sábado, 29 de noviembre de 2025

El nuevo mapa del poder: Milei, Macri y CFK

 Por James Neilson (*)

La Argentina es un país de instintos monárquicos en que muchos que habían fantaseado con destronar al rey Javier ya están procurando convencerlo de que en verdad son sujetos leales en que puede confiar. El fracaso de la rebelión en su contra obligó a revisar sus opciones no sólo a los barones provinciales y a aquellos legisladores que les responden, sino también a muchos otros.

Entre ellos están los que no tardaron en entender que, por ahora, no les convendría apostar al amorfo maremágnum peronista cuyos líderes no han conseguido idear una alternativa aceptable al “rumbo” propuesto por el gobierno nacional, pero saben que si deciden que sería de su interés volver a ser el movimiento que apoyaba a Carlos Menem, podrían terminar ocupando lugares incómodos en el furgón de cola del nuevo oficialismo. En cambio, si eligen oponerse frontalmente a la estrategia gubernamental, se verán acusados de querer que la Argentina siga siendo una cleptocracia dominada por una “casta” que es tan corrupta como inoperante.

Cuando el gobierno de los Milei parecía resuelto a autodestruirse, el obstruccionismo tenía cierto sentido, pero desde la noche del 26 de octubre perjudica a los que ponen palos en las ruedas oficialistas. Si bien está comenzando a desvanecerse la euforia que se apoderó de Javier y, sobre todo, Karina Milei al enterarse que, lejos de sufrir una derrota dolorosa, habían logrado lo que casi todos tomarían por un triunfo épico, aún se creen en estado de gracia. Como muchos otros tanto aquí como en el exterior, Milei culpa al peronismo o, si se prefiere, a las actitudes que promueve, por el desempeño calamitoso del país a partir de la Segunda Guerra Mundial. Quiere consignarlo al pasado. Si bien aún no ha podido convertir en libertarios a los peronistas congénitos de las zonas más deprimidas del conurbano bonaerense, no sorprendería que tuviera mejor suerte con los dirigentes.

Es que, para varias generaciones, el peronismo ha sido una asociación de ayuda mutua en que las opiniones personales de los compañeros carecían de importancia; siempre y cuando estuvieran dispuestos a respetar la línea bajada por el caudillo de turno, podían convivir fascistas y socialistas, conservadores y progresistas. Si bien en ocasiones los excesos de algunos desataron guerras internas sangrientas que enlutaron al país, desde hace décadas las distintas facciones peronistas han logrado coexistir en paz; sabían que los conflictos alejarían a todos del poder que para ellos es el único objetivo que tienen en común.

Pues bien, parecería que, merced a las tribulaciones de Cristina, el peronismo, un movimiento exitista por antonomasia, está encogiéndose con rapidez. Ya no sirve de vehículo para aspirantes a escalar posiciones en el mundillo político. Es por tal motivo que los más desprejuiciados se sienten atraídos por La Libertad Avanza que, además de haberse visto fortalecida por los resultados de las elecciones legislativas, aún está en formación y por lo tanto puede dejar entrar a personajes que han cumplido papeles en otros partidos sin preocuparse demasiado por su trayectoria ideológica.

Así las cosas, no extrañaría en absoluto que en los meses próximos el mileísmo creciera mucho, incorporando a sus filas a nómadas ideológicos que están buscando sitios expectantes en “la casta”. Al fin y al cabo, tanto aquí como en el resto del mundo, escasean los políticos profesionales que antepongan los principios a los cuales dicen aferrarse a la búsqueda del poder y las ventajas, sean éstas materiales o sociales, que suelen acompañarlo.

Lo mismo que en todos los demás países democráticos, y también en muchos que no lo son, en la Argentina ya han perdido vigencia los viejos mapas políticos sin que aún se hayan trazado los nuevos que, es de esperar, servirán para orientarnos. Entre el más beneficiado por el vacío que se ha producido está Milei; armado de certezas contundentes en una etapa en que otros dirigentes no saben ocultar las dudas que los carcomen, el autoproclamado anarco-capitalista se las ingenió para saltar del virtual anonimato a la presidencia de la República en un lapso asombrosamente breve.

¿Funcionará el recetario socioeconómico que Milei está aplicando? Si bien es poco probable que todas las medidas que tiene en mente brinden los resultados positivos que prevé, el consenso actual es que, en términos generales, las reformas que está impulsando son claramente necesarias para despejar el camino hacia el crecimiento sustentable.

No le está resultando fácil. A través de los años, en nombre de la justicia social o los intereses supuestamente estratégicos de la industria nacional, políticos de diversas tendencias se dedicaron a construir las muchas barreras que Federico Sturzenegger está tratando de derribar. Con todo, no cabe duda de que aun cuando la economía en su conjunto, la macroeconomía, se vea beneficiada por los esfuerzos oficiales, habrá muchísimos perdedores.

Gracias a la nueva conformación de ambas cámaras del Congreso y la desmoralización del peronismo, el mileísmo parece destinado a ser la fuerza política primordial de los próximos dos, tal vez seis años. Generará una oposición cuyo eventual perfil aún es incierto. Lo más probable es que se base en el rencor comprensible que sentirán los muchos que se verán descolocados en las fases primeras de la revolución libertaria, ya que se contarán por decenas de miles las pymes que no estarán en condiciones de competir en un mercado libre en que se hayan derribado las barreras proteccionistas a las cuales están acostumbradas.

También es inevitable que haya más desempleo. En el pasado, los costos humanos así supuestos han herido de muerte a todos los programas liberales que pusieron en marcha gobiernos de diverso origen, algunos peronistas, otros radicales o de Pro. A menos que Milei tenga mucha suerte, el suyo podría compartir el mismo destino. Aunque, con la excepción de un puñado de partidarios de la vida sencilla, todos juran estar a favor del crecimiento económico, ello no significa que muchos estén dispuestos a sacrificarse a fin de facilitarlo.

Otra oposición factible se verá conformada por los tan vituperados “ñoños republicanos” que se sienten indignados por el estilo rufianesco de Milei y el matonismo de sus simpatizantes más belicosos. Sus integrantes compartirán la voluntad oficial de liberalizar la economía y eliminar la multitud de restricciones y arreglos especiales que durante décadas la han mantenido virtualmente paralítica, pero se negarán a aceptar que las medidas en tal sentido que tome el gobierno libertario justifiquen el daño que su conducta rabiosa está causando al tejido social y a instituciones fundamentales.

Puede que Milei y sus admiradores no lo entiendan, pero carcamanes de ideas anticuadas distan de ser los únicos que se sienten ofendidos por el desprecio por las formas civilizadas que es una de sus características más llamativas. A juicio de muchos ciudadanos sin pretensiones culturales de ningún tipo, la retórica ultrajante y a menudo soez a la que el presidente es tan afecto es un síntoma más de la decadencia nacional que el libertario fogoso se ha comprometido a revertir.

De todos modos, en última instancia, el futuro del país dependerá menos de sus recursos materiales, que por fortuna son abundantes, o la ayuda que podría proporcionarle Estados Unidos, que de su capital humano. No es ningún secreto que en la actualidad deja mucho que desear. Durante demasiado tiempo, gobiernos que se enorgullecían de su voluntad de privilegiar a los sectores más vulnerables los veían sólo como un recurso electoral y trataban de congraciarse con ellos atribuyendo sus problemas no a sus propias deficiencias sino a la maldad ajena. En todos los niveles, el sistema educativo se hizo menos exigente porque sería “injusto” o “discriminatorio” pedirles a los pobres que estudien con más ahínco. El resultado de tanta bondad progresista está a la vista: una proporción sustancial de habitantes del país es funcionalmente analfabeta e incapaz de hacer cálculos matemáticos rudimentarios.

He aquí una barrera al desarrollo socioeconómico que es mucho más imponente que las que, con regulaciones burocráticas, han erigido los políticos, sindicalistas y sus amigos de la gran familia judicial que son los responsables principales de la situación nada buena en que el país se encuentra. En una época en que, de acuerdo común, el éxito o fracaso de las distintas naciones serán determinados por la calidad de su capital humano, la Argentina se verá rezagada si resulta que el grueso de la población no está en condiciones de superar los muchos desafíos que le aguardan.

Aunque a Milei y sus partidarios les encanta hablar de “la batalla cultural” que dicen estar librando contra sus adversarios, todavía no han manifestado mucho interés en el enfrentamiento más importante de todos, el que tendrá lugar en el terreno de la educación. Para los que, como Milei, sueñan con una Argentina que, libre de las cadenas “socialistas” que en su opinión la han inmovilizado durante más de tres cuartos de un siglo, llegue a ser uno de los países más ricos del planeta, carece de sentido resignarse a una derrota en este ámbito clave, pero no hay señales de que el gobierno libertario se sienta muy preocupado por el déficit así supuesto que es el más penoso de todos.

(*) Former editor of the Buenos Aires Herald (1979-1986)

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