sábado, 21 de enero de 2023

Preguntas bobas

 Por Carmen Posadas

Estas fechas de comienzo de año se prestan mucho a las listas y rankings. Los divorcios y romances más sonados del año, por ejemplo, los más ricos del planeta, los acontecimientos más notables, las frases más celebradas, etcétera. A mí se me ha ocurrido un ranking algo distinto, uno que tiene que ver con la naturaleza humana, a ver qué les parece. Mi lista es la de se refiere a las preguntas necias que ciertas personas hacen y que resultan todo menos simpáticas. ¿Por qué se repiten tanto? ¿Por qué la gente persevera en ellas sabiendo que no solo son inoportunas sino que, además, convierten al preguntador en un perfecto pelma?

La primera que se me ocurre es una que se les suele hacer a las mujeres, sobre todo cuando empiezan a cumplir años, y es esta. “¿Cómo es que siendo tan guapa no tienes novio?”. O esta otra variante: ¿Y de novios ¿qué? Recuerdo que, cuando quedé viuda, no había semana en que alguna alma caritativa no me la plateara combinada con “…Bueno, bueno, la soltería está muy bien, pero ¿cuándo vas a rehacer tu vida?”. Como si mi vida estuviese deshecha por no tener a un hombre al lado, como si el único éxito posible de una mujer fuera tener novio o pescar marido. Claro que cuando una sí tiene pareja tampoco cesan las preguntas bobas, porque entonces se transforma en: “¿Y vosotros cuándo os casáis?”. Hay algunos preguntones ingeniosos que incluso se sienten en la necesidad de darle un toque Jennifer López a la sandez y entonces van y sueltan: ¿El anillo pa’ cuando? La vida sigue su curso y llega el momento de procrear y, como la pareja se retrase más de lo debido, ya le cae la próxima siguiente preguntita: “¿Para cuándo el bebé?”, una que, los más preocupados por nuestra felicidad, acompañan de sonrisa de circunstancias y un: “Vale, vale, pero no lo retraséis demasiado, no sea que se os pase el arroz…”

¿Y qué me dicen de otras encantadoras preguntas típicas de estas fechas como: “¡Uy! ¿No se te ha ido un poco la mano con los turrones?” o “¿…Y esta nueva curvita de la felicidad? ¡Qué mona!”. Para los que tendemos a estar delgados existe otra versión: “Te noto más flaca, ¿no?”, cuya traducción más habitual suele ser: “Se te está poniendo cara de espinaca, ¿no?”. Muchas veces me he preguntado el porqué de estas preguntas. ¿Es maldad?, ¿envidia?, ¿necesidad de hacerse el gracioso? ¿O simple estupidez? Supongo que un compendio de todo, pero dudo que haya alguien que se libre de ellas porque, además, el preguntón necio juega con ventaja. Primero porque, al menos en teoría, todas ellas pueden interpretarse como interés por el bienestar o la felicidad del preguntado. Y, segundo, porque quien las formula no es un extraño al que uno pueda mandar tranquilamente a tomar el fresco sino que suele ser alguien próximo que se ve legitimado para hacerlas: una cariñosa y candorosa tía, por ejemplo, o el primo Benito, con el que fuimos al cole, o un amigo/a del alma que, según ha explicado antes de lanzar la preguntita de marras, solo desea nuestro bien.

Aparte de estas, que podemos denominar preguntas domésticas, existen otras más generales destinadas a ponerle a uno en un brete y sacarle los colores. Como el pelmazo que se acerca y pregunta “¿A que no sabes quién soy?”. Y como uno es bien educado y no desea parecer descortés balbucea: “Sí claro, por supuesto, cómo no voy a saber…”, momento en que el otro, en vez de mostrarse magnánimo, tender la mano y presentarse con nombre y apellido, va y porfía: “Anda, anda, que no tienes ni idea, a ver ¿cómo me llamo?” Yo a ese tipo de personas he aprendido a neutralizarlas y aquí les dejo la receta por si les sirve. Cuando alguien me hace la pregunta de marras me tiro a sus brazos proclamando que claro que sí, que jamás olvido una cara y menos la tuya pero soy una calamidad con los nombres, ¿Cómo te llamas? Una vez que tiene uno la filiación del interfecto ya torea como puede y la mayoría de las veces sale airoso porque el preguntador impenitente se queda contentísimo pensando que ha sido reconocido. En lo que se refiere al resto de preguntas bobas antes mencionadas, son más difíciles de neutralizar, pero siempre queda la posibilidad de –con sonrisa beatífica y tono melifluo– responder con la frase a la que se arriesgan todos los preguntones memos, sean bien intencionados o no: “¿Y a ti qué te importa?”. O dicho ahora en neoversión Messi: “¡Andá pa’ llá, bobo!”.

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