lunes, 3 de octubre de 2022

La primera y última esquina

 Por Guillermo Piro

No puedo hablar mucho de Charles Bukowski, intenté leerlo a mediados de los 80, cuando comenzaban a proliferar las ilegibles versiones de Anagrama, y desistí. Siempre me resultaron un tanto extravagantes sus lectores, especialmente los argentinos, porque nunca entendí bien de qué se enamoraban: su lengua en español era la de un español maleducado y con pocos recursos (me refiero a recursos de glosario), beodo y derrotista. 

Pero algo tenía que haber de interesante en él si su modelo había sido John Fante, es decir si se había nutrido de lo mejor de la literatura estadounidense realista de los años 50 (se lo llamó realismo sucio, término que jamás comprendí del todo a qué se refería, si al objeto a narrar, si al sujeto narrante o al género narrado). De cualquier forma, las novelas de John Fante en aquel entonces no estaban publicadas por Anagrama, lo que quiere decir que podían leerse. Y las leí. Y me gustaron mucho. De manera que lo que quedó por Bukowski fue una especie de simpatía tercerizada, como esas personas que nos caen bien aunque jamás hayamos intercambiado una palabra con ellas, solo porque nuestros amigos dicen que son buenas, inteligentes y generosas.

En la Argentina, para aquellos años, aparecieron un par de antologías poéticas, y con ellas tampoco me fue tan bien que digamos. Como sus traductores eran también sus lectores, y como sus lectores eran capaces de absorber esa lengua muerta que es el español de exportación de las traducciones, que entre todas las opciones siempre eligen la más críptica, la comprensible por los amigos del bar, la traducción era igualmente ilegible (o casi) y carente de cualquier atractivo: lirismo berreta, cursilería amorosa, repetición afectada y alcoholismo americano anacrónico (AAA). Hasta que di con una pequeña cita que me confirmó que Bukowski era uno de los nuestros (o al menos de los míos: no generalicemos). Desconozco la proveniencia: he visto Google, y aunque la cita se repite, nadie aclara la procedencia. La cita dice así: “La primera vez que leí a Céline me fui a la cama con una caja grande de galletitas Rex. Empecé a leerle y me comía una galletita Rex y me reía, me comía una Rex y leía. Leí la novela entera de un tirón y me terminé la caja de galletitas. Y me levanté y tomé agua. Tendrías que haberme visto. No me podía mover. Un buen escritor te puede matar”.

Pocas veces leí con más inquietante fidelidad el nacimiento del que a partir de ahora llamaré “efecto Céline”, es decir, la lectura que lleva a la fascinación y a la inmovilidad. No podría decir que a mí me pasó lo mismo leyendo el Viaje al fin de la noche, porque no lo recuerdo, pero sí recuerdo el efecto de la lectura de Muerte a crédito, y si no me pasó exactamente lo mismo fue algo parecido, es decir algo cercano a la muerte (por sobredosis, de belleza y verdad). En la misma medida que el mundo de Bukowski se me aparece como vedado, inaccesible y prohibido porque está escrito en lenguas que no domino (el slang americano y la jerga española peninsular), Céline, igualmente intraducible, pero de algunos de cuyos libros existen versiones más o menos legibles, se presenta como la última esquina, la última calle en la que recuerdo haber tomado la avenida por la que sigo circulando hoy día. Después de todo, leer se parece mucho a caminar solo encontrando gente en el camino. Pero tomando otra calle solo de vez en cuando. Muy de vez en cuando. Casi nunca.

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