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| Por Alberto Salcedo Ramos (*) |
A comienzos de los años 70s, cuando yo era niño, vivía en
San Estanislao, un pueblo caliente y arenoso del norte de Bolívar.
Allí, a diferencia de lo que sucedía en otras partes de
Colombia, no se vivía el “sueño americano”. Los habitantes, campesinos en su
mayoría, soñaban con irse para Venezuela a trabajar como ordeñadores en los
hatos ganaderos o como empleadas domésticas en las casas de familia.



