendas. Es posible que Fútbol de Primera, en el 13, fuera una mejor solución dominguera al ver todos los compactos con sus comentarios en poco tiempo y con un ritmo, aunque ficticio, más dinámico. Al menos no veríamos los interminables partidos en los que se le pega a la pelota con la canilla. La calidad no importa. A veces, cuanto peor es un partido más divertido resulta. No es culpa de los jugadores, en su inmensa mayoría rehenes de contratos falseados, laburantes con sueldo atrasado y promesas incumplidas. La corrupción de los dirigentes tampoco importa. Es inclusiva. Parece que lo único importante es que le sacaron la exclusividad a Clarín. Pase lo que pase, nadie quiere olvidar el fútbol. Es el sueño de los que nada tienen. Los padres arremeten contra el técnico de infantiles porque no hace jugar al hijo. Los entrenadores dicen que ninguno quiere jugar de defensor. La meta es Messi. Etcétera.

Creo que en la Argentina nos hemos quedado sin tema. El Fútbol para Todos apenas lo es. Cada semana hay que inventar algo para llenar el vacío. A veces es una cosa truculenta, como el gambito jurídico con Irán, o hechos siniestros, como ciertos asesinatos bien seleccionados que tienen que ver con lo que se llama “tragedia” del Once. El resto es un verso hueco. Por pudor y vergüenza ajena, no hablaré de la polémica sobre los árboles de la 9 de Julio. A veces alguien nos despierta de este sopor rioplatense. Laura Ginsberg vuelve a hablar después de años y, como aquella vez frente al edificio de la AMIA, patea el tablero y desnuda nuestra hipocresía y nuestro conformismo bien ajustados al fraude moral y la estafa ideológica. Habla de lo que no queremos que se sepa: la conexión local. Pero el show debe continuar. Y continúa para los futboleros. Sigo siendo hincha de fútbol. Primero del mismo fútbol. Luego de la Selección. Después de mi club. Es una lástima que lo secuestre el Estado. Lamentable imagen usada por la Presidenta pero reversible. Es posible que el Gobierno no quiera que empresas que son parte del crecimiento económico del que tanto se jacta no aparezcan con su nombre en la torta publicitaria. Le sería insoportable que compitieran con la imagen redentora que da de sí mismo. No quiere que se sepa que no hace más que recaudar y confiscar lo que sectores productivos con sus obreros, técnicos, gerentes y empresarios generan cada día. Debe ser por eso que no quiere correr el riesgo de que petroleras, gaseosas, calzados deportivos, bancos, líneas aéreas, paguen el Fútbol para Todos con un dispendio que puede ser varias veces inferior al conseguido por “Bailando” de Tinelli. No quiere otros nombres junto al Fútbol para Todos. No lo quiere para todos, lo quiere para sí. Ni quiere que el negocio, la organización y la resonancia social del fútbol estén fuera de su tutela, manipulación y vigilancia.

(*) Filósofo - www.tomasabraham.com.ar

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