sábado, 26 de noviembre de 2022

La película del remisero

 Por Carlos Ares (*)

Venía a los tumbos, aferrado al volante, insultando lomos de burro. ¡Quién habrá sido el inútil que te puso ahí, Cabandié! ¡Dejame de romper los amortiguadores, Aníbal!, ¡Ajustame ésta, Massa! No vio un Cafiero apilado sobre otros Cafieros. Se comió un Moreau seguido de una cantidad de Moreau que le resultaban familiares. En cada rebote quedaba suspendido en el aire, con las gomas de Donda en negro. Olía humo. Una luz roja se encendió en el tablero. Perdía aceite.

Debo estar por estrellarme, pensó, veo la película de mi vida en el espejito retrovisor. Era un pibe ahí, en blanco y negro, esperando que alguien le dé bola. En la escena siguiente ya tenía bigote. Se oyó recitar el versito que repetía cuando le dieron el registro de abogado. El que viene por la derecha, a mentir tiene derecho. Pegó el volantazo en el cruce de Perón y López Rega. Se agachó al pasar por la ESMA para que no lo vieran los amigos del barrio con los que paraba en la esquina de Elena Cruz y Videla. Metió quinta. Quería llegar a Olivos.

No soy yo ése, ya no, se dijo. Más adelante tengo que verme abrazado a los compañeros. Mario Ishi, Gildo Insfrán, Manzur, Andrés Rodríguez, de UPCN, Gerardo Martínez, de la Uocra, el ex servicio de inteligencia de la dictadura, Moyano, Lingieri, Daer, Boudou, Massa, los amigos menemistas, duhaldistas, De Mendiguren, Eduardo Valdez, Gabriela Cerruti, todos los que desde hace más de treinta años vivimos de la guita pública para que no vuelva la derecha.

Hora pico. Tránsito lento. Se mandó por la banquina sin hacerse cargo. Las imágenes en el espejito retrovisor también circulaban en zigzag. De TN a Canal 13. De Clarín a La Nación. De Morales Solá a Bonelli. De Putin a Macron. De Biden a Evo. Se oía decir a cada uno lo que querían escuchar. No soy yo ése. ¡Ya no!, le gritó al espejo. Ahora me siento reconocido, aceptado, por algo me votaron. Nunca antes, en ninguna elección, nadie me había elegido para nada.

Calculó cuánto le faltaba. Le convenía agarrar por Kirchner. El andar de la transa, lento pero seguro, le garantizaba empleo fijo, buen salario. Era chofer planta permanente del que manda. Quedaba bien como adorno. Cuando se fue al pasto, los jardineros que mantienen el Jardín Botánico estatal, le ofrecieron cobijo bajo el frondoso algorrobo que riegan las familias de la oligarquía compañera, los Albistur Tolosa Paz, adonde se deposita un resto para mantener a los secos de poder hasta que se recuperan.

Las placas rojas de Crónica TV interrumpieron la emisión de la película en el retrovisor. “Urgente”. “Colapsó todo”. “Bocinazos, pedidos de auxilio, amenazas, insultos”. “Millones de personas reclaman”. “Quieren comer, estudiar, crecer, viajar, vivir”. Embotellado, atorado, atontado, siguió la secuencia con su habitual sonrisa ladeada. Le causaba gracia el ingenio de los redactores de Crónica, tan dramáticos, tan exagerados ellos. “Atasco histórico”, leyó. Se asomó por la ventanilla para comprobar cuánto de cierto había.

Una ráfaga de furia le revolvió los pelos. Miles de personas con piedras en la mano tenían escritos los nombres de sus muertos. Una multitud de desesperados, a pie, en colectivos alquilados, familias enteras retrepadas en changuitos de supermercado se le acercaban. Saludó con dos dedos en señal de victoria. Trató de ordenar el tumulto. ¡Los pobres a la izquierda, los muertos a la derecha! Sacó fotocopias de billetes de la guantera. Los arrojó como si fueran volantes publicitarios. Le respondieron con amenazas. Brazos alzados, puños cerrados, insultos. Apretó la bocina. Tenía que ser otro el responsable del quilombo de tránsito que él estaba provocando con su manejo irresponsable.

La película se aceleró. Era candidato. Juró obediencia debida. Aceptó, agradeció, prometió. Atacó a la Justicia, denunció persecución, dijo que su enemigo era Macri. La imagen quedó congelada en el cumpleaños de su “querida Fabiola, la que cometió el error” durante la cuarentena estricta. Esperó que la película continuara. Pasó el tiempo. Nada. El espejo reflejaba el perfil de su cara de meme sobre el fondo negro de los títulos cuando se estrelló.

¿Terminé así?, alcanzó a decir.

(*) Periodista

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