Por Luciano Sáliche
En el scroll frenético de internet hay muchas fotos de Ernesto Sabato: jovencísimo junto a un telescopio y las manos en el bolsillo o acodado en la baranda de un barco con su pelo negro al viento o abrazado a su esposa y a su hijo o incluso él mismo de niño, envuelto en un traje oscuro, junto a sus hermanos; fotos hay de ese otro Sabato, el que fue mutando a lo largo de una larga vida que estuvo a punto de cruzar la frontera centenaria, muriendo un día como hoy, el 30 de abril de 2011, hace diez años, apenas diez años.

