Un tributo al
especial talento argentino para crear amistades que duran toda la vida, después
del ataque terrorista
en Nueva York.
Por Brian Winter (*)
Yo era prácticamente un niño, tenía 22 años, cuando me mudé
a Argentina en el año 2000 con la loca idea de convertirme en periodista.
Increíblemente, el Buenos Aires Herald no se apresuró a contratar a un texano
sin experiencia, y la economía parecía estar un poco complicada. Solo conocía a
dos argentinos, ambos encantadores pero mayores, con hijos y vidas propias.
