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| Por Carmen Posadas |
Todos los años, a medida que se acerca el verano y por tanto mi cumpleaños, les doy todos ustedes la tabarra con mis neuras sobre el paso del tiempo, la pérdida de la belleza, la aceptación de la vejez y todo eso. Para alguien que como yo quería morir a los treinta (pensaba que nada muy interesante podía ocurrirle a uno pasada esa edad), haber llegado hasta los setenta y tres añazos que me caen en agosto, supone una sorpresa, también una victoria. Miro hacia atrás y pienso que no me ha ido mal del todo así que, al estilo Violeta Parra, diré gracias a la vida que me ha dado tanto. Pero lo malo es que ahora llega el tramo de vida más peliagudo. Por mucho que tantos digan que todo es cuestión de actitud, que la vejez no existe, que la edad no está en el DNI sino en mi espíritu y todas esas proclamas que tantos likes cosechan en Instagram, lo cierto es las palabras van por un lado y la biología por otro.
De ahí que llega un momento en el que conviene que elegir qué clase de viejo –o vieja– quiere uno ser, y yo ya tengo decidido mi role model. En un primer momento, pensé en imitar a Agatha Christie que, aparte de ser una grandísima escritora, tenía tanto sentido del humor (una cualidad fundamental a la hora de envejecer bien) que jamás se tomó a sí misma demasiado en serio. Y lo demostraba a cada paso. Como cuando le preguntaron si no le producía inquietud estar casada con un hombre catorce años más joven. “¡Todo lo contrario! –contestó ella–, Max es arqueólogo así que cada año me encuentra más fascinante”. Su método para envejecer con tranquilidad es buenísimo, no me digan que no, pero encontrar un novio que arqueólogo o uno coleccionista de las antigüedades no es fácil, así que tuve que buscar otro modelo a imitar, y me acordé de Audrey Hepburn. Murió con sesenta y pocos años, pero aun así me sirve como inspiración, porque aceptó su edad sin caer en el espejismo de otras colegas suyas. Su receta a la hora de envejecer no tenía nada que ver con la de Joan Collins, por ejemplo, que a las noventa y dos primaveras aun viste minifalda. Tampoco con la de Cher que, a pesar de estar tan bien preservada (algunos dirían momificada se comporta como si tuviera cuarenta o cincuenta años menos. Ni siquiera con la Jane Fonda, que intenta más inteligentemente hacerle trampas al calendario sin dar tanto el cante, pero aun así opta por la vía sexy. Audrey en cambio eligió otro camino, dejar que el tiempo hiciera su trabajo y mostrarse natural. Pero, eso sí, sin que se le fuera la mano como a Carolina de Mónaco que, de tan, tan natural, ni siquiera se toma la molestia de peluquerearse un poco. Audrey Hepburn en cambio se recogía el pelo de manera simple pero favorecedora, se maquillaba un poquito (a estas edades, menos es siempre más) elegía ropa sin estridencias pero favorecedora pensada para destacar los puntos fuertes y disimular los no tan fuertes. Y luego contaba con un arma de belleza infalible que no funciona tan bien en las edades tempranas pero que en la vejez resulta imbatible: la bondad. ¿Se han fijado en cómo envejecen los amargados, los resentidos, los feos por dentro? Injusto, claro, porque se pasa uno la vida tratando de disimular defectos y fealdades del alma para que luego asomen sus vergüenzas cuando la juventud ya no sirve de camuflaje. A Audrey, cuando alguien le preguntaba por su estrategia para mantenerse tan joven y guapa, decía: “Para tener ojos bellos busca lo bueno que siempre hay en otros. Para tener labios irresistibles, pronuncia solo palabras de bondad”. Y decía también: “A medida que te hagas viejo o vieja, descubrirás que tienes dos manos. Una para ayudarte a ti mismo. La otra para ayudar a los demás”. Y luego está su última recomendación estética, que nada tiene que ver con el botox, los superalimentos, tampoco con el ácido hialurónico, ni con machacarse en el gimnasio para que no se descuelguen las carnes, y es esta: “Mi mayor victoria sobre los años ha sido aprender a aceptarme y convivir con mis defectos, fallos y contradicciones”. Yo desde luego no he llegado a esta gran sabiduría que tanta belleza confiere, pero créanme, estoy calentando en la banda. De momento me he apuntado también este otro retazo de sabiduría de Santiago Ramón y Cajal, que tanto de la naturaleza humana “En la vejez, lo que más afea no son las arrugas del rostro sino las del cerebro”.
© www.carmenposadas.net


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